:::: MENU ::::
clínica parejo y cañero - único hospital de día del centro de andalucía

TURISMO CAMPIÑA SUR CORDOBESA

Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas

26/12/21

  • 26.12.21
Nos guste o no, vivimos en un mundo multicultural, dado que la supuesta homogeneidad que algunos pretenden para sus países no es posible. Esto es algo que confirma la historia. Y si nos atenemos a nuestro país, resulta que apenas reconocemos la existencia de la cultura árabe-musulmán que durante más de siete siglos estuvo presente en gran parte de nuestro territorio.


Sobre esta cuestión, y siguiendo la línea de entrevistas que en ocasiones he realizado para los diarios de Andalucía Digital, me ha parecido oportuno llevar a cabo una charla con Waleed Saleh, traductor y profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid, ya que recientemente estuvo en tierras andaluzas y tuve el placer de conversar con él sobre las cuestiones que se derivan del título de esta entrevista.

Es muy grato departir con alguien que tiene tanto conocimiento sobre los temas tratados y que lo expresa con verdadera claridad. Esto puede entenderse si consideramos que es autor de una quincena de libros, entre los que se encuentran El ala radical del islam – el islam político: realidad y ficción; Librepensamiento e islam; Amor, sexualidad y matrimonio en el islam; Siglo y medio de teatro árabe; Ética laica (obra colectiva), entre otras.

Dado que la entrevista fue amplia, la dividiré en dos partes, pues no me parece oportuno eliminar ninguno de los aspectos que se han expresado a lo largo de la conversación. Para comenzar esta charla, quisiera apuntar que Waleed nació en Iraq, pero muy joven salió de su país de origen y, tras una estancia de cuatro años en Marruecos, se afincó en España, por lo que habla español con toda corrección y fluidez, lo que facilitará este encuentro.

—¿Cómo nos explicarías qué es el islam para que tuviéramos una idea que superara los sencillos esquemas con los que nos manejamos?

—El islam es una de las tres religiones monoteístas y la segunda en número de seguidores, detrás del cristianismo. "Islam" en lengua árabe significa "sumisión a la voluntad divina" (Dios). Esta religión reconoce las dos anteriores, judaísmo y cristianismo, como revelaciones divinas, y a Moisés y Jesucristo como profetas al igual que Mahoma, que es el profeta del islam.

Mahoma, según la tradición islámica, nace en el 570 d.C. y comienza a predicar la nueva fe al cumplir 40 años cuando el arcángel Gabriel le comunica el mensaje divino. Mahoma intenta convencer a su familia y a su tribu en la ciudad de La Meca de la nueva fe, consiguiendo el apoyo de algunos, pero la mayoría de ellos se muestran hostiles hacia él por lo que se ve obligado a huir (Hégira) de La Meca a Medina en el 622, fecha que marca el comienzo del calendario musulmán.

—Tras estos inicios, ¿cómo logra Mahoma afianzar el credo que predica y cómo se configura el Corán, principal libro del islam que es considerado como la palabra de Dios por sus seguidores?

—Continuando lo anterior, años más tarde, el profeta y sus seguidores conquistan La Meca y la someten al poder del islam. La revelación del Corán dura 23 años y sus capítulos (114) se dividen en mecanos y medinenses. Mahoma fallece en el 632 y le siguen cuatro califas (Abu Bakr, Omar, Othman y Ali) que gobiernan en conjunto 29 años.

Para los musulmanes ortodoxos y los islamistas, la última parte del gobierno del profeta y el de los califas, llamados "bien guiados", es considerada como el siglo de oro del islam. Sus detractores no lo ven así porque consideran la gestión de los cuatro califas como turbulenta y nefasta, sabiendo que tres de los cuatro fueron asesinados por la lucha del poder. Después llegaron las dinastías Omeya, Abasí, los Mongoles, el Imperio Otomano, etc.

—Correspondiéndose con los primeros hechos históricos, en el imaginario colectivo, solemos situar a la Península Arábiga como el epicentro del islam, a partir de la cual se extienden los países musulmanes. En la actualidad, ¿cuántos son los países con mayoría musulmana? Por otro lado, y puesto que uno de los temas que abordamos es la democracia y el laicismo, ¿los musulmanes aceptan la libertad de conciencia? ¿Pueden abandonar su religión por otra?

—Te puedo decir que, del conjunto de los países del mundo, 57 son de mayoría musulmana que se engloban en la Organización de Cooperación Islámica, cuyo cometido es velar por los intereses de los musulmanes en todo el mundo. En 1990, los países miembros de esta organización firmaron en El Cairo la Declaración de los Derechos Humanos en el Islam.

A diferencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en las Naciones Unidas en 1948, la del islam se muestra contraria a la libertad de conciencia y no permite que un musulmán renuncie a su religión a favor de otra u optar por el ateísmo. Por otro lado, la mujer, tal como veremos, no sale tampoco bien parada en esta declaración, ni las minorías pertenecientes a otras creencias.

—En nuestro país solemos pensar que, en los países en los que el islam es la religión oficial, todos los ciudadanos necesariamente son musulmanes y que no hay otra posibilidad de manifestarse, tal como sucede en Occidente.

—En Occidente se piensa que todos los musulmanes (en torno a 1.500 millones) son creyentes y practicantes, algo que dista mucho de la realidad. Al igual que las otras religiones, entre los pueblos de mayoría musulmana existen individuos, grupos y partidos políticos que se sienten libres de cualquier atadura que les obligue a cumplir con las obligaciones de esta fe. Hay personas creyentes, pero no practicantes, laicos y ateos.

Quisiera apuntar, por ejemplo, que al-Azm, pensador sirio y ateo, decía que las personas que proceden del Norte de África o de Oriente Medio y que viven en países occidentales son Homo Islamicus, es decir, considerados musulmanes, aunque no lo sean. No pueden escaparse al rol que les ha concedido Occidente.

Otro intelectual árabe argelino laico, Mohamed Arkon, sostenía que los laicos procedentes de los países ya mencionados que viven en Occidente se ven obligados a demostrar su laicismo a cada momento, porque si no, no los creen. En cambio, un laico occidental es laico sin condiciones.

—Tú que conoces bien ambos mundos, ¿por qué se produce de forma tan habitual entre los occidentales la confusión entre árabe y musulmán?

—Esto ocurre porque el islam nace en la Península Arábiga y porque el profeta del islam era árabe y el Corán fue revelado en esta lengua. Pero debemos diferenciar entre los dos términos. Al igual que el español, el francés y el inglés son lenguas y el cristianismo es una religión, pasa lo mismo con el árabe como lengua y el islam como religión. Por lo tanto, no todos los árabes son musulmanes, ni todos los musulmanes son árabes.

Solo una tercera parte de los musulmanes del mundo son árabes. Lo que se conoce como "el mundo árabe" abarca 22 países (450 millones de personas aproximadamente) que tienen como primera lengua oficial el árabe y pertenecen a la Liga de los Estados Árabes. Geográficamente van desde Marruecos, en occidente, a Omán, en oriente.

Todos estos países hablan el árabe y son de mayoría musulmana; pero en muchos de ellos existen minorías de otras religiones como los cristianos coptos en Egipto que forman en torno al 12 por ciento; minorías cristianas en Siria, Iraq, Palestina… En el Líbano, los cristianos representan el 40 por ciento de la población, aunque, hace aproximadamente cincuenta años, los cristianos eran mayoría en este país. Por esta razón, el presidente del Líbano tiene que ser, por norma, cristiano. El actual es Michel Aoun, un cristiano maronita.

Además, países como Turquía e Irán son de mayoría musulmana, pero no hablan el árabe. La lengua oficial del primero es el turco y el persa la del segundo. El país musulmán más grande numéricamente es Indonesia que tampoco es árabe.

—¿Tendría sentido hablar de "islam religioso" e "islam político", viendo los grupos islamistas que han acudido a formas violentas o de terrorismo para imponer sus ideas político-religiosas?

—Sí, tiene sentido porque el islamismo o islam político que defiende la unión entre política y religión ha conseguido en las últimas décadas un poder extraordinario en los países de mayoría musulmana. El islamismo es otra pandemia porque no admite la democracia y es contrario al Estado nación, ya que la única identidad que acepta es la islámica. El islam para los islamistas es la patria y la sharía es la única ley reconocida. Los islamistas manipulan la historia y discriminan a las minorías y desprecian a la mujer.

—¿Cómo surge el islamismo o islam político?

Nace a partir del grupo de los Hermanos Musulmanes, fundado en Egipto por Hasan al-Banna en 1928, siendo considerado la matriz del islamismo actual. El segundo fundador del grupo, Sayyid Qutb, que fue encarcelado por orden de Nasser en los años sesenta, llevó la ideología del grupo a un extremo preocupante, abriendo las puertas al uso de la violencia para conseguir fines políticos. Su libro Jalones en el camino, redactado en la cárcel, fue y es el libro de cabecera de muchos grupos islamistas extremistas.

Posteriormente, llegó la Revolución Islámica iraní para darle alas al islam político. Con el paso de los años y el apoyo económico y logístico de Arabia saudí y de Irán, que representan las dos ramas del islam, el sunismo y el chiísmo, el poder de los islamistas se ha extendido de forma generalizada.

—¿Cuáles son los objetivos que pretenden los grupos islamistas? ¿Qué opinas de estas opciones políticas?

Todos estos grupos reclaman un objetivo: la instauración de un Estado islámico, aunque no todos recurren a la violencia. Los extremistas como Al Qaeda, Boko Haram o el Estado Islámico se han hecho famosos, pero son numerosos los grupos y partidos que usan la violencia sin llamar mucho la atención. Por ejemplo, Hezbolá en Líbano, Iraq y Siria persigue y asesina a sus opositores por razones sectarias. Lo mismo hace el régimen islamista iraní con su mano armada: los Guardianes de la Revolución Iraní.

Después de lo que se conoce como la “Primavera Árabe” de 2011 y el fracaso de la democratización de las sociedades árabes, las fuerzas del islamismo se han hecho con el poder, aunque algunos no han podido continuar por el rechazo de sus sociedades. Fue el caso de Egipto en 2012, Túnez en 2014 o Iraq después de la invasión estadounidense en 2003.

El islamismo, en mi opinión, es la peor alternativa política porque anula al otro, restringe derechos y libertades, además representa un fraude cultural, social y económico. La palabra más repetida por los seguidores del islamismo es haram (prohibido, ilícito, pecado). Todo lo bello para ellos es haram: la música, el teatro, la pintura, el baile, el cine… Se sienten muy contentos cuando la vida de las sociedades gobernadas por ellos se convierten en procesiones funerarias.

AURELIANO SÁINZ

19/12/21

  • 19.12.21
¿Tiene sentido hablar de la amistad en la sociedad actual en la que las relaciones se basan en una abierta competitividad, sea en el mundo profesional, laboral o político? ¿Ayudan, acaso, los múltiples programas televisivos, tipo Masterchef, en los que se compite ferozmente y en los que se humilla a quienes se les desecha? ¿Queda espacio, en medio de la vorágine digital en la que vivimos, para las relaciones personales basadas en la sinceridad, la lealtad, la confianza y el respeto mutuos?


Podríamos pensar que los mejores sentimientos que se manifiestan en una sincera amistad han quedado relegados a casos minoritarios, puesto que hemos entrado en un mundo hiperindividualista en el que las amistades son de tipo funcional, es decir, se tienen amigos porque nos sirven para alcanzar determinados objetivos; no para compartir vivencias, sentimientos y apoyo mutuo, basados en la sinceridad y la generosidad.

Resulta desolador comprobar, por ejemplo, cómo una gran actriz como fue Verónica Forqué haya acabado en la mayor de las soledades tras su paso por uno de esos programas que acaba triturando a quienes no son capaces de seguir las exigencias que marca la obtención de la máximas audiencias, independientemente del estado anímico en el que se encuentren quienes participan en ellos.

Por mi parte, creo que la amistad, tal como desde hace milenios la defendían algunos de los grandes filósofos, es uno de los grandes valores que tenemos, no solo como antídoto de la soledad, sino como medio para caminar por la compleja y dura vida que es la existencia en este mundo. Así, ya el propio Aristóteles en la antigua Grecia, y dentro de su obra Ética para Nicómaco, nos describía magistralmente en qué consiste la amistad como fuente de virtudes humanas.

Tengo que reconocer que este tema no ha sido excesivamente tratado, por lo que, aunque parezca sorprendente, quisiera traer en esta ocasión lo que pensaba sobre la amistad un pensador tan apasionado y heterodoxo como fue Friedrich Nietzsche, a partir de las ideas que se encuentran repartidas a lo largo de sus obras.

De este modo, me ha parecido oportuno realizar una selección de frases suyas que podemos entenderlas como aforismos o sentencias, indicando los libros en los que se encuentran, al tiempo que hago una breve reflexión de sus contenidos.


“Amigos, nos alegramos los unos a los otros como de plantas frescas de la Naturaleza y nos tenemos consideraciones mutuas: así vamos creciendo como árboles, unos al lado de los otros y, justo por ello, rectos y derechos, pues nos ayudamos recíprocamente a subir” (Fragmentos póstumos).

En la máxima anterior se condensan la sana alegría que proporciona la amistad, el apoyo mutuo, el respeto y la rectitud que se logra siendo un verdadero amigo. Pero la confianza debe construirse a partir de unos determinados valores; no es admisible el engaño, la traición, la ruptura de la certeza que se deposita en el otro, y, por supuesto, no es posible una sólida amistad cuando uno se considera superior a personas amigas.

“Nos resultan muy dolorosos y nos hieren profundamente el corazón los signos de desconsiderada superioridad por parte de personas amigas o ligadas a nosotros por gratitud” (Fragmentos póstumos).

Hay amistades que se forjan en la adolescencia y en la juventud, pero que no sobreviven con el paso de los años. En aquellos lejanos tiempos se creía que ese lazo de unión afectiva permanecería sólido, pero los cambios que se van dando a medida que se avanza pueden dar lugar a que cada cual vaya por caminos distintos. A veces, si se echa una mirada hacia atrás, es posible comprobar que algunos amigos se convierten en el eco de lo que fuimos en tiempos pasados.

“Si nosotros cambiamos mucho, los amigos nuestros que no han cambiado se convierten en fantasmas de nuestro propio pasado: su voz llega hasta nosotros con un sonido horrible, espectral; como si nos oyésemos a nosotros mismos, pero más jóvenes, duros, inmaduros” (Humano, demasiado humano, vol. II).

En las obras de Nietzsche aparece con relativa frecuencia la alusión al distanciamiento, a la separación o, incluso, a la ruptura. Él lo atribuye a que no nos conocemos suficientemente, a que no sabemos bastante de nosotros mismos, por lo que llega un día en el que la unión que se creía sólida se rompe.

“Fueron amigos, pero han dejado de serlo, y por ambos cabos deshicieron al mismo tiempo el nudo de su amistad, el uno porque se creía demasiado desconocido, el otro porque se creía demasiado conocido. ¡Y ambos se engañaban!, pues ninguno de ellos se conocía suficientemente a sí mismo” (Aurora).

En nuestra actual sociedad digital, a través de los buscadores, es fácil localizar a los que fueron amigos en un período determinado. También es habitual que algunos se convoquen para encontrarse y saber qué ha sido de cada cual. Pero, tras los momentos efusivos, empieza a asomar cierta sensación de que la imagen que se ha conservado no se corresponde con la realidad que ahora mismo se contempla.

“Cuando viejos amigos vuelven a verse tras larga separación ocurre a menudo que se fingen interesados ante la mención de cosas que se han vuelto enteramente indiferentes para ellos; y a veces ambos lo notan, pero no se atreven a levantar el velo por una triste duda. Surgen así diálogos como en el reino de los muertos” (La gaya ciencia).

Todos tenemos amistades, todos presumimos de ser personas sociables, todos creemos que contar con amigos nos convierte, de modo inequívoco, en un buen amigo… Pero esto no es necesariamente cierto: ser un buen amigo es una rara cualidad que hay que cultivar, que hay que ejercer de manera activa y de modo constante para que los lazos de unión no acaben enfriándose o soltándose.

“Por cierto, el don de tener buenos amigos es, en no pocas ocasiones, mucho mayor que el don de ser un buen amigo” (Humano, demasiado humano, vol. I).

Si Friedrich Nietzsche pudiera traspasar las barreras del tiempo y pudiera aparecer en nuestros días, y lo viéramos cómodamente sentado en un sofá mirando algunos de esos canales de televisión a los que acuden gente a “despellejarse”, gente que dice conocerse muy bien y cuyas performances son contempladas con deleite morboso por un amplio auditorio, pensaría que se quedó corto cuando creía que respetar la privacidad de los amigos y conocidos era una cualidad necesaria para una sana convivencia humana.

“Pocas personas habrá que, si están apuradas por falta de conversación, no revelen los asuntos más secretos de sus amigos” (Humano, demasiado humano, vol. I).

No solo la lealtad, el respeto a la intimidad, el saber guardar secretos que se conocen, sino también el reconocer y apreciar las cualidades ajenas se muestran como condiciones necesarias para que surja una buena amistad.

“La carencia de amigos permite deducir la existencia de envidia o de petulancia. No pocos deben sus amigos a la feliz circunstancia de no dar ocasión para la envidia” (Humano, demasiado humano, vol. I).

Quisiera cerrar este corto recorrido con una sentencia que se me antoja un tanto enigmática, puesto que parece que la segunda parte contradice a la primera, o, quizás, la matiza.

Debemos ser un lugar de descanso para nuestros amigos; pero un lecho duro, de campaña” (Fragmentos póstumos).

Quizás Nietzsche, el intenso y apasionado filósofo que estuvo varios años internado en el psiquiátrico de la pequeña ciudad alemana de Jena, echara de menos el descanso, el sosiego y la tranquilidad que proporciona la buena compañía. Ciertamente, la sinceridad, como lecho duro, no la soportan algunas amistades que se resquebrajan cuando asoma la franqueza en esa relación que se creía sólida.

AURELIANO SÁINZ

12/12/21

  • 12.12.21
El primero y el más significativo signo de identidad que tenemos es el nombre que recibimos de nuestros padres al nacer. Ese nombre, esa sencilla palabra, es el que constantemente escuchamos cuando somos pequeños, por lo que muy pronto lo ligamos a nosotros mismos como si fuera nuestra mayor seña de identidad.


Pero nombres hay muchos, mejor dicho, muchísimos. Más aún, cuando desde hace algunos años los progenitores pueden poner el que deseen a sus hijos, ya que ahora no tienen necesariamente que ajustarse a los que aparecen en el santoral cristiano, tal como era normativa hasta recientemente.

En este ámbito se ha producido un cambio muy grande, dado que los nombres tradicionales que se les ponían a los hijos o hijas procedían de los que tenían sus padres/madres o de sus abuelos/abuelas, por lo que se transmitían de generación en generación, dando continuidad a los apelativos familiares. En la actualidad se ha pasado a la búsqueda, previa al nacimiento de la criatura, de aquellos que son sonoros, cortos, singulares, y que no necesariamente tienen relación con el entorno familiar.

Incluso, se acude a los que poseyeron grandes personajes de la historia, como es, por ejemplo, el caso de Dante, que ahora tiene el nieto de unos buenos amigos. O el de India, que fue el que recibió una niña, nieta también de otros amigos extremeños. O el de Río, que, aludiendo a la naturaleza, le pusieron unos profesores jóvenes al primero, ya que era un deseo compartido por ambos progenitores.

La naturaleza, la historia, los mitos, otras etnias o culturas son también las fuentes a las que se acuden para dar esa seña de identidad a las nuevas generaciones, cuyos nombres van a convivir con otros más conocidos y tradicionales.

Y si ahora traigo de nuevo este tema, que lo he tratado en alguna otra ocasión, se debe a que desde mis inicios en la docencia en la Universidad comencé a aprenderme los nombres y apellidos de mis alumnos pues, de este modo, me podía dirigir a ellos directamente, lo que suponía una mayor cercanía, pues entendían que me había interesado en saber cómo se llamaban.

También, porque siempre acuden a nuestra imaginación aquellos personajes que de algún modo son conocidos (o muy conocidos) y que portan los nombres que coinciden con los nuestros, ya que sentimos que surge una cierta conexión por ese lazo invisible que nos une imaginariamente por medio de una palabra.

En mi caso, y por el trabajo que desarrollo, los nombres de gente, más o menos cercana, los suelo asociar con los de quienes están relacionados con el mundo del arte. Es lo que recientemente me sucedió cuando leí que Gustavo Dudamel, joven director de orquesta venezolano, tenía prevista una actuación en nuestro país. De inmediato, asomó a mi mente el amplio número de artistas, escritores, músicos o arquitectos que, con ese nombre, han pasado a la historia, aunque, curiosamente, son pocos los de nuestro país.

Si apunto lo de ‘pocos en nuestro país’, se debe a que dentro de los cientos y cientos de alumnos que he tenido a lo largo de más de cuatro décadas en la Universidad, ninguno de ellos lo llevaba. De igual modo, no he conocido personalmente a ninguno que lo tuviera.

Y, sin embargo, si en clase preguntara cómo se llama la singular torre de hierro que se ha convertido en el símbolo de París, estoy seguro de que todos me responderían que la Torre Eiffel; pero me temo que la mayoría de ellos no sabría que el nombre de pila de su autor es Gustavo (Gustave, en francés).

Para mí, Gustavo es lo que yo llamo un nombre con suerte, pues es el que llevan numerosos pintores, músicos, escritores e, incluso, geniales ingenieros. De momento, me vienen a la mente los nombres de los impresionistas franceses Gustave Courbet, Gustave Caillebotte, del dibujante y grabador Gustave Doré o del pintor austríaco Gustav Klimt. De ellos hablaré brevemente.


Para algunos, el nombre de Gustave Courbet (1819-1877) está asociado a su polémica obra El origen de la vida que se encuentra en el Museo de Orsay de París y en la que se representa un desnudo de mujer con un primer plano del sexo femenino. Sin embargo, para Courbet, como para todos los impresionistas, el paisaje y la naturaleza fueron los elementos más representados en sus lienzos, como es el caso del cuadro que acabamos de ver y que lleva por título Paisaje con el lago de Ginebra.


El impresionismo de Gustave Caillebotte (1848-1894) no es de tipo naturalista, dado que la mayor parte de sus obras reflejan ambientes urbanos, alejándose del romanticismo que estaba muy presente en los artistas franceses de su generación. Como podemos ver en su obra de 1881 titulada El puente de Europa, nos muestra una instantánea parisina en la que adquiere especial protagonismo la estructura de hierro con la que estaba realizada este puente, lo que es manifestación de que Caillebotte se aproximaba a las últimas innovaciones arquitectónicas que se estaban produciendo en el siglo XIX.


Si el nombre de Gustavo cambia en francés la ‘o’ por la ‘e’ final, en alemán desaparece. De este modo, tenemos al austríaco Gustav Klimt (1862-1918) como uno de los representantes de la denominada corriente simbolista, en la que los adornos protagonizan los lienzos. Todos conocemos su archifamoso cuadro El beso, que ha terminado por ser un verdadero icono de este pequeño país centroeuropeo. El éxito de esta obra dio lugar a que reiterara de modo un tanto abusivo los adornos y las figuras curvadas, tal como aparece en la obra que acabamos de ver.

He hablado de pintores. También podía hacerlo de escritores, caso del francés Gustave Flaubert; del poeta Gustavo Adolfo Bécquer o del polémico filósofo Gustavo Bueno, ambos españoles. Y si pasamos al mundo de la música, aparte del mencionado Dudamel, no podríamos dejar de lado al compositor de música clásica Gustav Mahler, nacido en Bohemia, en lo que actualmente es la República Checa.

Creo, para cerrar, que todos podemos encontrar personajes que nos sirven de referentes a nuestros nombres. En mi caso, con uno bastante inusual, dado que no he conocido directamente a otro que portara el mismo, me conformé sabiendo que fue el de un emperador romano, aunque su gloria fue efímera, ya que acabó siendo víctima de un complot a los cinco años de llegar al cargo.

En sentido contrario, hay otros mucho más conocidos y familiares, como pueden ser los de Antonio, Manuel, José, Francisco o María, Carmen, Ana, Isabel, etcétera, que a buen seguro encuentran fácilmente personajes ilustres que portan sus mismos nombres. Con todo, y tal como apuntó el filósofo y escritor francés Jean de La Bruyère, las grandes celebridades, a fin de cuentas, no dejaron nunca de ser hombres (o mujeres, habría que añadir para ser justos).

AURELIANO SÁINZ

5/12/21

  • 5.12.21
Hace unos días tuve el honor de presentar en el Ateneo de Córdoba un magnífico libro, que con el título de Días contados, al que precede el año 2020, fue realizado a cuatro manos, dado que Antonio López Hidalgo usó sus dos manos para teclear el ordenador del que nacieron los artículos que en él aparecen, al igual que Jes Jiménez Segura también tuvo que emplearlas para registrar las bellas fotografías que ilustran cada uno de los capítulos.


Debo manifestar que con ambos comparto publicaciones semanales en la sección de ‘Firmas’ de Andalucía Digital, por lo que, cuando recibí la llamada del primero para invitarme a que presentara el libro, acogí con gran satisfacción este acto, ya que no me ofrecería ningún problema realizar una síntesis de lo que habían plasmado conjuntamente.

Puesto que sus semblanzas ya han aparecido en esta red andaluza de diarios digitales, no voy a insistir en ellas. Quisiera centrarme en el significado de este trabajo singular, dado que no son habituales aquellos que articulan dos lenguajes distintos –el textual y el visual– para lograr una obra bien trabada y sin fisuras.

Pero antes de abordar las razones de la publicación, y puesto que en mi caso suelo intercalar en los artículos imágenes relacionadas con el contenido del tema que abordo, quisiera indicar que a Jes Jiménez le pedí que me remitiera cuatro de las veintitrés fotografías que anteceden a cada uno de los capítulos para comentarlas.

La primera, que aparece en portada, corresponde al capítulo que lleva el nombre de Un tiempo en fuga. En ella, vemos un viejo reloj de pared incrustado en la arena de una olvidada y solitaria playa, como si nos quisiera recordar la lividez del tiempo que se nos escapa sin posibilidad de que podamos retenerlo.


Ya en el interior del artículo, comienza a aparecer la que corresponde al escueto título de Londres. Pienso que lo más normal es que se hubiera utilizado uno de los edificios representativos de la capital británica; sin embargo, en un encuadre dominado por la perspectiva de un grupo de árboles desnudos, asoma un fragmento de uno de los emblemáticos autobuses urbanos londinenses. Su autor acude a una sinécdoque minimalista, con una fuerte carga poética.

De igual modo, Jes Jiménez acude a la belleza que proporcionan los cálidos colores de un atardecer para dar significado visual al capítulo que lleva por título ¿Qué hacemos con nuestros viejos? Si la vejez representa el otoño de una vida que cíclicamente se renueva con otras nacientes, la búsqueda de una imagen que nos muestre este ‘eterno retorno’ nietzscheano el autor la encuentra otra vez en esos omnipresentes árboles de los que tantos significados es capaz de extraer.


Así, dominadas por un intenso frío invernal, tiritan las desnudas ramas de los árboles en la imagen de Reinventando la vida, al tiempo que de una de ellas, sorprendentemente, aparecen las primeras hojas que nos anuncian el amanecer de una nueva vida.


Una vez que hemos podido ver cuatro de las fotografías de Días contados, pasamos ahora a explicar las razones de la publicación de este libro, que, tal como he indicado, hace referencia en el título al año 2020.

Creo que para todos nosotros el año 2020 supuso penetrar en un territorio inexplorado, con el sentimiento de que se nos rompía el hilo conductor de los días, meses y años con los que habíamos transitado con anterioridad.

Bien es cierto que a finales del 2019 teníamos información de un nuevo virus que situábamos su origen en el lejano país de China. Todo esto nos parecía muy remoto; pero no pasó mucho tiempo para que nos hiciéramos conscientes de que también a nosotros nos comenzaba a afectar, y muy duramente. Y así llegamos al 14 de marzo en el que el Gobierno español decreta el estado de alarma y el confinamiento de la población.

Todos recordamos aquellos días en los que estuvimos más de dos meses recluidos en casa, de modo que solo podíamos salir para ciertas cuestiones. Cada cual nos la tuvimos que apañar para soportar la soledad y el distanciamiento personal que nos generó la pandemia. Una pandemia que forzosamente se nos ha hecho familiar; de modo que ahora, más o menos, nos hemos adaptado a la situación, a pesar de que parece no tener fin.

En cierto modo, aquí se encuentra el motivo por el que Antonio y Jes decidieron conjuntamente seleccionar 23 artículos que el primero había publicado a lo largo de ese fatídico año para que vieran la luz de modo impreso.

Son artículos breves, dado que, tal como he indicado, previamente habían visto la luz en Andalucía Digital. Esa brevedad se debe a que los textos que aparecen en las pantallas conviene que sean cortos, ya que la lectura en estos medios es distinta a la que realizamos en forma impresa, que suele ser más pausada y, quizás, más amena, puesto que nos concentramos exclusivamente en lo que aparece en el libro.

Como nexo común, conviene apuntar que son textos bastante intimistas, ya que en ellos, a pesar de la diversidad de temáticas abordadas, percibimos los sentimientos que emergen del propio autor. Son los sentimientos del año 2020. Muy similares a los que hemos ido advirtiendo en todos nosotros. Los mismos que han ido evolucionando según los vaivenes de la omnipresente pandemia.

Así pues, si abrimos el libro nos aproximamos al primero de los artículos, el que corresponde al 3 de enero de ese año. Lleva por título La lluvia antes de caer. En él podemos leer: “La lluvia es uno de los fenómenos del ambiente más comunes y al mismo tiempo más sorprendentes y fantasmales, aún dentro de su simpleza. En términos científicos, la lluvia no es más que la precipitación del agua desde las nubes hasta la tierra”.

Damos pasos en el tiempo. El 13 de marzo, es decir, un día antes de que se decretara el confinamiento, nos encontramos con Otra vez el miedo. Ahora, la palabra covid-19, y las secuelas de las emociones que se ocultan en el interior de nosotros, empiezan a colarse en los relatos. Leemos: “La covid-19 ha venido a cambiarnos las vidas, a decirnos que en casa hay un mundo propio que tal vez tenemos abandonado, que la primavera es un horizonte confuso en este mundo de alarmas impuestas y de libertad congelada”.

El año avanza con la mochila que cargamos llena de incertidumbres, miedos y noticias que nos abruman. Sentimos que nos hemos instalado en un territorio extraño e impredecible, del que deseamos salir, pero que, inexorablemente, estamos atrapados sin atisbar un horizonte que alivie esa mezcla de emociones que no sabemos cómo alejarla de nosotros. Así, arribamos al primero de mayo. Aquí se sitúa el capítulo Una tristeza extraña, el mismo que acaba con las siguientes líneas: “La vida que viene nadie sabe –o yo al menos no sé– de qué va. Esa no debería ser la única, pero sí nuestra primera preocupación”.

Y llegamos al final. El libro se cierra con fecha del 4 de enero de 2021. Un año exacto, al que se le añade un día. Ahora, en el autor se atisban inciertas esperanzas, tal como se expresa en Hoy, miro el mundo: “Apenas se nos ha acabado el presente y ya escudriñamos en un futuro que no está en esa otra vida que no alcanzamos a definir… Hoy miro el mundo y solo veo otro mundo postizo que no entiendo”.

Como síntesis, quisiera decir que nos encontramos ante un libro muy bello, muy bien acabado, en todos los sentidos, tal como hacen los artesanos que trabajan y cuidan los materiales que tienen entre sus manos. En este caso, han sido necesarias, al menos, cuatro para que nos llegara una magnífica obra que merece la pena tenerla. No siempre logramos cruzarnos con una que, a buen seguro, puede acabar formando parte de aquellas lecturas que siempre recordaremos por el grato placer que nos proporcionan durante el tiempo que nos han acompañado.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: JES JIMÉNEZ

28/11/21

  • 28.11.21
Una de las características de la sociedad de consumo en la que nos encontramos inmersos es que a través de los mensajes publicitarios nos quieren hacer ver que todos, sin distinción de clases, vivimos en un mundo hipermoderno, en el que nuestros sueños más inverosímiles son posibles: basta con acceder, previo pago, a las nuevas tecnologías que todo nos lo resuelven, por lo que ya tenemos la ansiada felicidad, o algo similar, al alcance de la mano.


Así, día tras día, por ejemplo, nos anuncian los nuevos y maravillosos móviles que salen al mercado, por lo que si queremos ser rabiosamente actuales y disfrutar de las increíbles maravillas que nos proporcionan los últimos modelos, no podemos contentarnos con verlos en los escaparates de las tiendas que los exhiben.

Adiós, pues, al viejo móvil, que ha envejecido con insólita rapidez y con el que nos hacíamos los anticuados selfis, ya que ahora podemos aparecer en inimaginables planos y con singulares diseños que colgaremos para que amigos y conocidos nos vean lo interesantes que somos.

Estamos ya tan convencidos de que habitamos un mundo tan moderno que todo lo que existía antes de la llegada de esas fotos digitales para nada valía la pena. Lo recordamos como si fueran tiempos decrépitos en los que la gente ni siquiera podía retratarse a sí misma. En cualquier caso, eran instantáneas que te hacía un fotógrafo en su estudio, por lo que estabas expuesto a su mirada, a sus indicaciones y a sus gustos a la hora de registrar tu imagen –que, además, no podías seleccionar entre una amplia variedad, como ahora se hace–.

Pero, aunque nos cueste imaginarlo, no somos tan originales, ni tan interesantes, como ahora nos creemos. Si tenemos en cuenta que el Diccionario de la RAE define el término selfi como ‘autorretrato’, conviene saber que los autorretratos ya existían desde hace bastantes siglos atrás. Bien es cierto que solo estaban al alcance de una minoría especializada en las artes plásticas, como eran los pintores.

Recordemos que hubo un momento de la historia de la pintura en el que algunos artistas comenzaron a representarse dentro de escenas colectivas, de modo que no tenían ningún problema en dejar plasmados sus rostros o sus cuerpos de modo completo en lienzos en los que podían ser claramente identificados. A ellos les correspondía la creatividad y la originalidad de mostrarse en los lienzos que ciertos mecenas les encargaban.

Y si hablamos de originalidad, no creo que nadie le haya ganado a Diego Velázquez cuando se mostró en el cuadro que le encargó el rey Felipe IV como retrato de la Familia Real. ¿No es sorprendente que para ello acudiera a pintarse a sí mismo levantando la mirada, tras el enorme lienzo que tiene delante, para plasmar al rey y a la reina que se ven reflejados en un espejo que hay en la pared de atrás? ¿No es un maravilloso selfi registrar nada menos que a diez personajes, cada uno en sus cosas, sin que ninguno de ellos estuviera mirando a la cámara y sin las habituales sonrisas forzadas para parecer que todos estaban muy unidos y felices?

De momento, no conocemos algo que se le parezca a la genialidad del pintor sevillano, del que hemos visto en la portada un fragmento del cuadro, realizado entre 1656 y 1657, y que popularmente conocemos como Las Meninas.


Antes de que Velázquez imaginara esa singular representación, existió otro genial artista, en lo que hoy conocemos como Alemania, que acudió a pintarse a sí mismo en distintos momentos de su vida, fuera a través del dibujo o de la pintura, por lo que lo podemos considerar el pionero dentro de los autorretratos.

Se trata de Alberto Durero (1471-1528), que ya a la edad de 13 años se dibujó con la técnica denominada “pluma de plata” sobre papel impregnado. Sin embargo, son conocidos los tres autorretratos que acabamos de ver y que reflejan distintos momentos de su vida. Se muestra de medio perfil en los dos primeros y frontalmente en el que realizó en 1500, cuando contaba con 29 años.


A partir del Renacimiento, era frecuente que los artistas en alguna ocasión se inclinaran por el autorretrato, observando la imagen de sus rostros reflejados en los espejos en los que podían contemplarse con cierto detenimiento, tal como lo hacemos en la actualidad.

Pero si hubo alguien obsesionado en dejar constancia del paso de los años en su semblante, ese, sin lugar a duda, fue Vincent van Gogh. Del genio holandés se conservan más de cuarenta autorretratos que nos legó sin que fuera consciente de que la fama le llegaría una vez que se quitara la vida, tras una existencia tortuosa, a la edad de 37 años.


Sería complicado hacer una selección de los pintores que a partir del siglo XIX han acudido en alguna ocasión al autorretrato, por lo que cierro este breve repaso por esos selfis pictóricos con tres grandes nombres: Munch, Picasso y Frida Kahlo.

¿Quién no ha visto alguna vez las numerosas reproducciones que se han hecho por distintos medios de El grito del noruego Edvard Munch? El problema es que fuera de esa obra apenas se le ha prestado la atención que se merece al resto de su producción. En este caso, muestro la que lleva por título Autorretrato con cigarrillo, ya que es de las pocas en las que se pintó a sí mismo como motivo central del cuadro.

Pablo Picasso, aparte de su intensa actividad creadora, tuvo una vida longeva, por lo que son numerosos los cuadros en los que se autorretrató, siguiendo las distintas corrientes pictóricas por las que había atravesado al cabo de los años. El que hemos visto, con estética cubista, es uno de los retratos más conocidos del genio malagueño.

Para cerrar esta breve selección, nada mejor que acudir a la mexicana Frida Kahlo, artista que hizo de su propia vida el motivo de casi toda su obra. Son numerosos los retratos que conocemos de sí misma, siempre con ese rostro serio y de mirada frontal hacia el espectador, dado que el sufrimiento físico y psicológico se cruzó en un momento de su existencia, por lo que la pintura, en el fondo, le servía de terapia para seguir adelante.

Como hemos podido comprobar, no es tan actual ni tan moderno como creemos eso de dejar plasmada la propia imagen para que todo el mundo la vea. Lo que sucede es que ahora lo hacemos de forma obsesiva, como si nuestra existencia solo tuviera sentido si lo hacemos constantemente en los fugaces selfis que abarrotan los móviles.

AURELIANO SÁINZ

21/11/21

  • 21.11.21
Nos encontramos aún en noviembre, mes otoñal por excelencia. Ya comenzamos a sentir cercanas las Navidades, a pesar de que cuando esto escribo el frío todavía no se ha apoderado de sur de la Península. En las ciudades se afanan en montar los gigantes árboles navideños llenos de bombillas y de colorines que sirven de anticipo a esa especie de ‘eterno retorno’ que nos anunciara Nietzsche. También, en algunas aulas (al menos en las mías) este tema ha penetrado, aunque sea para reflexionar acerca de algunos sentimientos que emergen por estas fechas.


Se trataba de hablar y debatir acerca del valor de la fantasía en los seres humanos, con especial significación en el mundo de los niños, pues creo que sin la capacidad de imaginar otros mundos, otros lugares, otras formas de existencias, difícilmente podríamos caminar por la dura senda de la vida.

Pero antes de abordar esta cuestión, quisiera apuntar que la incorporación completa del profesorado universitario a las clases presenciales ha sido una especie de suerte, puesto que ya es posible establecer debates con los estudiantes de forma directa, algo que se hacía muy complicado cuando teníamos que impartirlas de modo on-line, ya que las barreras nacidas de las distancias y de las pantallas se interponían entre los alumnos y los profesores.

Por mi parte, no concibo estar en clase sin abrir coloquios y reflexiones para recabar la opinión de quienes se encuentran conmigo en ese espacio compartido que es el aula. Y allí disfruto abriendo preguntas, aclarando interrogantes o recabando las opiniones de los estudiantes que un día serán maestros o maestras y se enfrentarán a la importante tarea de formar a las nuevas generaciones.

Y, tal como he apuntado, dentro de este grato ambiente de coloquio, recientemente, abordé el tema de la fantasía en las personas, pues, aunque los mayores crean que es un tema de los niños, habría que apuntar que sin ciertas dosis de imaginación ilusionante a duras penas podríamos sobrellevar el transcurso de los días como si fueran cuentas encadenadas que se añaden a una especie de rosario interminable.

De todos modos, hay que reconocer que la infancia en el tiempo mágico por excelencia, en el que las ensoñaciones más sorprendentes vienen en ayuda de los pequeños para hacerlos felices, pues en ellos los personajes y los seres más sorprendentes adquieren casi tanta fuerza como lo pueden ser aquellos que forman parte de sus vidas cotidianas.

Para que reflexionáramos sobre el significado de la fantasía en los niños, a los alumnos les puse el ejemplo de la Navidad como tiempo cargado de personajes y de relatos sorprendentes que en sus mentes infantiles adquieren verosimilitud. Como ejemplo, les indiqué que en ocasiones había abordado este tema a través de los dibujos para que los pequeños representaran lo que más les gustaba de las Navidades.


Lógicamente, aparecían los relatos relacionados con el Portal de Belén, en el que los tres personajes principales –el Niño Jesús, la Virgen y San José– estaban acompañados de un buey y una mula, al tiempo que una estrella conducía a los pastores y a los tres Reyes Magos, formando parte del imaginario colectivo, por lo que algunos de los pequeños los plasmaban como núcleo básico de la narración navideña.


Pero claro, en las mentes infantiles, los Reyes Magos no tendrían sentido si no vinieran cargados de regalos para cada criatura que les ha escrito una carta y que se la entregan a sus padres con la seguridad de que se la trasladarán a ellos. Y como ahora estamos en una sociedad en la que ya se mezcla todo, no es de extrañar que haya pequeños que los muestren al lado de un abeto (que no tiene nada que ver con el portal y sus protagonistas), puesto que son en realidad esos regalos lo que ansían recibir el día que se levantarán temprano para, desbordados de alegría, recogerlos.


En otros dibujos, siguiendo las pautas de la actual sociedad de consumo, acuden a un personaje foráneo, Papá Noel, como el que viene a traer los ansiados regalos. Bien es cierto que siendo un personaje de países fríos del norte de Europa, y que a fin de cuentas resulta ser una especie de reciclaje de Santa Claus o San Nicolás, lo más normal en otros dibujos es que se le asocie con el abeto en el que se cuelgan los obsequios que trae en un saco, tras haber penetrado por la chimenea (aunque, paradójicamente, en los pisos y la mayor parte de las casas ahora no tengan ninguna chimenea).


Vivimos tiempos que cambian de una manera acelerada, que se muestran acompañados de nuevas transformaciones, de nuevas ideas y de nuevos modos de entender la vida. No es de extrañar, pues, que una niña no haga caso del relato de Papá Noel y crea que quien viene a traer los regalos, muchísimos regalos, es Mamá Noel. Ella está totalmente convencida de que también existe otra versión de ese personaje gordinflón, vestido de rojo y blanco, por lo que no tiene problema en sustituirlo por una figura femenina delgada y rubia, tal como mandan los cánones de la belleza actuales.


Y puesto que todos los niños consideran a sus padres muy poderosos, casi como reyes, no les importan colocarles unas coronas como signo de poder y autoridad, ya que imaginan que son capaces de todo. También de hacerlos felices con sus juegos, sus bromas y sus regalos. ¿No será entonces que, en el fondo de sus mentes, los Reyes Magos surgen como una traslación imaginaria del relato de sus propios nacimientos y de los padres que los trajeron a este mundo?

Sobre estas cuestiones debato con los alumnos en la clase. Acordamos de que lo más importante en la infancia son los regalos con los que los pequeños sueñan en los días precedentes, aunque no es posible separarlos del disfrute que se deriva de todos los relatos navideños y de esos tres personajes que portan los regalos.

“¿Supuso para vosotros una decepción cuando alguien os informó de que los Reyes Magos eran en realidad vuestros padres?”, les pregunto para saber si eso implicaba una pérdida importante en el mundo de la fantasía en la que vivían durante aquellos años inolvidables.

Todos los que intervienen me confirman que para ellos supuso una gran desilusión llegar a saber que los Reyes Magos no existían y que en realidad eran los propios padres los encargados de comprarles los regalos.

Por mi parte, les indico que yo siempre supe que eran los padres, puesto que pertenecía a una familia de muchos hermanos y seguro que alguno de los mayores ya se encargó de abrirme los ojos de forma temprana. No obstante, el recuerdo de aquellas fechas, aunque yo supiera que esos personajes no eran reales, resulta inolvidable, puesto que no tenía clase y me encontraba jugando la mayor parte del tiempo con los amigos a la espera de que llegara el día en el que recibiríamos los (pocos) regalos con los que soñábamos por entonces.

AURELIANO SÁINZ

14/11/21

  • 14.11.21
Resulta curioso que, en ciertas ocasiones, para conocer la historia de nuestro país, haya que acudir a historiadores que han nacido fuera de nuestras fronteras, puesto que son ellos con su mirada imparcial y desapasionada los que suelen ofrecernos investigaciones y trabajos aclaratorios de gran rigor. Con esto no quiero decir que no tengamos magníficos analistas que han abordado con solidez estudios que nos iluminan sobre nuestro amplio y dilatado pasado, sino que solemos juzgarlos apriorísticamente según sus orientaciones ideológicas, lo que supone cierto cuestionamiento de lo que ellos afirman.


Y si hay un campo de nuestra historia reciente que despierta enormes controversias es la Guerra Civil española y la dictadura de Franco, pues ambas marcaron profundamente el devenir de los españoles, tanto que, si exceptuamos a aquellos estudiantes universitarios que optan por matricularse en esta disciplina, lo cierto es que gran parte de los alumnos de Secundaria y Bachillerato no llegan a estudiar estos períodos, por lo que el profesorado de Historia acaba el temario antes de entrar en ellos o pasan de puntillas sobre la Guerra Civil y la Dictadura.

Se hace, pues, habitual que para aclarar las partes más oscuras de nuestro pasado reciente, y de paso romper con la capa de silencio que se mantiene sobre estas etapas, tengamos que acudir a las aportaciones de grandes hispanistas, especialmente los británicos.

Y entre esos hispanistas se encuentran Paul Preston (autor, entre otras obras, de Franco: Caudillo de España y El holocausto español); el recientemente fallecido Hugh Thomas (imprescindible su trabajo sobre La Guerra Civil Española); John Elliott (cuyas investigaciones están centradas en La España imperial) o el hispano-irlandés Ian Gibson (que, aparte de sus trabajos sobre estos períodos, su obra más conocida está relacionada con la figura de Federico García Lorca).

Estos cuatro autores son bastantes conocidos en nuestro país; sin embargo, conviene citar a otro gran hispanista británico: Edward Cooper, ya que dedicó toda su vida al estudio de la España medieval, centrando sus investigaciones en las fortalezas del territorio hispano.

La relevancia intelectual y las aportaciones de Edward Cooper no quedan lejos de los anteriormente citados. No obstante, fuera de los círculos de historiadores medievalistas o de especialistas en el patrimonio arquitectónico del Medievo, su nombre no suena tanto como, por ejemplo, los de Elliott, Preston o Thomas.

Creo que esto se debe a que su campo de trabajo no despierta tanto interés en un público amplio debido a la época que abordó y, también, porque el estudio del patrimonio histórico medieval –o, lo que es lo mismo, el estudio de los castillos y fortalezas de nuestro país– no apasionan tanto como los conflictos del siglo pasado.


De todos modos, no deja de ser sorprendente que un joven inglés en la década de los sesenta se interesara por la historia medieval de España, así como por las fortalezas que se habían construido, principalmente, durante los siglos XIII y XIV. Este enfoque le condujo a que viniera a nuestro país en los inicios de los años sesenta, una vez que había finalizado su licenciatura en Historia con el fin de llevar adelante su tesis doctoral que, por cierto, estuvo dirigida por uno de los grandes hispanistas británicos: John Elliott.

Para comenzar esta nueva etapa de su vida, se desplazó a Alburquerque, localidad extremeña que cuenta en la cima de un alto cerro rocoso con el impresionante Castillo de Luna, término con el que se conoce actualmente a la fortaleza por haber pertenecido a don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II de Castilla. Por aquellas fechas pudo conocer otras relevantes fortalezas como el Castillo de Azagala que se encuentra muy cerca de la localidad.

El recuerdo de las primeras experiencias en el campo de las investigaciones suele dejar bastante huella. No es de extrañar, pues, que pasados los años, en 2008, viniera a Alburquerque para participar en unas jornadas organizadas por la Plataforma para la Defensa del Patrimonio, posteriormente, convertida en Asociación (Adepa).

La razón estaba en que se había aprobado, por parte de la Junta de Extremadura y respaldado por el Ayuntamiento de la localidad, un horrendo proyecto que tenía como finalidad convertir el Castillo de Luna en una absurda hospedería de lujo, con graves alteraciones en su fisionomía.

Este gran hispanista no tuvo ningún problema en acudir a Alburquerque y estar de nuestro lado en numerosas ocasiones para evitar que se llevara adelante el proyecto que modificaría gravemente el carácter de la mejor fortaleza medieval cristiana de la comunidad extremeña. Aquellos fueron años de intensa y tenaz lucha que acabó en los tribunales ante la demanda que interpusimos. Felizmente, nos fue dada la razón, por lo que en 2014 la propia Junta de Extremadura dio carpetazo a tan desastroso proyecto.

Años inolvidables de los que hablé en otros artículos. Quizás el resultado de esta lucha de David contra Goliat (porque a fin de cuentas fue lo que aconteció entre una pequeña asociación y la todopoderosa Administración) queda sintetizada en el artículo que llevaba por título Habla el Castillo de Luna, en el que se inserta un vídeo que nos muestra la belleza de la fortaleza y del entorno en el que se encuentra.


Y muy conectado con esta lucha en defensa del Castillo de Luna, tal como indico, estuvo el hispanista Edward Cooper. Ha sido parte de su vida. Toda una vida dedicada al estudio, la investigación y la defensa de la integridad de las fortalezas de nuestro país. Inmenso trabajo que no debería quedar en el olvido; aunque esto ya es imposible por el importante legado que nos ha transmitido en forma de publicaciones.

Pero también las personas necesitan palpar ese reconocimiento, conocer de modo directo que existe una gratitud hacia la obra que han desarrollado. Es por ello que, una vez jubilado de su función docente y cumplidos los 80 años, haya venido otra vez a nuestro país como invitado para impartir en Madrid un par de conferencias.

La primera de ellas, como miembro de la Real Academia Alfonso X el Sabio, llevaba por título Alfonso X en Europa, y la segunda, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), estaba focalizada en su trayectoria personal, por lo que la denominación de Cincuenta años de investigación sobre la España Medieval era un fiel reflejo de todo un largo itinerario centrado en ese período.

Tal como el propio hispanista nos ha declarado, no sabe si será la última vez que nos visite o habrá una nueva ocasión en la que podría acercarse a la tierra de los castillos situados en el territorio de Alburquerque. Para quienes le admiramos y contamos con su amistad, siempre será un placer contar con su presencia, su compañía y su enorme caudal de conocimientos.

AURELIANO SÁINZ

7/11/21

  • 7.11.21
Uno de los temas que fue objeto de un debate bastante intenso durante los inicios de la pandemia fue el del sentimiento de soledad que generaba en la población la ausencia de contactos y de tratos que, hasta su inesperada llegada, era habitual entre nosotros. Desde las personas muy mayores, que se encontraban recluidas en residencias, a los escolares, que echaban de menos ese contacto físico que hasta hacía poco habían mantenido con sus amigos, lo cierto es que todos, con mayor o menor intensidad, sentíamos la sombra de la soledad, emoción negativa de la que deseábamos desprendernos y alejarla pronto de nosotros.


Es verdad que todavía no hemos salido del todo de esta inquietante y perturbadora situación; no obstante, las medidas adoptadas, especialmente la vacunación de una parte significativa de la población, han dado lugar a que ahora empecemos a palpar la cercanía de una “nueva normalidad” que, erróneamente, se nos anunció de manera anticipada.

Sentimos que vamos recuperando los saludos cercanos y las expresiones de afectos que nos aproximan a un modo de vida que empezaba a antojársenos que no volveríamos a conocer. Así, de la indeseada soledad, poco a poco, parece que nos vamos desprendiendo.

Ha sido tan abrumadora su presencia que nos olvidamos de que la soledad tiene dos caras y que no siempre es como esa amarga bebida que bajo prescripción médica hay que tragarse para poder curarnos de otros males peores. Podríamos hablar, pues, de la soledad impuesta, esa que nos llega sin que nosotros la queramos para nuestras vidas, y de la soledad buscada o deseada, que nos sirve para encontrarnos a nosotros mismos y alcanzar un cierto nivel de sosiego en medio de la vorágine que a veces nos rodea.

De todos modos, siempre tendremos que lidiar con cierto nivel de aislamiento o soledad emocional, pues, si nos atenemos a los postulados básicos de Carlos Castilla del Pino, quien fuera uno de los psiquiatras más brillantes de nuestro país, hemos de tener en consideración que nuestras vidas se desarrollan en tres escenarios o ámbitos de actuación: el público, el privado y el íntimo.

Se entiende perfectamente cuál es el público, pues en nuestros trabajos o en nuestras relaciones familiares o sociales vivimos cotidianamente en este escenario. El privado se refiere a aquél que cada cual desarrolla en sus actuaciones propias y aisladas, aunque es posible ser conocido por otros. Por ejemplo, ducharse es un acto privado, pero puede ser ocasionalmente visto por otra persona.

Sin embargo, el ámbito íntimo viene referido a nuestras ideas, reflexiones y sentimientos que son personales e intransferibles, ya que solo son percibidos y sentidos por el propio sujeto que los posee, y, aunque se pudieran comunicar a otros, en última instancia quedan en lo más reservado de cada persona. De ahí que este autor en su libro Aflorismos nos dijera: “Hay siempre una constante de soledad en el ser humano: su intimidad”.


Si pasamos del ámbito personal al social, me gustaría apuntar que con cierta frecuencia solemos escuchar que la soledad es una de las epidemias de las sociedades modernas, que afecta especialmente a quienes residen en las grandes urbes. Y a pesar de que uno se encuentre rodeado de gentes en las calles, en los medios de transportes, en los supermercados, etc., lo cierto es que la falta de comunicación personal e íntima agranda las distancias, de modo que el anonimato urbano conduce a un velo de soledad afectiva.

Este fue un tema que el pintor estadounidense Edward Hooper plasmó de modo reiterativo en sus lienzos en la primera mitad del siglo pasado. Como ejemplo de ello presento en portada el cuadro titulado Sol de la mañana, en el que nos muestra la imagen de una mujer sentada en la cama, cubierta por un leve camisón rosado, y que, con la mirada perdida, contempla el amanecer anunciado tras el cristal de la ventana. La tristeza asoma en su rostro como huella de un oculto sentimiento de soledad que la invade.

Quizás, y como veremos, el tema de la soledad haya sido tratado de modo más frecuente en la literatura que en el campo de la pintura. No obstante, quisiera citar también al pintor británico Nigel Van Weick, continuador de la obra de Hooper, quien, a mi modo de ver, ha expresado con mayor énfasis el aislamiento emocional en el nuevo siglo en el que nos encontramos, ya que, a pesar de contar con las nuevas tecnologías que pueden acercarnos, muchas veces no dejan de ser medios que se convierten en barreras que nos aíslan a unos de otros.

Ahí está, por ejemplo, el lienzo de una chica en el interior de un espacio acristalado mirando a su móvil mientras en el exterior se nos muestra la sombra de un personaje masculino que la contempla. No hay comunicación entre ellos; solo la inquietante sombra de un ser anónimo que se proyecta en la pared. O, también, otra imagen femenina: de una mujer joven que, abatida y desolada, regresa sin ninguna compañía en un vagón del metro a la última hora de la noche. De igual modo, solo el reflejo que ella misma proyecta en la pared la acompaña en ese supuesto regreso a la casa.


Hablamos, pues, de una soledad impuesta, de una soledad vivida en un entorno hostil. Soledad que no solamente nos llega cuando nos vemos afectados por enfermedades imprevistas o por la pérdida de un bien o un ser muy querido, sino también por una realidad en la que estamos insertos y nos envuelve; realidad que camina al mismo trote que nos impone una sociedad duramente individualista y competitiva.

No es de extrañar, pues, que en ocasiones nos sintamos débiles e indefensos. Quizás tuviera razón Friedrich Nietzsche cuando en su libro Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales afirmaba lo siguiente: “Poco a poco ha ido revelándose cuál es el defecto más general de nuestra especie de formación y educación: nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad”.

“Nadie enseña a soportar la soledad”, decía el filósofo alemán. Sin embargo, quien fuera su referente, Arthur Schopenhauer, encontraba la solución en la solidaridad humana, en el acompañamiento que debe existir hacia una sociedad más humanizada, más fraterna. Mientras tanto, el solitario Schopenhauer, quizás proyectando su propia realidad nos decía que “La soledad es el patrimonio de las almas extraordinarias”. Me imagino que, a fin de cuentas, era una especie de autoelogio o consuelo hacia su alma solitaria.

AURELIANO SÁINZ

31/10/21

  • 31.10.21
En un par de ocasiones he tratado de este sentimiento negativo que anida en el fondo de los seres humanos [Pasiones humanas: la envidia y La envidia, ese pecado capital], aunque conviene decir que, en ciertos casos, es una pasión tan fuerte que domina a algunas personas, llegando a situaciones que podríamos calificar de "patológicas".


Si vuelvo de nuevo a este nefasto sentimiento se debe a que recientemente he leído en un diario colombiano un artículo del escritor Héctor Abad Faciolince, autor de ese maravilloso libro de carácter autobiográfico titulado El olvido que seremos y que ha sido llevado recientemente al cine por el director Fernando Trueba.

Bien es cierto que Héctor Abad habla de la envidia que se da en su propia profesión, es decir, en aquellos que viven de la escritura, dado que es el mundo que mejor conoce. Y, puesto que ha residido durante algunos períodos en nuestro país, hace especial alusión a los grandes escritores hispanos del Siglo de Oro, los mismos que no tenían ningún reparo en ‘ponerse a caldo’ los unos a los otros sin ningún tipo de miramientos.

Dado que me gusta respetar lo que otros autores han expresado en sus trabajos, extraigo uno de los párrafos de su artículo Barrio de las Letras, que ha aparecido recientemente en El Espectador, diario colombiano que sigo con cierta asiduidad, y en el que hace referencia a la envidia que suscitó en Lope de Vega el éxito de Miguel de Cervantes, a pesar de que inicialmente fueron amigos.

El exitoso Lope de Vega, que hipócritamente se ordenó cura del Santo Oficio para protegerse y quien probablemente usó esa dignidad para atacar a Cervantes en el prólogo (muchos dicen que escrito por él) al Quijote de Avellaneda. Allí se burla de que sea viejo, pobre y manco de la mano izquierda. Y en otra parte dice (esta vez con su firma): “De poetas no digo. Pero ninguno hay tan malo como Cervantes; ni tan necio que alabe a Don Quijote”. La primera parte del Quijote había tenido éxito de lectores y eso era imperdonable para el siempre exitoso Lope”.

“Viejo, pobre, manco y mal poeta”, y todo ello recibido de quien el pobre Miguel de Cervantes creía que era su amigo. No nos podemos imaginar lo que podía haber soltado el laureado Lope si el autor de Don Quijote de la Mancha hubiera sido su enemigo.

En el artículo citado, Héctor Abad continúa con la rivalidad que se dio entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, quienes no se soportaban el uno al otro. Llega hasta nuestros días cuando hace referencia a la ruptura de la amistad que se produjo entre el escritor chileno Roberto Bolaño y el español Javier Cercas en el momento en que este último publicó, con gran éxito, su novela Soldados de Salamina.

Ante semejante panorama uno acaba preguntándose: ¿Existe verdadera amistad en el mundo de las letras o esta se mantiene hasta que la ansiada fama acude a rescatar del anonimato a quien aspira ser reconocido como autor de una obra que le haga ‘ser inmortal’, aunque esto solo sea una fantasía en la mente de quien escribiera esas páginas?

Si hay que cuidarse de lo que pudiera decir un amigo envidioso, no quiero pensar lo que surgiría de los rivales o enemigos, pues estos no pararían hasta ver que la imagen pública del envidiado quedara destruida. Algo de esto le aconteció a uno de los más brillantes escritores de la literatura española: Benito Pérez Galdós (al que muestro en un retrato suyo que pintó su buen amigo Joaquín Sorolla).

No quiero extenderme mucho en el tema, solo apuntar que Pérez Galdós, autor entre otras obras de los Episodios nacionales, fue propuesto para el premio Nobel de Literatura en 1912, cuando había publicado sus mejores novelas y era el autor teatral más representado en nuestro país.

Su candidatura contaba con el apoyo de más de medio millar de firmas de intelectuales españoles, caso de Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala o Santiago Ramón y Cajal. Por entonces, Galdós contaba con 69 años y era diputado de la Unión Republicana y presidente de la Conjunción Republicano-Socialista, hechos que sus enemigos políticos no le perdonaron, por lo que planificaron un complot contra él que le quitó todas las posibilidades de obtener un galardón que bien se lo merecía.


He hablado de la envidia en el mundo de las letras. No obstante, desconozco si esta pasión anida de manera especial entre los escritores, o penetra en aquellos mundos en los que el éxito y la fama son como los regalos que se reciben del mitológico Rey Midas, aquel que transformaba en oro todo lo que tocaba con sus manos.

¿Acaso no sucede lo mismo en el mundo de los pintores, de los actores, de los músicos, de los deportistas, o, incluso, de cualquier actividad humana en la que exista competencia y rivalidad entre sus participantes?

Hemos de tener en cuenta que la envidia, como ciega emoción, no existe de manera aislada en los seres humanos que la padecen, sino que resulta ser como una especie de planeta sobre el que giran otros satélites malignos como son la sospecha, la ignorancia, la calumnia, la difamación, la insidia o el fraude.

Esto que expongo queda muy bien expresado en el cuadro que acabamos de ver y que lleva por título “La calumnia de Apeles”. Se trata de un lienzo realizado en 1495 por del pintor renacentista italiano Sandro Botticelli, autor de obras tan famosas como “El nacimiento de Venus” o “La primavera”.

En este caso, se trata de una escena alegórica ambientada en un contexto arquitectónico clásico, con referencias a personajes mitológicos y del Antiguo Testamento que quedan plasmados como esculturas en las hornacinas o como actores del hecho narrado.

Así, dentro del grupo y en la derecha del cuadro, vemos al Rey Midas, sentado en el trono y con orejas de asno, simbolizando a un mal juez. A ambos lados, se encuentran dos figuras femeninas, que representan a la Sospecha y a la Ignorancia, que les susurran a sus oídos sus insidiosos consejos.

Delante de él aparece un monje vestido de negro, que encarna a la Envidia. El monje extiende su brazo izquierdo al propio rey, al tiempo que con la mano derecha sujeta a una joven que, vestida de ropas blancas y azules, personifica la Calumnia.

A esta bella joven la peinan otras dos que simbolizan la Insidia y el Fraude, al tiempo que la Calumnia arrastra por el suelo, cogiéndole de los pelos, al Calumniado, joven semidesnudo que parece pedir clemencia ante tantas pasiones desatadas en contra suya.


La escena (cuya lectura o interpretación visual va en dirección opuesta a la de nuestra escritura, es decir, de derecha a izquierda) encuentra su desenlace con la presencia de otros dos personajes femeninos algo separados del resto del grupo: por un lado, la Penitencia, anciana vestida con ropajes negros, que mira de manera sospechosa a una joven desnuda, la Verdad, cuya mirada se alza hacia el cielo, al tiempo que apunta hacia allí con su dedo índice, como indicando que el verdadero juicio sobre el Calumniado llegará desde lo alto, no desde un rey que es aconsejado por las pasiones humanas más bajas.

Creo que el lienzo de Botticelli en cierta forma es paradigmático, ya que no deja de ser una representación casi teatral de las pasiones humanas que rodean a la envidia, que, en su proceso destructivo, se encuentra ayudada por la calumnia, la insidia, la sospecha y el fraude que recaen sobre la víctima en esa especie de juicio público al que finalmente se la somete.

No es pues, algo que afecte en exclusiva a los escritores, sino que se muestra como una de las pasiones más nefastas que portamos cuando obsesivamente nos comparamos con los demás, creyendo que la suerte les ha favorecido sin merecerlo.

AURELIANO SÁINZ

24/10/21

  • 24.10.21
En 1991, es decir, hace exactamente treinta años, vio la luz Out of Time, uno de los discos más carismáticos de la década de los noventa, época en la que el grupo estadounidense R.E.M., conducido por su líder Michael Stipe, tuvo su mayor reconocimiento con una fuerte proyección internacional, ya que logró vender más de diez millones de copias de este álbum.


Era el séptimo trabajo de estudio que la banda de Athens (Georgia) publicaba, por lo que no estábamos ante lo que se suele denominar como ‘un grupo revelación’, aparte de que para entonces el número de sus incondicionales era muy numeroso (me imagino que quienes siguieron la trayectoria de R.E.M. todavía conservan el grato recuerdo de su itinerario musical, que finalizó, al menos discográficamente, en 2011 con la aparición de Collapse into Now, su decimoquinto disco de estudio).

Dentro del álbum que ahora comentamos, destacaba la canción Losing my Religion, que fue la más escuchada por sus seguidores y la que aparecía con mayor frecuencia en las emisoras de radio. Sorprendentemente, el vídeo que promocionaba este tema fue duramente criticado por la Iglesia. Quizás se debiera a que la jerarquía católica interpretaba literalmente el título, cuya traducción sería algo así como “Perdiendo mi religión”, por lo que, supuestamente, el carismático Michael Stipe nos invitaba a que dejáramos atrás las creencias que habíamos heredado de nuestros mayores.

Lo cierto es que si uno escucha atentamente la letra de la canción no acaba de encontrar ninguna referencia a alguna religión en concreto, dado que solamente en un par de ocasiones se dice “losing my religion”. Las palabras que salen del líder del grupo, a fin de cuentas, son expresiones metafóricas dirigida hacia otro y en las que manifiesta la pérdida de las seguridades y convicciones con las que había caminado por la vida.

De todos modos, ya por entonces empezaba a manifestarse el alejamiento de los jóvenes estadounidenses de las múltiples confesiones religiosas que están registradas en este país. Algo similar sucedía en los países de Europa. Y si nos centramos en España, podemos comprobar que el abandono de la religión mayoritaria es enorme en las últimas décadas.


Lo que ha acontecido en nuestro país con respecto a la Iglesia y a la religión católica no deja de ser sorprendente. No debemos olvidar nuestra historia más reciente y recordar que, antes de la democracia en la que nos encontramos, vivíamos en la férrea dictadura franquista que tenía a la religión católica como la oficial del Estado, por lo que apenas había espacio para expresarse de modo distinto a los dictámenes de la jerarquía eclesiástica. Por poner un solo ejemplo, basta decir que no se podía ser funcionario si no se era manifiestamente católico.

A la muerte del dictador apenas se hacían encuestas referidas a las creencias de los españoles, puesto que todavía se seguía la inercia de tantos años en el control de las conciencias personales. Sin embargo, la declaración de Estado aconfesional que aparecía en la nueva Constitución, paso a paso, condujo a que se fuera perdiendo el miedo que ataba el pensamiento de la gente, por lo que la secularización comenzó a hacerse una realidad.

De todas formas, no dejan de ser sorprendentes los resultados actuales de las encuestas que mensualmente realiza el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y en las que también se pregunta a los ciudadanos sobre sus creencias.

Sobre esta cuestión, y de modo resumido, los datos porcentuales referidos al mes de enero de este año 2021 eran los siguientes: a) católicos practicantes: 19,7 por ciento; b) católicos no practicantes: 41,6 por ciento (unidos ambos porcentajes darían un 61,3 por ciento); c) Ateos, agnósticos y no creyentes: 34,2 por ciento; y d) otras religiones: 2,6 por ciento.

Transcurridos solo nueve meses, y si nos atenemos a los resultados del mes de octubre de este año, aparecen los siguientes porcentajes: a) católicos practicantes: 17,5 por ciento; b) católicos no practicantes: 37,9 por ciento (unidos ambos porcentajes darían un 55,4 por ciento); c) Ateos, agnósticos y no creyentes: 39,9 por ciento; d) otras religiones: 3,2 por ciento.

Comprobamos que casi un 40 por ciento de los españoles no se identifica con ninguna religión, cifra que, a fin de cuentas, nos muestra que la sociedad está ampliamente secularizada, ya que una gran parte de ella no se identifica con los dogmas, ni con los criterios morales que emanan de las jerarquías eclesiásticas, ateniéndose a una espiritualidad personal o a unos criterios éticos de tipo humanista.

Cierto que el caso español no es de tipo aislado dentro del contexto europeo. Sin embargo, no deja de sorprender que el ampulosamente llamado “Faro de la Cristiandad de Occidente”, tal como se denominaba a España en los tiempos de la dictadura, hoy camine por las vías de la secularización, con un paulatino crecimiento de quienes no se sienten miembros de la religión que ha sido dominante en nuestro país durante siglos de su Historia.

Quizás, podamos convenir que la canción de R.E.M., a fin de cuentas, era una premonición que el grupo supo advertir con cierta antelación ante un fenómeno que se extiende por la mayoría de los países desarrollados: el abandono de las religiones establecidas que son incapaces de dar respuestas a los problemas de la gente (cuando no son ellas mismas las que los crean), de modo que se opta por vías más personales que estén acordes con las convicciones más íntimas.

AURELIANO SÁINZ

GRUPO PÉREZ BARQUERO


CULTURA - CAMPIDIGITAL


AYUNTAMIENTO DE SANTAELLA

AMONTÍLLATE - AYUNTAMIENTO DE MONTILLA

DEPORTES - CAMPIDIGITAL

LA ABUELA CARMEN - LÍDER EN EL SECTOR DEL AJO, AJO NEGRO Y CEBOLLA NEGRA

FIRMAS
Campidigital te escucha Escríbenos