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25/5/20

  • 25.5.20
Aparte de la corrupción y de la crisis económica, el otro gran problema al que Mariano Rajoy debió enfrentarse como presidente del Gobierno fue el “conflicto” catalán. El desafío soberanista de Cataluña no fue abordado con la habilidad y la mano izquierda requeridas por parte del líder del Partido Popular. Enrocado en la legalidad, no supo o no quiso explorar vías políticas para acercar posturas y evitar lo que de hecho sucedió: el choque de posiciones maximalistas monolíticas.



El recurso que había promovido su partido ante el Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006, aprobado con modificaciones por el Congreso de los Diputados y sancionado en referéndum por los catalanes con el 73,9 por ciento de los votantes, con una participación del 49,4 por ciento, es decir, casi la mitad de la población con derecho a voto, fue la mecha que encendió el rechazo y las protestas en aquella comunidad contra España, dando alas a los partidarios de la independencia.

En 2010, se celebró en Barcelona una manifestación con el lema Som una nació, nosaltres decidim, que sirvió de ensayo para la celebración multitudinaria, en 2012, de la Diada de Cataluña, bajo el lema Catalunya,nou estat d´Europa.

La deriva de todo aquello es de sobra conocida: referéndum ilegal; leyes del parlamento catalán para “desconectar” la Constitución y aprobar la independencia de Cataluña; la aplicación del artículo 155 para suspender la Autonomía; la huida al extranjero de parte de los miembros de la Generalitat, incluido su presidente, Carles Puigdemont, aun prófugo en Bruselas; las condenas judiciales a los políticos responsables de aquellas decisiones que se quedaron en España; y, como colofón, el actual presidente vicario de la Generalitat, Quim Torra, dedicado a incordiar todo lo que puede.

En buena medida, el agravamiento de este conflicto se debe a la incapacidad de Rajoy, y de la derecha ideológica en su conjunto, de hallar y transitar vías políticas de diálogo y negociación para encauzar y moderar el problema, como supuso en su día la reforma el Estatuto catalán.

El peligroso y desleal comportamiento de esa derecha, en la oposición o desde el Gobierno, no solo para ayudar a contrarrestar la extensión del independentismo, sino incluso para utilizarlo en la confrontación y como munición política que le deparaba réditos electorales en toda España, menos en Cataluña, ha sido bochornoso. Es una de las herencias del concepto de servicio al país que deja la derecha de Rajoy.

La otra es su deplorable actuación contra la corrupción que ha afectado gravemente a su partido, y que, tras seis años detentando el poder, causó su expulsión como presidente del Gobierno por culpa de una sentencia judicial que condenaba al Partido Popular por financiación ilegal y trama delictiva.

La condescendencia de Rajoy con los chanchullos del tesorero de su formación ("Ánimo Luis, sé fuerte", le decía), la trama corrupta de la Gürtel, los sobres que recibía el propio Rajoy con sobresueldos en negro del partido, más las múltiples ramificaciones que no dejaron de aflorar en su formación sin que él moviera un dedo, condujeron a Mariano Rajoy a ser el primer presidente de la democracia en comparecer como testigo en un juicio contra su partido y el primero en ser expulsado del Gobierno por una moción de censura del Congreso de los Diputados, presentada por un PSOE, precisamente, en sus horas más bajas. Una vez más, la manipulación y los abusos condujeron la derecha a la oposición. Pero no fue una caída rápida, sino que requirió de varias elecciones generales y una moción de censura para derribarla del poder.

DANIEL GUERRERO

24/5/20

  • 24.5.20
Cuando se anunció la denominada "desescalada" comprendí que mi tarea de ‘DJ de barrio’ se acercaba a su final. Habían sido, pues, dos meses poniendo música tras los aplausos de las ocho de la tarde, por lo que, en medio del ambiente de tristeza que se percibía durante la reclusión, lograba que, junto a los vecinos de mi barrio, disfrutáramos durante media hora de música, sintiendo que quienes cantaban pareciera que lo hacían como si fuera una actuación en directo.



Tal como expliqué en un artículo anterior, comencé con todo tipo de música, pero poco a poco me fui decantando por aquella que le gustaba a quienes eran fieles y permanecían en los balcones y terrazas. Me di cuenta de que la gente más joven fue paulatinamente desapareciendo, de modo que quedábamos los que peinamos canas o los que tienen poco que peinar.

De este modo, las canciones de ‘la nostalgia’ comenzaron a tomar protagonismo. Y no porque fueran las que, de modo general, yo prefiriera, sino porque quienes perseveraban como oyentes al final me comentaban las que más les habían gustado.

Así, la copla, el flamenco, el bolero y las distintas músicas de América Latina pasaron a un primer plano. Puesto que contaba con muchos días por delante, me surgió el problema de que el repertorio de cedés que tenía en español y que sonaban bien en el espacio abierto empezaba a terminarse, por lo que se me ocurrió encargar algunos de ellos, de forma que al final del recorrido han sido unas 400 canciones las que he puesto.

En mi ayuda vino el cuádruple cedé de María Dolores Pradera titulado La colección definitiva. Nada menos que contenía cien canciones, desde los tiempos en los que ella empezara en los años cincuenta hasta su última grabación, en la que estuvo acompañada de gente tan conocida como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Ana Belén e, incluso, José Mercé o Estrella Morente. En realidad, una pequeña joya porque la grabación era magnífica, ya que la voz de María Dolores Pradera se escuchaba con toda nitidez en medio del silencio del atardecer.

Los cuatro discos contenían numerosas canciones que han formado parte de la memoria musical de quienes ya tenemos bastantes años. Sería difícil hacer una selección porque muchas que todos recordamos quedarían fuera; no obstante, allí se encontraban Ansiedad, La flor de la canela, Fallaste corazón, Volver, volver, Noche de ronda, Toda una vida y… El rosario de mi madre.

Para el último domingo, ya que en el lunes siguiente la gente comenzaría a salir a la calle, planifiqué una sesión con las canciones que más habían gustado durante aquellos días de confinamiento. Entre ellas, incluí de manera intencionada El rosario de mi madre, que no había puesto con anterioridad.

Quería al finalizar, antes de recogernos para dentro, tener un rato de charla con unos vecinos sobre los cambios que se habían producido en el modo de entender el amor y el desamor al cabo de los años, o, lo que es lo mismo, los sentimientos y pasiones que se expresaban en aquellas canciones y cómo se hace hoy.

Y es que me había dado cuenta al escuchar detenidamente los boleros, las coplas, los tangos o los mariachis, con la carga del desgarro amoroso que muchos de ellos contienen en sus letras, que nos remitían a un tiempo en el que la radio era el medio de comunicación por excelencia, por lo que las canciones reinaban en las ondas y llegaban a un público que se las aprendía y que también las cantaba en determinados momentos.

Aquellas letras nos hablaban de amores apasionados, de traiciones que cubrían de luto el alma de quienes sufrían esos terribles desengaños, de pasiones, de arrebatos, de sentimientos en los que la ansiedad, la angustia y la desesperación embargaban a los enamorados, tal como se nos decía en Toda una vida.

También eran tiempos en los que los amores rotos se guardaban musicados con un inmenso penar, pero no se exponían en público, sino que se mostraban en las letras de esas canciones ante la justicia divina que era quien tenía poder para juzgar tanto dolor con el que había que convivir. No es de extrañar que esto se manifestara claramente en la citada canción El rosario de mi madre. Dice así:

“Aunque no creas tú / Como que me oye Dios / Esta será la última cita de los dos / (…) / Devuélveme mi amor para matarlo / Devuélveme el cariño que te di / Tú no eres quien merece conservarlo / Tú ya nada vales para mí / (…) / Devuélveme el rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás / Lo tuyo te lo envío cualquier tarde / No quiero que me veas nunca más”.

Fin de la historia. Fin de unos enamoramientos ardientes, a los que les seguían desamores desgarrados por tanto dolor. Se rompe una relación cuyos recuerdos se guardaban en almas atormentadas. Ahí están todas esas coplas y boleros que nos lo atestiguan.



Pero la vida continua. La vida cambia. La vida ya no está para caminar con tantas penas. En estos tiempos ya no existen o no se cantan a amores cargados de fuego. Vivimos en la era digital, en la que todo fluye, todo muta, todo es provisional. Vivimos en el reinado de las redes sociales que son las que ejercen el poder, la autoridad y la atracción ante un público entregado en cuerpo y alma a sus cantos de sirena.

En estos tiempos hay enamorados que cuelgan, día tras día, sus fotos en Facebook o en Instagram para que todo el mundo las contemple. Nueva era en la que imperiosamente necesitamos ser vistos, ya que no somos nada ni nadie si la gente no nos ve, no habla de nosotros y no nos aplaude, pues ahora ‘la imagen lo es todo’.

No obstante, a estos amores tan mediáticos, y a pesar de que la pareja enamorada piense que le va a durar toda la vida, puede que un día le alcance el final. Entonces no será ni el oído ni la mirada divina la que desde lo alto enjuicie lo que ha pasado y se compadezca de los tormentos de quien se considere la gran víctima del desamor (pues siempre hay alguno de los dos que siente que se lleva la peor parte).

Ahora son las compañías tecnológicas estadounidenses las que deciden. Son las mismas a las que alegremente les habíamos entregado una parte importante de nuestras vidas y, lo que es peor aún, esas fotografías que con tanta ilusión y ligereza colgábamos en sus redes para que todo el mundo nos viera y admirara de lo muy enamorados que estábamos.

Pero, ay, a Facebook o a Instagram no se les puede rezar, ni suplicar, ni enviarles ningún rosario. Son máquinas frías y calculadoras. Contritos, pues, esos enamorados sabrán que la religión de esos entes es el puro beneficio, por lo que solo con una alta suma (abogado por medio) será posible que borren las huellas del amor que creían eterno.

Tristemente, y de forma tardía, habrán descubierto que ese romance, ahora convertido en amargo desencanto, ha dejado numerosas huellas expuestas a las disimuladas burlas y chanzas de algunos de los que antes aplaudían. Y para colmo de males, no tendrán a nadie que les dedique uno de aquellos apasionados y añejos boleros con el que ahogar sus penas.

AURELIANO SÁINZ

23/5/20

  • 23.5.20
Una radio tímida comienza: "Tratan de convencerle abuelo, las explosiones han terminado. Pero cuando sale a la calle, Madrid parece bombardeado. Y ve escritos en los muros gritos contra los que luchó…". Canta Ismael Serrano a los héroes de Madrid. Aquellos a los que Chaves Nogales escribiera y analizara, y criticara, con su única calidad literaria unida a su inimitable sentido del análisis en Los secretos de la defensa de Madrid.



Continua sensación de ahogo al oír los embustes cobardes de la mentira fabricada en los despachos opositores lejanos del ciudadano de a pie. No lucha, no padece. No representa. Y seguirán creando incertidumbre y nada les importa.

Perdió el llanto su valor en bolsa. Pero ya suenan otras canciones. Las del ignorante. Gritáis por la libertad, aunque si la usáis para perjudicar a los ciudadanos quizás no la merezcáis. No es un lujo que se pueda derrochar. Aunque lujo sobra en el Barrio de Salamanca. Y lo estáis haciendo con secuestro de bandera.

Sólo os interesa vuestra vida y comodidad. Así no avanza España. Hay varias, por eso es la de todos. Aunque os duela. No podéis imponer la Hispania vuestra a fuerza de golpes. Siento que no os guste lo elegido en las urnas democráticamente. Cual niño enrabietado formas tu pataleta. Y quieres que te dé las gracias debido a tu movimiento “rebelde y heroico”, según ciertos perfiles digitales con orgullosas banderas de antes de nuestra Constitución.

Los heroicos, los que no dan vergüenza ajena, son anónimos. Toman un mal café rápido y un bocadillo frío de máquina antes de acudir a la trinchera para seguir salvando vidas. Investigando en aquellos laboratorios y hospitales que luchan por un tiempo que es oro.

Tú mancillas su esfuerzo. Quiero creer que por inconsciencia de la marioneta bajo el titiritero que es la oposición cobarde. Ve en cada muerte una estrategia para ganar en la calle lo perdido con el voto. Y tú te dejas manejar como milicia de quienes no dan la mano al país, le clavan cuchillos en su débil espalda.

Y ahora, ahí estás. Tu rebelión de cazuela. Gritando, gastando el oxígeno. Ejerces tu derecho de ciudadano. Murieron auténticos patriotas para que pudierais hacerlo sin miedo. Aunque el miedo siempre pasa su factura, pagan los mismos en España. Es nuestro destino. Os habéis emborrachado de un temor visible a un enemigo invisible.

Tiran la piedra los deseosos de derrocar al Gobierno y esconden la mano. Muchos están sacrificándose por vosotros. Y se lo agradecéis rompiendo las reglas de seguridad. Tranquilos, sólo nos jugamos la vida. Quizás os comprareis otra nueva, los que no llegan a fin de mes y están siendo más castigados en esta crisis y que no viven en barrios VIP, no pueden aspirar a ello.

Vuestra rebeldía es usar la verdadera arma del voto, no la ridícula cacerola, en elegir a los recortadores oficiales de lo público y mimadores de privatizar a favor de sus amigos de la banca. Aquellos que solo ven en los españoles números y deudas que cobrar con reglas y comisiones asesinas. Desahucios, empleo precario, recortes en educación y cultura son sus armas. Toda facilidad con el fin de llenar el bolsillo empresarial y vaciar el del trabajador.

Los auténticos héroes son apuñalados por el egoísmo disfrazado de tu patriotismo de pandereta. Para ellos no hay confinamiento, solo la batalla sin cuartel a pecho descubierto en primera línea de fuego, que es la ciencia. También recortada y menospreciada por aquellos a los que dais voz en el Congreso.

Vosotros, con cánticos y golpeos, no os da para más. Sin reflexión. Guiados por los lobos disfrazados de demócratas. Ponéis en peligro a los españoles. Sal tú solo sin mi bandera. No se merece ser mancillada con egoísmos traidores. La radio suena de nuevo: "La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro". Así lo recita el bardo Silvio Rodríguez.

CARLOS SERRANO

22/5/20

  • 22.5.20
Conocí la tristeza, por antepenúltima vez, en una residencia de ancianos. Desde entonces, "tristeza" e "impotencia" son palabras que no logro desintegrarlas de un todo compacto. Busqué otra palabra: "angustia". Los diccionarios dicen más o menos que la angustia es un estado de intranquilidad o inquietud muy intensas causado especialmente por algo desagradable o por la amenaza de una desgracia o un peligro.



La palabra "peligro" contiene en su propia naturaleza más significados de los que le atribuimos. Una palabra polisémica con muchos significados, todos aquellos que le queramos atribuir. La angustia, lo sé, y el peligro caminan al mismo compás y siempre a nuestro lado.

Nos gusta mirar, eso sí, los cisnes en el lago, la puesta de sol, la novia ante el altar, el horizonte cuando nadie nos ve. Hace unos años publiqué una novela breve titulada El peligro y su memoria. Hoy la hubiera titulado El peligro y su angustia. Siempre nos gusta mirar a otro lado.

Mi padre se había roto la cadera. Sufrió la intervención quirúrgica propia de estos casos: sufrir el peligro a tu lado para nada. Necesitaba tantos cuidados que lo ingresamos en una residencia de mayores. No era barata. Ninguna lo es. Aquí ya nada es barato. Lo visitábamos con bastante asiduidad. Pero en esos espacios impersonales los días se hacen muy largos y, cuando has alcanzado sin saber por qué los 80 años o más, la noche se impone como una cárcel inmerecida.

Había leído unos años atrás Arrugas, de Paco Roca. Un cómic que te mete de lleno en las vísceras de esas cárceles de viejos que nosotros mismos diseñamos para nosotros mismos. Un buen día, mi madre, mi hermano Paco y yo optamos por llevarnos a papá a casa, pese a que nos advirtieron de esa decisión, pues no podían asegurarnos que meses después, cansados y equivocados, volviéramos a volver a solicitar la plaza perdida y ya no fuera posible. Nos arriesgamos.

Y una tarde de un otoño tardío, aún lo recuerdo, murió con nosotros al lado. Los últimos días se los pasó besando a mi madre y confesándole lo mucho que la quería y la había querido. La vida, paradojas de la propia vida, no nos ofrece tiempo suficiente para decir lo más esencial y evidente sin ternura impostada antes de que la posibilidad de hacerlo sin premura lo impida.

Hasta que rompió nuestras vidas la covid-19, no supimos que estas residencias de ancianos estaban tan cerca de nuestras vidas. Aquellos ancianos que se fueron estos días, y quienes lo hicieron antes, eran los mal llamados "hijos de la guerra", que comenzaron a trabajar siendo unos infantes.

Mi padre tenía 11 años cuando acabó la guerra y empezó a trabajar y, cuando se jubiló, a los 65, lo celebró con una alegría inaudita ese tiempo libre tan merecido. Murió hace unos años, un año antes que mi madre, y tal vez lo hicieron intuyendo una pandemia que ya no les cabía en sus vidas.

Como ellos, otros muchos miles de ancianos sufrieron la guerra, la postguerra, la hambruna, algunos los campos de exterminio. Vivieron la felicidad de ver crecer a sus hijos, de que estos pudieran estudiar, ser libres, ocupar un sitio en la vida. Eso decían.

Les vimos esa alegría de años en cada pequeño acto de sus insignificantes existencias. Ellos eran así. Un ángel vengativo, al que llaman coivd-19, ha cruzado todos los vientos y violado todas las falsas fronteras para mostrarnos la cara viva de la angustia: tantos miles de ancianos muertos solos, sobre todo solos, y sin duelo los últimos días de su residencia en la tierra. Solo en España, el 86 por ciento de los muertos por la covid-19 tenía más de 70 años. Sabemos que nuestra estancia en este mundo era imperfecta. Ahora tenemos más razones y más evidencias para atrevernos a cambiarla.

El pensador norteamericano Noam Chomsky, a sus 91 años, sostiene que la puesta en manos privadas de funciones públicas explica en buena parte el desastre en la crisis del coronavirus. Las residencias de ancianos fracasaron. Solo buscaban beneficios. Las farmacéuticas también buscaban beneficios. El caos estaba servido.

Dice Chomsky: “En EE UU, la mayor parte de las víctimas son ancianos en residencias. ¿Por qué mueren tantos allí? Porque las residencias se privatizaron durante la plaga neoliberal y quedaron en manos de fondos de inversión. Y esos hicieron lo que suelen, recortar por lo sano: servicios, personal, material. Pasa cualquier cosa y todo se desploma. Pero hay más. Hay un gran puñado de grandes empresas que gestionan la mayor parte de las residencias y su gestión ha sido alabada públicamente por Trump. Porque es uno de los grandes inversores”.

En nuestro país, el capital riesgo había apostado por un modelo de residencias para mayores con grandes márgenes de beneficios que la pandemia se ha dedicado a devastar y traducir en escombros. El tamaño de las residencias, el diseño arquitectónico, la calidad de la atención, la adopción de medidas rápidas y oportunas por parte de cada centro, su capacidad de comprar equipos de protección y test o su exposición en territorios más o menos expuestos al virus han sido elementos que han jugado a favor o en contra de cada residencia.

Como escribe María Fernández, el sector, que hasta ahora vivía el boom de inversión por su rentabilidad, ahora hace todo lo posible para restar importancia a los beneficios. Hasta se han inventado un eslogan para estos tiempos: “No curamos, cuidamos”.

Un día que fui a visitar a mi padre en la residencia, estaba sentado en su silla de ruedas. Él estaba de espaldas a mí y frente a la ventana viendo un paisaje que no había. Tal vez mirara para ninguna parte. Tenía la cabeza apoyada en el hombro izquierdo. No sé cómo podía estar cómodo en esa posición.

Iba con mi hermano Paco. Lloré de impotencia. No podía contenerme. Y no suelo llorar. Estaba, como todos los demás ancianos y todos los demás días, anestesiado, harto de tranquilizantes para que no diera guerra. Mi padre era mucho de dar de guerra. A mi madre le decía siempre que íbamos a verlo: “Vámonos ya”. Entonces yo me iba a ver el paisaje más inútil que nunca pude contemplar.

Muchos amigos ingresaron a sus padres en este tipo de residencias. Allí fallecieron. Ahora sabemos que no era un buen lugar. O lo sabíamos y mirábamos otro paisaje. Leo el título que encabeza este artículo, y pienso que me equivoqué. En realidad, debería haber titulado: ¿Qué hacemos ahora con nosotros?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21/5/20

  • 21.5.20
Seguimos abrumados tanto por el miedo que ha podido despertar entre nosotros el virus como por las dificultades que se plantean para dar merecida sepultura a los muchos fallecidos, víctimas del coronavirus. Por fin las familias podrán decir adiós a sus seres queridos.



A primeros de mayo, Sanidad anunció que los velatorios se podrán celebrar con 15 personas al aire libre y 10 en espacios cerrados en la fase 1. Se insiste, como es natural, en guardar lo más estrictamente las normas elementales de precaución para evitar más contagios.

El velatorio hace referencia al “acto de velar” a los muertos consiste en “pasar la noche al cuidado del difunto bien en su casa, en el hospital o modernamente en un tanatorio.” Pero ¿por qué hay que cuidar a un difunto? Si alguien está muerto carece de sentido cuidarlo… Por eso hay que retroceder en el tiempo para entender eso de “cuidar”.

La costumbre de “velar” a los difuntos no es una moda de la actualidad. Se dice que nos hicimos sedentarios cuando empezamos a enterrar a los muertos. Es posible que la sepultura de un miembro de la tribu nos atara a la tierra. Digamos que estamos ante un tipo de culto de trasfondo religioso. Ahora bien, más que velar deberíamos decir vigilar si el interfecto (coloquialmente, “persona de la que se está hablando”) efectivamente ha muerto.

No descubro nada nuevo afirmando que el culto a los muertos no es una novedad: está presente entre los humanos desde tiempo inmemorial. La Humanidad viene cumpliendo con dicho culto desde siempre y de diversas maneras, según las distintas religiones.

En referencia a los momentos presentes, sí que son novedad para nuestras sociedades actuales las circunstancias que han causado el alto número de muertos que quedaron depositados lejos de la familia y aun persiste la amenaza de un alto número de contagios que nos avisan de que seguimos en peligro.

El culto a los muertos se basa en la creencia de que hay otra vida después de la muerte, creencia que no es solo del cristianismo. Egipcios, judíos, griegos, romanos creían en esa otra vida. Dicho culto religioso va acompañado de oraciones a los dioses y ofrendas a los muertos para que favorezcan a los familiares vivos o medien ante los dioses por ellos.

Rendir homenaje al muerto no era el único criterio para dedicarle un adiós suntuoso. Digamos que el difunto ha logrado el respeto de los deudos si ha vivido una vida moral que le ha permitido ganarse la distinción social y el respeto de los demás.

Para griegos y romanos los ancestros actúan e influyen en la vida de las generaciones posteriores, bendiciendo o maldiciéndolas. En concreto, los romanos creen que los difuntos actuaban como dioses protectores con respecto a familiares y conocidos. Eran los dioses “penates”. Rendirles culto y ofrecerles oraciones y regalos se hacía para apaciguarlos y ganarse sus favores.

Para los griegos dar sepultura a los muertos era un deber. Si al muerto no se le enterraba quedaba condenado a vagar eternamente. Así rendían culto a los antepasados. Al difunto lo llevaban a hombros los familiares o los esclavos. Podía ser enterrado o quemado y las cenizas se guardaban en una urna. Los cementerios estaban situados al borde de los caminos.

Entre los romanos dicho culto también era muy importante. Los muertos se enterraban a orillas de la calzada, a la salida de la ciudad o se quemaban en los hornos crematorios. La tumba se decoraba con flores y le dejaban comida y vino. En el entierro participaban esclavos con música, portadores de antorchas, bailarines y plañideras y se pasaba el día comiendo alrededor de la tumba.

La presencia de plañideras en los funerales viene también del pasado. Por lo general eran mujeres a las que se les pagaba por llorar en los funerales (también solían estar presentes en los velatorios). A más importancia del difunto, más presencia de lloronas. Así se les llamó posteriormente en Latinoamérica.

Según diversas fuentes, dicha costumbre nace en el antiguo Egipto y está relacionada con el culto a los dioses, tradición que también siguen los hebreos y heredan tanto griegos como romanos. La costumbre llega hasta nuestros días. En América Latina aparece a partir del siglo XVII. La importancia del difunto elevaba tanto los llantos y gritos como el número de plañideras y el precio a pagar por su presencia.

El llanto es contagioso a la par que relajante (dicen) y, por tanto, sería una manera de provocarlo en los familiares para que se sientan mejor una vez desahogada la pena que les aflige por la pérdida del ser querido. A las plañideras se les contrataba para que lloraran e hicieran público el lamento y el dolor de la familia, ya que estos no debían llorar en dichos momentos.

En relación a la transmisión de condolencias, hay toda una serie de frases que suelen ser pronunciadas cuando se saluda a los familiares. Van desde las muy sentidas, que arrancan del corazón, hasta esas otras que suenan faltas de sentimiento. Una cuestión es acompañar a familiares y difunto por el dolor que brota del corazón y otra, acudir para cumplir.

Se sabe que fue en Europa, durante la Edad Media, cuando se comenzó a practicar la tradición de poner el cadáver sobre una mesa en la casa familiar. Los parientes y amigos vigilan a la persona “aparentemente” muerta por si despertaba, a la par que rinden honores y así se despiden dando el pésame a la familia. En la noche se alumbran con velas, no hay otra iluminación, y de ahí viene la palabra velatorio o velorio o vela…

Sobre la costumbre de velar a los muertos hay muchas razones que intentan dar una explicación. Plausible o no, eso es otra cuestión. Existe la creencia de que “si se dejaba solo un cadáver antes de enterrarlo, los espíritus malignos podían poseerlo”. Otra razón alude al miedo que generaba el tener un cadáver en la casa, lo que dio paso a que se reunieran amigos y vecinos para acompañar a la familia.

Son ideas cargadas de superstición que alimentaban toda una serie de ritos mortuorios. Muchas de dichas costumbres son anteriores al cristianismo. Reuniones que terminaban en fiesta consumiendo alcohol y alimentos, como en el caso de los romanos, ya citado.

Lo de despertarse el muerto tiene su explicación. Más de una vez, la persona que se presumía fallecida se reincorporaba a la vida después de unos días muerta. ¿Razón? Intoxicarse al beber alcohol solía ocurrir con frecuencia y, como consecuencia, el sujeto sufría una pérdida de movilidad y de conocimiento durante un periodo largo de tiempo. Es lo que se llama “catalepsia” consistente en un “accidente nervioso repentino (…) que suspende las sensaciones e inmoviliza el cuerpo en cualquier postura en que se le coloque” (sic).

Más de un fallecido pudo ser enterrado vivo sin que lo supieran y, por esta razón, había que velar al muerto al menos por tres días. Intoxicarse por estaño provoca ataques de catalepsia. Este accidente era frecuente.

Por razones varias, muchas personas, supuestamente muertas, no lo estaban. Enterrar vivo a alguien ha ocurrido bastantes veces. Por esta razón había que velar al supuesto muerto, y además solían poner una campana en las tumbas. De ahí la frase “salvado por la campana”. Actualmente se da sepultura a una persona fallecida sólo con un parte médico y máximo 48 horas después de su muerte.

En la actualidad, la costumbre de velar a los difuntos ha ido cambiando en relación a otros tiempos. El factor religión, en líneas generales, ha perdido terreno. Velatorios y entierros cada vez están más alejados del sentido religioso. Si hasta no hace mucho el cadáver se velaba en el domicilio, ahora son los tanatorios los que se encargan de ello.

Familiares, amigos y conocidos acuden a dicho tanatorio, dan el pésame a los familiares más próximos, comentan algunas incidencias que marcaron el final del difunto y se marchan. A la hora de enterrar el cadáver o incinerarlo solo suelen estar presentes los familiares más próximos (esposo o esposa, hijos, y algunas personas más).

Hemos perdido seres queridos y personas anónimas para muchos de nosotros y hemos perdido un gran número de sanitarios. De hecho, la cifra total se situaba este lunes en 51.090 afectados, según los datos notificados al Comité de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes) por las comunidades autónomas.

Tener un detalle de adiós cuesta poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo manifestado en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona. El color del luto en los pueblos europeos es el negro” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancia no ha lugar, otros que…, el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar. Sea como sea, descansen en paz.

PEPE CANTILLO

20/5/20

  • 20.5.20
“Todos nuestros doctores más sabios y entendidos están de acuerdo al afirmar que las cosas visibles son imágenes verídicas de las cosas invisibles…”. Nicolás de Cusa (1449: Apologia doctae ignorantiae).



Una escultura, una pintura, un dibujo, una fotografía, la imagen televisiva o la imagen de un videojuego son ejemplos de diversos tipos de imágenes. ¿Qué es lo que tienen en común? Son una forma de comunicación, de transmitir información, de expresar sentimientos o ideas, de representar la realidad o, mejor dicho, de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

Las imágenes que nos acompañan cada día, y ahora más que nunca en el confinamiento de nuestros hogares, hacen visible lo invisible, nos muestran lo que no podemos ver por nosotros mismos. Nos acercan las vistas de ciudades vacías y de hospitales llenos. Y desde los televisores nos permiten compartir ficciones de otras guerras y otros amores.

Las imágenes pueden tener una función más utilitaria haciendo visible aquellas informaciones que expresadas con palabras no resultan suficientemente claras. Un mapa nos muestra de un vistazo lo que difícilmente podríamos contar verbalmente, un gráfico nos permite apreciar la evolución de un proceso, una partitura musical registra los sonidos que la componen, …

Las imágenes también nos permiten escudriñar otras esquinas de la realidad, incluso aquellas más lejanas e inaccesibles a nuestra percepción natural. Podemos ver la imagen microscópica del virus o las de estrellas y agujeros negros.

Todo lo que miramos es fuente de nuestros recuerdos posteriores, pero también de nuestros sueños y fantasías. Las imágenes vistas se transforman en los intrincados laberintos de nuestro cerebro en extraños personajes que habitan ciudades y paisajes que escapan a las leyes de la física y de la biología: fantasmas y unicornios, edificios espléndidos o terroríficos.

La alquimia de la imaginación construye con los ladrillos de la realidad natural el camino a lo “sobrenatural”, lo que está más allá de nuestra ascética realidad circundante. Los sueños, soñados mientras dormimos o ensoñados en la vigilia, nos permiten mirar lo invisible, vislumbrar lo que sólo existe en el interior de nuestras conciencias.

Hay otro tipo de imágenes que también solamente son visibles para el que las ve: las alucinaciones producidas por cualquier alteración del funcionamiento del cerebro, desde los leves déjà vu o las auras de algunas migrañas a los desdoblamientos de personalidad esquizofrénicos o los viajes del chamán bajo el efecto de sustancias psicoactivas. Pero en estos casos el sujeto no las considera como fruto de su conciencia subjetiva sino como realmente percibidas.

Se abre una brecha sobre la certeza que creíamos tener sobre la nítida frontera entre las imágenes que percibimos (objetivas) y las que imaginamos (mentales, subjetivas). Y parece que esa brecha es de ida y vuelta y, frecuentemente, proyectamos sobre la realidad, las fantasías imaginadas a las que damos carta de naturaleza y como dice Benina, un personaje de Pérez Galdós en Misericordia: “También te digo que suceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los que llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas verdaderas de otro mundo, que se viene a este…”.

De aquí no hay más que un paso a utilizar las imágenes para hacer visibles las fuerzas o seres sobrenaturales que escapan a nuestra percepción natural. Y lo que es más interesante, al plasmar materialmente a los dioses en piedra o madera no solo les damos una forma visual, sino que de alguna manera lo que únicamente podía tener una existencia subjetiva en nuestras mentes, adquiere una cierta objetividad. Hacemos visible para los demás, lo que hasta entonces era invisible.

Las imágenes representan retazos de nuestra experiencia visual, hacen visibles nuestras ideas acerca de la realidad y los símbolos de aquellas vivencias sagradas que no pueden experimentarse visualmente. Las imágenes reflejan la realidad y la construyen, entendiendo por realidad ese conjunto de objetos, acciones, concepciones, creencias y sentimientos propios de cada cultura humana.

El contenido de las imágenes siempre se refiere a esa realidad pasada por el tamiz de la conciencia subjetiva que la transforma y la enriquece. Las imágenes son una forma de representar nuestra forma subjetiva de vivir la realidad.

En cuanto a la forma en que las recibimos, las imágenes pueden gustarnos más o menos, pueden asociarse a objetos reales, pueden recordar algo. Representan cosas, hechos históricos, personajes célebres, dioses y también sentimientos e ideas abstractas. Es importante su contenido y, no menos importante, su capacidad expresiva, sus valores estéticos.

Pueden ser una fuente de placer y de diversión, tanto por el contenido representado como por los valores estéticos de la forma de representación. A todos nos atrae lo bello en la naturaleza y es agradable que los artistas lo reflejen en sus obras. Probablemente lo primero que nos atrae y en lo primero que nos fijamos de una persona del sexo opuesto es su apariencia física, su “imagen”. También le damos mucha importancia a la imagen personal en las relaciones sociales.

Las expresiones artísticas y el interés por el aspecto estético de los objetos parecen haber existido siempre y en todas las sociedades humanas. Así que esta amplia presencia de lo “bello” debe estar relacionada con una importante funcionalidad social, e incluso biológica. Ver paisajes bellos, ver cosas bellas, poseer cosas bellas, producir cosas bellas, produce una importante satisfacción que es, fundamentalmente, de carácter emocional.

Pero lo más importante es que las emociones generadas por las imágenes inciden en creencias y comportamientos, ya que como dice Manuel Castells, la forma en que sentimos estructura la forma en que pensamos y como consecuencia la forma en que actuamos. Y las imágenes pueden ser (y generalmente lo son) muy eficaces en la creación de opiniones y valores sociales y por lo tanto tienen una gran capacidad para mover a la acción.

JES JIMÉNEZ

19/5/20

  • 19.5.20
Desde hace meses se viene hablando de que estamos entrando en una nueva normalidad, en un nuevo orden mundial, en un nuevo mundo. El concepto “nuevo” está en boca de todos y estamos intentando atribuirlo a las circunstancias recientes que nos acontecen como herramienta para paliar el impacto en nuestra vida diaria.



Pero este concepto inofensivo, a simple vista, hace que al utilizarlo convirtamos en rutina comportamientos que, de acuerdo a nuestra identidad, nos son extraños y excepcionales. Al utilizar la palabra “nuevo” o “nueva” estamos normalizando cada acción y comportamiento originado dentro del contexto de esta pandemia.

Estos días he salido a la calle por primera vez desde hace meses y confieso que siento que esto no puede llegar a ser la normalidad. No podemos considerar este estado de anestesia de la libertad como algo normal. Y que conste que no escribo esto para criticar las decisiones que se han tomado hasta este punto. Era necesario quedarnos en casa y, en el futuro, será necesario restringir los movimientos. Pero que no se nos olvide que esto no es lo normal: esta situación es excepcional.

Si normalizamos esta realidad corremos el gran peligro de convertirnos en unas piezas de un juego; un juego basado en la producción, sin tener en cuenta la vida. Nos hemos adaptado de forma majestuosa para relacionarnos, para continuar trabajando, para poder seguir siendo productivos, para cuidar de los nuestros. Quizás el eslogan mas real que describe este momento podría ser: “No te contagies, produce y vive”. También valdría: “Muévete para producir. Quédate en casa para vivir”.

El sistema tenemos que mantenerlo en alto para que no caiga por su propio peso y, para ello, debemos ejercer una limitación de nuestra libertad. Me parece cuando menos paradójico que, para vivir, solo debes quedarte en tu casa. Es extraño.

Yo no quiero esta normalidad. Yo quiero poder abrazar a mi familia, a mis amigos, a un desconocido que encuentre en él un espejo. Y en sus ojos. Ahora la sonrisa se desprende del movimiento ocular. Ahora la felicidad está detrás de un trozo de tela. Me da angustia. Me da lástima sentir que esto es lo nuevo.

Me da pena sentir a personas que están tan cerca, tan lejos. Me da pena en general. Y, en concreto, me da pena sentir que quizás el mundo que viene no es mejor. Quizás será mejor en salud; quizás será mejor económicamente o en la red de comunicación. Quizás estaremos mejor preparados; quizás tendremos mayor estabilidad.

Pero nosotros, quizás, seremos peores. Las tensiones que vivimos en estos días se irán polarizando conforme pasen los meses y los años, llegando a la radicalización total de la esfera social. Me da pena. Es algo tan evidente que casi se puede palpar. Ya lo siento, ya viene.

Para terminar, quiero expresar la creación de “nuevas” oportunidades y “nuevas” formas de hacer. Por ahora no quiero nada. La palabra “nuevo”, repito, nos está engullendo, provocando pequeños excesos de olvido de lo que queremos hacer y, ante todo, ser.

Somos personas únicas que entramos en una etapa de homogeneización de la identidad. A todos nos está definiendo algo común: la cuarentena, el confínamiento, la pandemia. Esto nos igualará en altura y en distancia individual, provocando la ausencia de una personalidad referente. Es como meter todos los ingredientes en una batidora, batirlos y, al unificarse y formar uno, no saber identificar cada uno de los ingredientes.

Ahora, bajo la tranquilidad y el reposo, debemos identificarnos a nosotros mismos para saber qué papel estamos interpretando dentro del batido originado y poder potenciarlo a través de la sinceridad y la honestidad con uno mismo, sabiendo dónde están las virtudes y los defectos. Somos piezas con alma de un puzzle que ya no tiene alma. Debemos crear una alma conjunta que alimente nuestra alma individual.

DANY RUZ

18/5/20

  • 18.5.20
El período socialista de los gobiernos de Rodríguez Zapatero se agotó al cabo de su segunda Legislatura como consecuencia de la crisis económica de 2008. Las medidas de preciso escarpelo para combatirla, reduciendo partidas de gasto del Presupuesto para equilibrar el déficit público, pesaron más que los avances en derechos y libertades conquistados bajo su mandato.



Los electores prefirieron que la derecha administrase la austeridad a la que abocaba una crisis económica que la derecha supo utilizar como ariete del Gobierno. Así, en las elecciones de noviembre de 2011, el Partido Popular obtendría mayoría absoluta y sentaba a Mariano Rajoy en el sillón del Gobierno de España, el sexto presidente de la democracia desde 1978 (contando a Leopoldo Calvo Sotelo, elegido presidente tras la dimisión de Adolfo Suárez, en 1981, hasta el triunfo socialista de 1982. Fue un presidente de transición). Se producía, así, un nuevo vaivén del bipartidismo español que posibilitaba que la derecha recuperase, una vez más, el poder.

Mariano Rajoy Brey, un político gallego de amplio recorrido desde los tiempos de la Alianza Popular (AP) de Fraga, además de abogado y notario, había sido un ministro “todoterreno” (Administraciones Públicas, Educación, Interior, Portavoz y vicepresidente) en los ocho años de gobiernos de José María Aznar, hasta que este lo designó para sucederle como candidato del Partido Popular a las elecciones de 2004, en las que el PP perdió el poder.

Es en los comicios anticipados del año 2011 cuando Rajoy consigue al fin, después de perder también la cita con las urnas de 2008, acceder a la Presidencia del Gobierno, rodeándose de figuras destacadas de la derecha española y de colaboradores suyos en el partido. Su mandato, a lo largo de tres legislaturas (una de ellas non nata), se interrumpe abruptamente con la moción de censura que le presenta el nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, tras una sentencia del caso Gürtel.

Tal como había prometido, una vez formado su Ejecutivo, Mariano Rajoy comienza a aplicar su plan neoliberal para sanear la economía española de la recesión en la que había entrado desde finales de 2009. Tarda sólo dos semanas, desde su nombramiento, en anunciar el primer “hachazo” presupuestario, de casi 10.000 millones de euros, y la subida del IRPF.

Empezaba, así, a cumplir e incumplir sus promesas electorales de ahorrar gasto, reducir las administraciones públicas, volver a las privatizaciones y bajar impuestos. Excepto esto último –que los subió–, cumplió con todo lo demás.

Era evidente que el Gobierno de Rajoy tenía, como más importante reto, afrontar la grave crisis económica del país, y en ello se empeñó con todas sus fuerzas, mediante las clásicas recetas del neoliberalismo. Frente al bisturí de Zapatero, Rajoy propinó tijeretazos al gasto público y al Estado de Bienestar.

Y para reducir el desempleo, hizo una reforma laboral que flexibilizó el despido y precarizó el mercado del trabajo, desvinculando los acuerdos de empresa de los convenios colectivos sectoriales, todo ello bajo una fuerte contestación por parte de los colectivos afectados.

En lo económico, por tanto, las primeras iniciativas del Gobierno conservador fueron inmediatas y drásticas a la hora de reducir el gasto público y el tamaño de las administraciones. Continuaba, así, pero con mayor dureza aun, la senda de restricciones que había emprendido el anterior mandatario socialista, presionado por la UE y los mercados hasta el extremo de tener que acometer una enmienda a la Constitución que contemplaba priorizar el pago de la deuda frente a cualquier otro gasto público.

Sin embargo, estas medidas iniciales de Rajoy no lograron frenar el peligro de rescate y la escalada de la prima de riesgo, que se disparó a cifras históricas insostenibles, de más de 600 puntos porcentuales. Ese escenario lo obligó a aplicar nuevas medidas impopulares, como la subida del IVA, la reducción de las prestaciones por desempleo, la supresión de la paga extra de Navidad de los funcionarios, la reducción de las plantillas en las administraciones públicas (la tasa de reposición por jubilación en Sanidad fue del diez por ciento), la práctica congelación de las pensiones (incremento anual de solo el 0,25 por ciento), la subida de impuestos medioambientales y un nuevo recorte al Estado de Bienestar, como el copago farmacéutico, además de dejar sin dotación la partida presupuestaria de la Dependencia y la exigua financiación a la investigación científica, la innovación y el desarrollo, entre otros recortes.

De la contundencia de sus duras medidas económicas es relevante que, durante el primer año de su Gobierno, Mariano Rajoy hiciera uso de 29 decretos-ley, una fórmula legal que se justifica por motivos de urgencia, aunque no fuera necesario al disponer de mayoría absoluta en el Congreso para aprobar cualquier iniciativa gubernamental.

A pesar de todo, Rajoy no pudo evitar la tutela de la Unión Europea en las cuentas públicas ante el riesgo creciente de recaída en la recesión. Bajo el eufemismo de “préstamo”, España solicitó formalmente un rescate por más de 80.000 millones de euros a Europa para ayudar a las entidades financieras y al FROB, el “banco malo” creado para asumir la deuda privada de las entidades nacionalizadas, como Bankia.

Tan grave era la situación que, durante buena parte de su primera Legislatura, las políticas de austeridad del Gobierno contribuyeron a profundizar y prolongar la crisis económica, aumentando las cifras de desempleo, que a finales de 2012 había alcanzado la cota más alta de la historia, un 26 por ciento de la población activa, y los índices de pobreza y exclusión social, que pasaron del 23 por ciento de la población a cerca del 28 por ciento, de lo que daba muestra el número de familias que fueron desalojadas de sus viviendas al no poder pagarlas.

En lo social, como no podía ser de otra manera, las restricciones y el “austericidio” provocaron estragos en los servicios esenciales que provee el Estado a los ciudadanos, poniendo en cuestionamiento la viabilidad del Estado de Bienestar.

La Educación, por ejemplo, sufrió recortes que mermaron su plantilla y aumentaron la ratio de alumnos por aula. También supusieron la reducción de la dotación para becas e investigación, el incremento del número de horas docentes del profesorado y la “racionalización” de las titulaciones, etc.

En Sanidad, aparte de la reducción y congelación de los salarios, los recortes significaron la disminución de la plantilla de sanitarios de todas las categorías, la imposibilidad de seguir activo más allá de los 65 años, el copago sanitario y farmacéutico (recetas, traslados de enfermos, medicamentos, etc.) y la retirada de la tarjeta sanitaria a inmigrantes en situación irregular.

En Dependencia, como se ha señalado, no se proveyeron recursos para mantener su aplicación y atender a los nuevos demandantes de ese derecho. Y las pensiones, en contra de lo insistido por el Gobierno, estuvieron técnicamente congeladas, cuyo raquítico incremento fue siempre inferior al coste de la vida, la inflación, durante todos los años del mandato de la derecha.

Además, el desajuste de la Seguridad Social fue tan desorbitado que prácticamente vació la “hucha” de las pensiones, el remanente acumulado durante la época socialista de Rodríguez Zapatero para garantizar su financiación.

En resumen, hay que señalar que las medidas implementadas para sanear la economía golpearon con especial dureza, dadas la austeridad y las restricciones que suponían, a los colectivos más vulnerables y desfavorecidos de la sociedad, al reducir o eliminar prestaciones sociales y servicios de los que dependían para su subsistencia.

Y es que esos estratos débiles, sin apenas ingresos, tuvieron que enfrentarse a la subida del impuesto del IVA, del 18 al 21 por ciento en el tramo general y del 8 al 10 por ciento el del tipo reducido; ver reducida su prestación por desempleo; ser castigados por la supresión de la deducción por vivienda en el IRPF; pagar por hacer uso de la Justicia (reforma de tasas judiciales); etc., y ser víctimas del resto de recortes descritos más arriba.

Sin apenas acceso a los servicios esenciales de un Estado de Bienestar mermado, aquellas reformas económicas, que despreciaron a los más vulnerables, hicieron que los pobres fueran más pobres todavía. Y los ricos, más ricos.

Las grandes cifras macroeconómicas, gracias a las recetas y políticas neoliberales implementadas para su exclusivo beneficio, es decir, para sanear sus cuentas y nacionalizar las pérdidas, junto a unas condiciones externas favorables (viento de cola) por el descenso del precio de los productos energéticos, un euro devaluado respecto al dólar y, sobre todo, las facilidades del Banco Central Europeo para abaratar el precio del dinero y dar liquidez al mercado financiero, posibilitaron la vuelta al crecimiento y la recuperación económica, fundamentalmente durante los últimos años de la segunda Legislatura de Rajoy, pero a costa de crear una crisis social sin precedentes, en la que la desigualdad y la precariedad ensancharon enormemente las brechas sociales.

Y no solo eso: en cuanto a derechos y libertades, la derecha con Rajoy volvió a sus fueros de regresión y autoritarismo. Bastan tres ejemplos para demostrarlo. En primer lugar, la reforma de la Ley del Aborto, que Rajoy encargó a su ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y no al de Sanidad, y que endurecía los requisitos y eliminaba, incluso, la malformación del feto como supuesto para llevar a cabo la intervención, con la pretensión de satisfacer a su electorado más conservador, a los colectivos antiabortistas y a la Iglesia, se saldó con la dimisión del ministro y la no aprobación del proyecto de reforma. La contestación social, incluida la del sector conservador moderado, hicieron recular a Rajoy y retirar –de momento– aquella reforma.

En segundo lugar, la nefasta “ley Wert”, como se llamaba a la LOMCE, la séptima Ley de Educación de la democracia, impulsada en solitario y sin consenso por el ministro que da nombre al texto legal, el que aplicó los mayores recortes de la historia en educación.

Aparte de reducir “gastos”, la ley suprimió la asignatura de Educación para la Ciudadanía por la de Religión, con peso curricular en la nota del alumno. Además, el Ministerio recentralizaba el diseño curricular, reduciendo el margen de las autonomías para configurar sus contenidos.

Y, por último, la “Ley Mordaza”, Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, que deja en manos de la Administración el ejercicio de derechos y libertades fundamentales, en aras de garantizar el orden público y la seguridad ciudadana, y que prohíbe, por ejemplo, tomar imágenes de la actuación y presuntos abusos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en su cometido.

Una norma que faculta a la Policía a ser juez y parte en sus conflictos con los ciudadanos a la hora de valorar la “desobediencia o resistencia a la autoridad” o la “falta de respeto o consideración a las fuerzas del orden” público. Todavía sigue vigente.

En política exterior, el mandato de Rajoy no se distinguió por su quehacer diplomático, salvo las debidas relaciones habituales con Europa y su aparente cordialidad con la canciller alemán, Angela Merkel, de quien dependían, en buena medida, las condiciones impuestas por Bruselas a la economía española.

España seguía sin recuperar el peso perdido en Europa, como se demostró con el fracaso de la candidatura de Luis de Guindos para presidir el Eurogrupo. Con EE UU mantuvo buenas relaciones, consiguiendo un nuevo acuerdo sobre las bases militares de utilización conjunta, pero sin llegar a los niveles de servilismo pronorteamericano de la época de Aznar. Lo mismo puede decirse de las relaciones con Latinoamérica y los países árabes, donde la preocupación se centraba en la región del Sahel y la amenaza del terrorismo del Daesh o Estado islámico.

Sin embargo, era en política interna en lo que los gobiernos de derecha de Mariano Rajoy fueron claramente deficientes, y con respecto de la corrupción, deplorables. Pero eso será objeto de un nuevo capítulo.

DANIEL GUERRERO

17/5/20

  • 17.5.20
En el artículo anterior, Aquellos inolvidables años, citaba al psicólogo estadounidense Viktor Lowenfeld refiriéndome a lo que él denominaba la Edad de la pandilla, aludiendo a la formación de los primeros grupos de amigos que se crean en la preadolescencia o infancia tardía.



Este es un hecho que me atrevería decir que es universal pues, en todas las culturas desarrolladas, niños y niñas están escolarizados desde edades tempranas, por lo que dentro de ese ambiente escolar surgen los primeros inicios de la amistad, valor humano al que le doy una gran importancia, pues nada mejor que tener buenos y leales amigos para que el tránsito por la vida sea lo más dichoso posible.

Hablando con un amigo de este tema, me aseguraba que las pandillas se forman a cualquier edad, no solo en la preadolescencia. Le indiqué que tenía razón, pero la idea de las pandillas de adultos (entendidas en el mejor sentido de la palabra) alude a los grupos de amistades que se forman con alguna finalidad concreta; sin embargo, la construcción de la amistad no se suele hacer de manera grupal, sino de uno en uno, puesto que esa formación es un proceso de mutuo conocimiento y de entendimiento en los aspectos esenciales de la personalidad.

Hemos de reconocer que los amigos de verdad, aquellos con los que te puedes sincerar, no son muchos, pues abrir la intimidad hacia otros no es fácil, ya que lo solemos hacer de forma precavida por el temor a que no se respete la confianza depositada en otro, dado que la falta de respeto o, peor aún, la traición a esa confianza, se vive de una manera muy dolorosa.

Sobre la amistad se han escrito hermosas páginas y se han vertido numerosos aforismos para ensalzarla. También, en sentido contrario, para cuestionarla e ironizar sobre ella, pues, a pesar de que se supone que está al alcance de cualquiera, lo cierto es que llegar a una sincera y leal relación de amistad parece algo difícil de lograr, dado que, tal como he indicado, se encuentra expuesta al desencanto o, peor aún, a la deslealtad.

Podría parecer que me remonto excesivamente lejos citando a los clásicos griegos y romanos, pero es que, en mi opinión, las mejores palabras sobre la amistad las podemos encontrar en Aristóteles y su obra Ética a Nicómaco. Creo que desde entonces no se han escrito tan profundas reflexiones sobre lo que significa ser amigo. De igual modo, en el mundo de la antigua Roma, Cicerón y Séneca nos legaron magníficos escritos sobre el significado de la amistad.

Como pequeña síntesis, en estos momentos me gustaría traer a colación una frase del filósofo griego Epicuro en la que nos dice: “Cada mañana la amistad recorre la Tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices mutuamente”.

Hermosa frase en la que se une el valor de la amistad con el sentimiento de felicidad, pues no hay nada tan placentero como la charla tranquila con un buen amigo, con alguien que te conoce, que sabe cómo eres, que tiene plena confianza en ti, ya que sabe que no le vas a mentir, al tiempo que lo encontrarás en el momento en el que lo necesites.

De todos modos, hay quienes sospechan que los tiempos actuales no son los más adecuados para forjarse buenas amistades. En este sentido el psicólogo italiano Francesco Alberoni se hacía la siguiente pregunta: “¿Está la amistad al alcance de todos en una sociedad como la nuestra, fuertemente competitiva y en la que cada vez se potencia más el que cada uno vaya a lo suyo?”

Me temo que la actual sociedad, individualista y competitiva en la que hemos crecido, no favorece la formación de amistades sólidas, por lo que se han multiplicado los contactos a través de las redes sociales para que a esas relaciones un tanto superficiales se las acabe denominando como ‘amigos’.

Ante este panorama no es de extrañar que haya un número amplio de autores que duden acerca de la existencia de verdadera amistad. Sobre ellos se podría hacer una pequeña antología. Para no extenderme, traigo un par de citas a modo de ejemplos.

Así, el escritor británico H. G. Wells afirmaba que “el camino para medrar en la posición social está y estará sembrado de amistades rotas”, y el francés Honoré de Balzac decía que “la amistad dura poco cuando uno de los amigos se siente superior al otro”. Si estas sentencias las aplicamos a nuestro mundo de ahora quedaríamos muy mal parados, ya que la competitividad y la creencia en sentirse superior, aunque no se manifiesten de manera explícita, están a la orden del día.



En mi caso particular, puedo enorgullecerme de contar con muy buenos amigos. Aunque también tengo que admitir que a lo largo de mi ya dilatada vida he conocido dolorosas decepciones. Y es que la amistad se basa en la confianza y el respeto que depositamos en el amigo, pensando que no nos va a fallar, por lo que no es posible construir una relación sólida calculando, sospechando o interpretando constantemente lo que el otro ha querido decir. O, peor aún, utilizándola para los propios intereses.

Tal como apuntaba al principio, hay casos en los que la amistad arranca de los años de la infancia, por las experiencias compartidas en la misma escuela o por las vivencias de aquellos grupos que se formaban en los juegos. Es lo que a mí me sucede con Emiliano Roa y Pedro Moreno, con quienes compartí los pupitres de la escuela de don José Sánchez; o con Diego Bas quien, yendo a la escuela de don Pedro Márquez, era compañero en el Llano del Pilar de los interminables juegos que por entonces desarrollábamos fuera de las casas.

Aunque actualmente los cuatro vivimos en sitios distintos, desde entonces mantenemos inalterable nuestra amistad, de modo que Alburquerque se convierte en el punto de encuentro que con cierta frecuencia llevamos a cabo.

Por otro lado, creo que la formación de los amigos no se circunscribe a la adolescencia y a la juventud, como habitualmente se piensa. También se pueden crear en la madurez, aunque a medida que se avanza en edad resulta más difícil, dado que ya se tiene forjada una historia personal, por lo que resulta más complicado lograr conectar a fondo con alguien con quien compatibilizar el conjunto de experiencias vividas.

No obstante, y como suele decirse, toda regla tiene sus excepciones. Es el caso de la ‘pandilla’ o buenos amigos que formamos la gente de Adepa, quienes perteneciendo a generaciones distintas hemos logrado formar un grupo bastante cohesionado, no solo para mantener un objetivo común, como es la defensa del Patrimonio, sino también como equipo que sabe disfrutar de momentos impagables, pues la alegría y el buen compañerismo son la base de este grupo de amigos. Como expresión palpable de esto que indico, muestro la fotografía que nos hicimos en el último encuentro que llevamos a cabo en el pueblo.

Para cerrar, tengo que apuntar que, lógicamente, en estas breves líneas no se agota un tema tan relevante como es el de la amistad, por lo que volveré en otra ocasión para abordarla de manera más amplia. Quedan, pues, en el tintero muchas preguntas que podríamos formularnos. Una de ellas podría ser esta: “¿Es posible la amistad entre el hombre y la mujer, o solamente se da dentro y en cada uno de los géneros?”.

Si he traído a colación esa pregunta se debe a que Francesco Alberoni opina que esa amistad no es posible; sin embargo, en este punto discrepo acerca de lo que piensa el psicólogo italiano y, aunque nos es lo habitual, creo que sí se puede llegar a darse una real amistad entre el hombre y la mujer.

AURELIANO SÁINZ

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