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26/12/19

  • 26.12.19
Negar la realidad o llamar "fachas" o "rojos" a quienes no comparten nuestras ideas no soluciona la situación política actual. El hecho de que cada vez más personas apoyen la idea de un golpe de Estado es muy sintomático de la degeneración que está alcanzando la democracia española. Obra y gracia de todos los partidos políticos y, en especial, de un tumor llamado Pedro Sánchez, que ha vendido Andalucía y a España por un plato de lentejas.



Ya no queda ni un solo partido con representación parlamentaria en posición de defender la democracia española. Ni siquiera Ciudadanos está aprovechando su cambio de liderazgo para proporcionar una alternativa. No es una cuestión coyuntural, sino sistémico.

La ofensa a Andalucía, que es la comunidad autónoma que más diputados proporciona al Congreso, es demasiado grande. Su viraje a la derecha es irreversible. La intervención de unas cuentas por otras propuestas y aprobadas por el propio PSOE suponen la última traición a una tierra que, no lo olvidemos, tiene familias enteras con tres generaciones de votantes socialistas. Familias que ahora sienten como un agravio comparativo las prebendas prometidas al supremacismo catalán.

España no se sostiene. Así de sencillo. El tumor sanchista empezó siendo un bulto en el susanismo, se ha expandido alimentándose de las ansias progresistas de un sector importante de la sociedad española y ahora está llevando a cabo su metástasis, llevándose por delante al Estado.

Fue Sánchez, y no otro, el que elevó a Vox al debate parlamentario para dividir a la Derecha y compensar la división de la Izquierda. Fue él el que ha hecho populismo con las víctimas del franquismo, sacando a Franco del Valle mientras mantiene a los muertos en sus cunetas. Recuerdo para los ‘progres’ baratos que la Ley de Memoria Histórica fue aprobada en 2007. Se ha cambiado el nombre a calles de todas las ciudades de España, y no siempre con justicia. Y, en cambio, lo más importante, lo que lo justificaba todo, sigue bajo tierra.

Es Sánchez el que ha prometido el cielo a los nacionalistas. ¿Cómo va a tomarnos en serio Europa si el propio presidente del Gobierno en funciones negocia con aquellos a los que pretendemos enchironar? También ha sido él el que ha intervenido las cuentas andaluzas mientras mantiene los privilegios de Cataluña en el Fondo de Liquidez Autonómico, con el silencio de un susanismo herido de muerte.

Mientras que Carmen Calvo justifica lo injustificable, el diálogo con unos supremacistas que nunca han querido, ni quieren, ni querrán nunca dialogar, los que quieren vernos hundidos siguen aprovechando para enfrentar a trabajadores con trabajadores. Mientras que se usan con un populismo descarado las pensiones, el salario mínimo y el ecologismo, no existe en ningún partido –y menos en el PSOE– la más mínima intención de entrar en un debate sobre el sistema.

La sociedad española requiere un plan progresista que ofrezca seguridad jurídica y económica. Un camino que recorrer con independencia de la ideología de cada uno, capaz de unir y no de dividir. Que nos dirija a una sociedad más justa, igualitaria y sostenible. Y no este concurso por ver quién tiene menos ‘complejos’.

Solo hay que entrar en redes sociales para comprender el pozo de porquería en que se ha convertido la política española, en el que cada cual compite por ser más radical que los demás, donde el insulto es el pan de cada día y la poscensura una realidad justificada.

Jamás ha estado tan polarizada la sociedad española desde los tiempos de la Guerra Civil y, desde los tiempos de Tejero, nunca ha habido tanta gente convencida de que una intentona golpista es posible, aunque improbable.

Estamos tan acostumbrados a vivir al borde del abismo que ya no somos conscientes de la gravedad de nuestra situación. Estamos degenerando hacia algo que no sabría bien definir. Solo la pertenencia a la Unión Europea me hace mantener cierta esperanza, aunque a veces meta la pata y justifique lo injustificable.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO


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