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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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28/3/20

  • 28.3.20
Ya llevo dos semanas sin salir de casa. Trato de leer, escuchar música, ver cine clásico e intento moverme: para ello bailo sevillanas sola, que es un ejercicio fantástico y dedico un rato al día a ordenar los cajones, armarios, el frigorífico... Todo lo que se ponga por delante. Acabo de poner en orden el armario de los bolsos y he encontrado dos objetos que me han hecho sonreír y quererte contar sus historias.



Uno es un pañuelo blanco, pequeño, con un sencillo bordado que me dio una señora. Yo creo mucho en las personas y mi experiencia vital me dice que las buenas abundan más que las malas, aunque estas últimas brillen más por el daño que ocasionan a sus semejantes. Curiosa palabra: "semejante". Y es que todos somos iguales, todos nos ponemos enfermos y nos morimos. Da igual la condición social: la enfermedad no distingue de colores, ni de creencias, ni de posesiones.

Estaba yo en la parada del autobús, no me acuerdo qué año, pero sí sé que era primavera y que había olvidado mi mascarilla para protegerme del polen. No paraba de estornudar por mi alergia y el último pañuelo de papel no aguantaba más. Sin yo pedir nada, sin decir, nada, una señora que estaba en la parada con su marido se me acercó y me dio un pañuelito de tela.

"Quédatelo, lo acabo de coger limpio". Yo en un primer momento rehusé el ofrecimiento porque no era de papel. Podía ser un recuerdo, algo que ella bordó. Insistió tanto y vi que me lo decía de corazón, que le di las gracias y me lo quedé. Llegó mi autobús y me fui a casa y agradecí el vivir en un sitio en el que la solidaridad y la empatía no se han perdido; donde el otro cuenta y no nos posee el individualismo exacerbado.

También he encontrado mi viejo bolso verde de mil bolsillos. Es viejo por la edad que tiene y por todo lo que ha vivido conmigo, pero está impoluto, como si fuera nuevo. Lo curioso de todo esto es que es el bolso más barato que tengo, de tela impermeable. Me costó solo cinco euros hace miles de años.

Es perfecto para los viajes, con sus miles de cremalleras. Te permite compartimentar de todo: dinero, billetes de tren o avión, pastillas, galletitas, llaves, todo lo que se te ocurra... Y es que las cosas más útiles, las que te acompañan siempre, las que están ahí todo el tiempo, no son caras, no son de marca, no son la última moda... Son simplemente objetos que te hacen la vida más fácil. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que no pesa nada. Y ya sé que he puesto "miles de años" y "miles de cremalleras"... Pero es que a las personas que son de donde yo soy, nos encanta exagerar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

21/3/20

  • 21.3.20
Calles vacías, naranjos que lloran su soledad, una chica que anda por la calle con un nudo en el estómago y con ganas de llorar. Extraña su inocencia, su libertad sin culpa, su mente sin miedos, su vida adolescente inmortal. Suena esa canción que la lleva a aquel concierto, a aquel sentimiento de enamoramiento loco, aquel beso que duró una canción. Recuerda aquel tiempo en que el amor no tenía barreras, la caída era libre y sin red. No echa de menos a aquel chico de ojos verdes enormes que no supo amarla, o no pudo. No.



Quiere volver a ser ese yo libre, esa chica que suspiraba y escuchaba música en la noche abrazada a una almohada, mientras su mente se poblaba de mágicas historias. Siempre le ha costado vivir la realidad: ella prefiere soñar e imaginar sin límites; ella quiere ser la protagonista de los libros que piensa en escribir con sus pasos.

Olor a azahar perdido en la noche oscura, aroma de flores blancas que se desmayan sin remedio. Gente que no pasa, que no está, que no existe. Alguien a lo lejos con un carro lleno, pero no, no es uno de esos egoístas que han decido arrasar los supermercados. Es “solo” uno de esos indigentes que pasean con un carro recogiendo lo que otros tiraron como inservible.

La chica siempre piensa: “¿Cómo llegó esta persona a esa situación?”. Seguro que fue un niño risueño, un niño con ganas de vivir y con un futuro. No son invisibles, solo personas que se perdieron en el camino. Nos podía pasar a cualquiera. Muchas veces solo depende del lugar en que la cigüeña te deje, o de una pérdida dolorosa, o de un momento juvenil de búsqueda de identidad en el que se cruza la persona equivocada. Somos tan frágiles…

Me hago mayor, soy plenamente consciente de mi inmortalidad, todo me puede pasar… Soy muy sensible y quizá la soledad que me ha acompañado en esta noche perfecta para el paseo no ha respetado la puerta de mi casa y se ha colado mientras abría. No es la soledad brillante a la que muchas veces busco: ésta es fría, tan fría que rasga el cordón umbilical que me conecta con la realidad. Menos mal que te tengo a ti, que siempre me comprendes.

Bueno mañana será otro día. Lo bueno y lo malo pasan.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14/3/20

  • 14.3.20
Me toca estar confinada en mi casa unos días, sin poder salir, sin dar paseos, sin relacionarme apenas con nadie –mi compañera de piso está prácticamente viviendo en casa de su novia–. Mi mente activa no para de repetir: “¿Qué voy a hacer aquí todo el día?”. Porque una cosa es quedarse en casa porque una quiere y, otra muy distinta, hacerlo por obligación. Aunque ahora más que una obligación es un acto de generosidad y de responsabilidad hacia los demás.



Estos días anda un virus con corona desbocado, se mueve de manera silenciosa entre la gente, saltando de unos a otros y haciendo daño a los más débiles. No hay cuerda que lo atrape por ahora: solo nos queda no ser su vehículo, no dejar que nos utilice para propagarse y hacer daño a esas personas que tanto nos han querido y cuidado. Solo así podemos frenarlo.

Y claro está, una cosa es mi conciencia social, que es enorme, y otra hacer frente a la idea del aislamiento. Y por eso estoy aquí escribiendo. Porque cuando escribo veo más cosas, se abren otros caminos y los problemas pueden tener soluciones.

¿Qué hacer estos días aparte de estudiar? Creo que sería bueno tener una rutina, mezclada con ratitos para el descanso y el placer. Podría levantarme, desayunar tranquilamente escuchando algún programa de humor en la radio, quitarme el pijama y ponerme algo cómodo, pero sin renunciar a verme guapa en el espejo.

Unos pantalones y una camiseta bonita podría ser la solución. Recogerme el pelo, echarme mis cremas matutinas, un poquito de colonia fresquita y seleccionar una música que me acompañe en mis deberes sin trastocarme, podría ser James Taylor, Stacey Kent, Debussy o elegir una de esas listas del Spotify para la paz o la calma, con suave bossa nova o cantos tibetanos.

Sentarme, cerrar los ojos, hacer siete respiraciones profundas para parar un momento y empezar de cero, como un reseteo. Estudiar hasta las diez y media. Hacer un descanso para el desayuno de media mañana: bocadillito de jamón y una manzana, quizás acompañados de una infusión. Higiene bucal y vuelta a la tarea, sería bueno escoger de nuevo la música… Otra hora y media y paseíto por la casa, algún estiramiento o algún baile liberador de la tensión muscular. A las tres la comida y el reposo pos almuerzo.

Y ahora surge una pregunta de mi mente hacendosa: “¿Cómo rellenar la tarde?”. Y la voz inteligente responde: “¿Por qué hay que rellenar la tarde? ¿Por qué no hacer cosas agradables que te guste?”. Hablo de aquellas tardes en las que no tenga tareas pendientes.

Hace tiempo que tengo libros esperándome en cajones, estanterías o mesitas, que están allí despechados por el tiempo que dedico a las redes y a las tecnologías. Este sería un buen momento para volver a retomar nuestra amistad: Sé amable contigo misma, de Kristin Neff; cualquier  título de Chaves Nogales; El oficio de contar, de María Isabel Cintas Guillén o tantos otros que me han ido regalando y que mis amigas han ido escogiendo para mí como quien elige la flor perfecta para regalar. Me conocen y saben que dentro de mi eclecticismo hay unas pautas, unas luces que me gustan más que otras.

También andan por ahí películas y series interesantes, documentales, reportajes y tantas cosas grabadas por mí que he ido acumulando en baúl que, al final, con las prisas diarias, nunca abro. ¿Cuánto hace que no canto a grito “pelao”? No soy buena cantante, pero ponerte algún disco de Radio Futura y cantar hasta que me quede sin aire, me gusta. Y más que me gusta, me encanta.

Tampoco estaría mal abrir el cajón de los millones de recibos guardados y hacer un espulgo. En fin, que hay cosas que hacer. Que hacer y que disfrutar aquí en mi casa y siempre me quedan las conversaciones telefónicas y las videollamadas para conectar con otros humanos también confinados.

Me ha venido una sonrisa a la cara y es que me he acordado de lo que me decía una vecina de mi abuela cuando me quejaba de aburrimiento: “Hoy tenéis muchas tonterías, antes solo pensábamos en taparnos la boca y el culo”. ¡Qué razón tenía Mariana! Habiendo comida y estando vestida, ¿de qué te vas a quejar?

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7/3/20

  • 7.3.20
Mis creencias siempre han parecido inquebrantables e irrefutables. Los años me van dando la sabiduría que me permite concluir que mi tranquilidad iPad no llega si me agarro siempre a las mismas ideas preconcebidas. La familia y la escuela tratan de esculpirnos como estatuas de mármol y nos cuesta tiempo descubrir que somos solo barro húmedo perfectamente amoldable a las circunstancias. No se trata de ser plastilina. No somos una mera sustancia que puede cambiar su forma porque otros la toquen o por los golpes de la vida.



Creo que existe algo que podríamos llamar "esencia", que nos acompaña durante todo nuestro paso por este mundo. Hay cualidades innatas, no hablo de eso. Yo lo que quiero decirte es que esas ideas rígidas, cuadradas y con bordes fijos no me ayudan a caminar.

Me he plantado en los treinta y tantos con un catálogo de “debería ser” que me impide avanzar. Ni la amistad ni el amor son “como deberían ser”. ¿Quién ha escrito el libro de la verdad inamovible? He visto cómo en estos años se me han caído mitos; cómo he ido aprendiendo a que no siempre reacciono en función del modelo perfecto que me hecho de mí misma. Un modelo que me esclaviza y me impide respirar.

No soy perfecta, ni santa, ni servil, ni modosita, ni poseo ninguna de esas características que, según las monjas, deberíamos tener para ser “buenas mujeres”. Soy humana, con subidas y bajadas, con carácter, con gritos contra las injusticias y los favoritismos. Yo siempre me identifiqué con el personaje de Robert de Niro en la película La Misión: para ayudar al prójimo, a veces, hay que luchar.

Pero he ido engrasando mis rigideces y trato de aceptar que la vida no es justa, y que no pasa nada. No todos los días lo consigo, pero trato de aplicarme el lema: “¿Quieres ser feliz o tener razón?”. Yo ahora quiero ser feliz porque sé que no se puede convencer a una mente cerrada y porque nadie va a cambiar por unas palabras. Voy conociendo las guerras en las que voy a perder.

De nuevo quiero ser una palmera alta y bien agarrada que se mueve con el viento, sin resistirse en ningún momento. Como diría un maestro zen: “Abrazar lo inevitable”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

29/2/20

  • 29.2.20
Hoy me levantado sin ganas de dejar el sueño que me ha acompañado, no sé si un tramo o toda la noche: era tan bonito y tan real… He soñado que en este país que llamamos "España" se apostaba por la educación y la investigación. Era maravilloso ver cómo los conocimientos y la creatividad de los científicos españoles hacían que nuestra economía creciera sin ningún límite.



Dejábamos de ser el asilo de Europa. Y digo lo de "asilo" sin ofender, lo que ocurre es que no podemos depender del sol y de la climatología para que haya actividad. En mis sueños se implantaba la energía solar y eólica en cada rincón de este país lleno de gente buena y variada. Y las placas solares y los molinos se fabricaban aquí, con nuestros diseños y sin depender de fuera para nada.

Nuestras mentes brillantes no tenían que irse a otros países o continentes para poder descubrir todo aquello que sus cerebros imaginan. Se estudiaba cada región y se hablaba con su gente para saber y encontrar qué actividad económica podría implantarse para evitar que la gente dejase la tierra de sus ancestros sin quererlo.

Encontrábamos curas para enfermedades; descubríamos nuevos métodos para que la gente no sufra. También avanzábamos en agricultura, se fomentaba la unión de los agricultores para que su sustento no dependiese de intermediarios nacionales o extranjeros que se quedan con la plusvalía de su sudor.

Había titulaciones especiales para dar a conocer nuestro patrimonio, que es extenso e interesante. Había muchos lugares que dejaban de ser desconocidos, ya que las infraestructuras permitían llegar a todos sitios. Se investigaba en transporte rápido y accesible para la ciudadanía, no solo para personas con limitaciones físicas, sino también accesibles desde el punto de vista económico. Cada parte del territorio tenía acceso a Internet y se creaban miles de empresas en la Red para ofrecer de todo.

He empezado hablándote de mi sueño nocturno para continuar soñando despierta sobre cómo sería nuestra tierra con una apuesta fuerte por la educación y por la investigación y el desarrollo, sin dejar nunca atrás la innovación. Lo peor es que todo esto es posible. Pero nadie lo ve.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

15/2/20

  • 15.2.20
Me siento alegre cuando duermo bien; cuando me levanto y la realidad no pesa; cuando los árboles vuelven a ser tridimensionales y la naturaleza se abre paso entre las tinieblas de mi mente haciéndome ver que solo eran malos pensamientos. Pensamientos que me atrapan y me meten en un agujero excavado en una tierra oscura.



Me siento alegre cuando me levanto con ganas de caminar, de hablar, de ser yo misma sin hipotéticos escenarios tenebrosos. Es la alegría de vivir, de contemplar todo sin deseos u objetivos: hablar con la gente, ver pasar el río, contemplar las nubes sin prisas y carreras. Todo se para y todo tiene sentido.

Estudiar tanto y relacionarme poco a veces me vuelve demasiado introspectiva. Nadie que no haya estudiado unas oposiciones no sabe lo duro que es vivir por páginas y con un fin que nunca llega. La mente solo se centra en estudiar para aprobar y lo demás no existe. Pero a veces me pregunto: "¿Qué pasaría, Marta, si mañana desapareces? ¿Para qué estudias? Es el yin y el yang de mi existencia: el ahora o el futuro.

Pero es que si solo vivo el ahora, ¿cómo llego a tener un un futuro, una estabilidad? El equilibrio entre planificar y no desperdiciar el momento presente me vuelve loca a ratos. Sé que tengo que mirar al horizonte y soltar este agarre que tengo de querer estar en todas partes y controlar todos mis sentimientos. Me encanta cuando confío en la vida y me dejo llevar, cuando me veo como un ser humano que no controla nada. Ahí me inundo de alegría porque esa sí que es la realidad, la de verdad.

Se acerca la fecha del examen y encontrar la calma en la centrifugadora de mi cabeza es difícil, pero mi esencia siempre busca la paz, la tranquilidad que te deja quietos los pensamientos y solo te quedan los sentidos para percibir los cambios de todo lo que te rodea. El camino es abrupto pero estoy segura de que mi mente alegre encontrará el sendero que lleva al abandono y a esa deseada calma.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


8/2/20

  • 8.2.20
Esta vez todo ha empezado de madrugada. He sentido cómo unos colmillos azules de hielo se clavaban en mi tobillo haciendo que mi cuerpo desapareciera, convirtiéndome en un pellejo asolado por el que el dolor no solo corría, sino que también se había hecho dueño y señor del terreno. Yo luchaba para despegarlo de mí, intentaba correr, pero sus dientes no me dejaban. Había caído en su cepo.



Anduve por mi casa como una loca hasta que fui consciente de que en esta batalla iba a necesitar refuerzos. Esta no era la batalla con las hormigas. A esas las conocía, llevan tiempo que suben y bajan por mi pierna dejando pequeñas huellas frías a su paso.

Necesité dos aliados: una pastilla y un libro. Mientras la primera hacia su efecto, el segundo me contaba historias y me pedía que no pensara en el hielo, que solo su historia era real, la del dolor era ficticia. Pasó más de una hora hasta que pudimos abrirles las fauces al lobo.

Llevo un mes en el que los mordiscos vienen y van, haciendo que mis contornos se difuminen. La ansiedad se apodera de mi mente a ratos y solo me queda esperar, confiando que las energías del universo se muevan a mi favor y mi cuerpo encuentre el camino al equilibro.

Esto lo escribí hace un tiempo, una noche negra en la que mi pierna sufría y yo con ella. Ahora llevo unos días perdida en pensamientos oscuros que tiran de cada parte de mi cuerpo, queriendo partirme. Desde que descarrilé con el estrés hace un tiempo, siempre ando por el alambre intentando no caerme, pero mi vida no es plana, y en las subidas y bajadas a veces tropiezo y caigo en un agujero donde solo se oyen las voces de los "deberías".

Hay periodos en los que aguanto, pero otras veces caigo agotada por no llegar, por no conseguirlo todo, por no ser perfecta. Sé que esa tiranía no me hace bien. De hecho, me consume toda mi energía. Pero es que no sé cómo parar esas voces, cómo encontrar esa quietud y esa paz que tanto ansío. O conseguir que griten sin que me movilicen y agoten. No es fácil...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

1/2/20

  • 1.2.20
¿El mundo sería mejor si todos fuéramos malas personas y estuviéramos todo el tiempo a la defensiva y atacando? Seguro que no. Es mejor ser tonta. Tonta por no saltar ante una ofensa; tonta por no pagar con la misma moneda el desprecio; por seguir siendo buena ante gente tóxica.



Llega una edad en la que lo mejor es ser una misma. No renunciar a ser agradable, para que no se te agríe el carácter y convertirnos en seres detestables. Es muy necesario renunciar a palmaditas en la espalda o a que sean capaces de ver tu buen corazón.

No se trata de poner la otra mejilla, sino de no ponerse a la misma altura que determina la gente. Es mejor callar y alejarse. El que calla no otorga: el que calla es más inteligente.

Hay personas sin educación, prepotentes, sin una pizquita de empatía, que van por el mundo embistiendo y lo que más le gusta es que alguien les diga algo para encender más su ira. Si aprendes a detectarlas y decides no ser el pasto de su hoguera, habrás escapado de una tormenta de negatividad que te habría absorbido la energía vital que tanto necesitas para el día día. No podemos permitirnos perder un ápice de esa frágil energía con esa gente que se alimenta de la bronca y de la rabia.

Por eso te digo que no has sido tonta, has sido simplemente fiel a ti misma y has controlado el lobo interior que quería pegarle un bocado a esa mujer insensible a la que le has hecho millones de favores, favores que nunca ha valorado y que sigue pidiéndote.

Elegir entre tener razón o ser feliz es muy importante para la calma, para no perderse en iras ajenas. Da igual lo que hagas, nunca será suficiente, cuando alguien se cree el centro de todos los universos y los demás no existen o son simples piedras que pisar en el camino hacia la satisfacción de sus deseos.

¿Para qué responder? Si en su mente la autocrítica no tiene cabida. Es como un burro con orejeras. Cuesta mucho darse cuenta de esto y solo se consigue cuando renuncias a la lógica y observas que son solo trozos de carne bautizada que no van a cambiar jamás.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

25/1/20

  • 25.1.20
Está feliz con su trabajo, con su familia y con su libertad. Nos encontramos ayer por la calle de casualidad. Hacía años que no nos veíamos. No recuerdo si después del internado coincidimos alguna vez en algún sitio. Por supuesto, ninguna de las dos fuimos a ninguna fiesta de aniversario de la promoción.



El clima era tan rancio en aquel lugar aséptico y frío que lo último que queríamos era revivir un segundo aquellos años. Ahora nos podemos reír, pero entonces todo era llanto. Lejos de la familia, tan solas y con unas monjas que no conocían el cariño.

Yo nunca habría sacado el tema, pero ella empezó a hablar de sor Isabel. Aquella mujer amargada que le cogió manía desde el principio: todos los dardos iban contra una niña de familia bien que había perdido a sus padres en un accidente. "Tú nunca vas a llegar a nada, eres una inútil y no sirves para estudiar", le repetía constantemente.

¡Qué daño hace la infelicidad de algunas personas! Como siempre digo: la gente feliz no se dedica a molestar. Ella se hacía engullir por el pupitre, quería desaparecer... Para mí, aquellas palabras eran hachazos en mi sensibilidad, que empatizaba con aquella niña triste que trataba simplemente de sobrevivir.

Fueron muchos los martillazos en su autoestima, tantos que lo fácil hubiera sido creer sus hirientes palabras y dejarse llevar por cualquier sustancia que le hiciera olvidar. Aquella niña solo era tímida, pero dentro tenía la suficiente fuerza como para seguir. Salió del infierno y se fue a estudiar a una universidad pública, se independizó de aquella familia que no entendió que lo mejor para una criatura huérfana no era un sitio rígido y sin amor.

Ahora es profesora en un instituto público, donde imparte clases de Economía, que fue lo que estudió. Conoció a un buen chico y ahora tiene la familia que siempre quiso, unida y amorosa. Y lo mejor es que ha perdonado a aquella monja agria que era una infeliz y que tenía una vida que no deseaba. Ahora mi compañera es libre y feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

18/1/20

  • 18.1.20
Alma está malita, tiene bronquiolitis. Es tan pequeñita, tan linda y dulce, que te parte el alma ver sus grandes ojos apagadizos, las medias lunas moradas que se dibujan debajo de sus largas pestañas y que tanto contrastan con su delicada piel blanca.



Sigue observando y escrutando todo pero sin esa vivacidad que la caracteriza. Sus párpados le pesan, los cierra e inmediatamente los abre por el estornudo que ha expulsado el chupe de su boquita rosa. Es precioso ver el desarrollo de un ser humano: antes mantenía siempre los puños cerrados y ahora utiliza sus manitas para volver a ponerse el chupe. Sus padres al principio no querían que lo utilizara y ahora están contentos de que tenga algo que calme su malestar.

Si la llamas por su nombre te mira, ya conoce su nombre. Cada día es una aventura nueva, un momento de aprendizaje. Pero hoy si la llamas te busca, dibuja una pequeña sonrisa y después se viene abajo por el esfuerzo.

Los moquitos vienen y van por su pequeña naricita, haciendo que le cueste respirar. Es tan chica... La cojo para abrazarla y decirle que siempre la voy a querer y proteger. Le hago una cuna con mis brazos y ella me mira con ese azul intenso, hoy levemente apagado. Se va sintiendo querida y segura, mientras se sumerge en un sueño reparador y sus pestañas dan sus últimos aleteos.

El corazón se me deshace con esa mirada de “estoy malita; por favor, cuida de mí”. Es muy buena, solo gime de vez en cuando para hacernos saber que no se encuentra bien. Todos lo sabemos porque su vitalidad y alegría contagiosa están hoy dormidas.

¡Cómo se puede querer tanto a esta muñequita! Ahora entiendo cuando mis amigas hablaban de que cuando tienes un hijo no quieres ni que le roce el aire. Yo no la he parido, pero me he convertido en una de sus guardianas: es tan fuerte lo que me remueve el corazón su fragilidad...

Sobre ella estaría todo el día hablando en diminutivos, con miles de adjetivos cursis y delicados y es que ella es la reina, no la princesa, de nuestros corazones, de todos aquellos que la miramos y contemplamos sus progresos. Con su sonrisa se te olvidan las malas noticias y este mundo se convierte en un sitio precioso donde siguen naciendo niños y niñas para que sigamos descubriendo que el amor y la bondad existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11/1/20

  • 11.1.20
Siempre hemos oído eso de que la fe mueve montañas y yo creo que es cierto. Se puede tener fe en miles de cosas: en uno mismo, en dios, en una piedra de la suerte, en un ritual, en una persona… Y todo es bueno si nos hace más humanos, nos ayuda a encarar nuestro día día con mejor cara, o nos ayuda a soportar con más fuerza el sufrimiento, que no es más que una de las muchas caras que tiene esta bendita vida.



Para ella, creer en Dios es tan necesario como respirar, cuando la enfermedad le aprieta, dejándola sin fuerzas y repleta de dolor, ella mira hacia arriba en su iglesia y siente que hay alguien que la cuida y la ayuda a caminar, ya sea en esta vida terrenal o en otra que pudiera existir. Rezar es un consuelo, una compañía en el duro páramo del dolor físico.

Para ella, llevar su colgante con su amuleto le permite moverse mejor entre la gente. Ese símbolo ahuyenta el peligro y atrae la dicha. Todo va bien si el Ommm la acompaña.

Para ella, comenzar el día siempre de la misma manera, con sus rituales cotidianos le da seguridad, le muestra un camino fácil en el cambio continuo de la existencia. La prepara para comenzar a marchar.
Hay miles de ellas y ellos, con sus piedras angulares que les protegen o ayudan. Todos dignos de respeto. Al fin y al cabo no somos más que transeúntes que se mueven sobre una bola que flota en un universo enorme, sin seguridad de ningún tipo.

Frágiles somos o así nos hicieron, con un puñado de horas para respirar el aire de esta tierra. Nada más. Y en ese andar a ciegas, a tientas, cualquier atisbo de fortaleza, de roca estable, nos puede ayudar a sentirnos por un momento dueños de nuestro destino. Cada uno lo hace lo mejor que puede...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4/1/20

  • 4.1.20
Los años veinte del siglo pasado fueron alegres pero, al final, terminaron con una gran crisis mundial que preparó el camino hacia la Segunda Guerra Mundial. Los excesos no son buenos: ni tirar el dinero por la ventana, ni malvivir por no gastar.



Si me quedo con lo bueno, fueron años en los que las mujeres cobraron visibilidad, adquirieron derechos y se deshicieron del corsé y de todo aquello que les apretara el cuerpo. Ellas pudieron pensar que todo estaba hecho, que la libertad estaba ya conseguida, pero vendrían años posteriores en los que el largo de la falda volvería a aumentar y, con él, llegarían los retrocesos y las rejas en el hogar. Sobre todo en nuestro país.

Aunque sé que la década empezará con el 2021, deseo desde hoy que estos años veinte del siglo XXI traigan menos hambre, más calma en los corazones, más fraternidad, más justicia social, una educación igualitaria que haga felices a hombres y mujeres. Se necesita una mirada común que haga que nuestra casa esté bien. Y nuestra casa no es más que este bonito planeta azul en el que vivimos con miles de especies, que dan diversidad y colorido a la vida.

Una raza: la humana, tratando de convivir, de respetar, de admirar y de querer todo aquello que nos rodea. Crezco y sigo siendo aquella niña pequeña que quería felicidad y amor para todo el mundo. Mi sensibilidad me impide cerrar los ojos al sufrimiento humano, a la desigualdad, a la injusticia, al egoísmo de unos pocos.

Podría ser tan fácil... Cada uno con una casa, con un trabajo digno, con comida para el día día y ropa que cubra el cuerpo para abrigarlo. Observar la naturaleza, sentir los cambios de estaciones en la piel, verlo todo como un regalo: una mariposa, un río que se pierde, la luz que se filtra por el cristal descubriendo un mundo microscópico, la vuelta de las golondrinas, cielos cambiantes, nacimientos, despedidas, días que se atraviesan con la lentitud con la que cae una hoja...

Mirar con los ojos de un niño o una niña: eso es lo que yo pido para estos veinte...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

28/12/19

  • 28.12.19
Sería genial que desde pequeños nos educaran para que viéramos a todas las personas normales, sin miradas lastimeras, ni condescendencia. Sin risas de superioridad, sin hacer daño... Cuatro ojos, mariquita, marimacho, cojo, lisiado, cegato, dumbo, bizco, jorobado, pava, tonto, retrasado... Todos estos insultos no nacen con nosotros, no vienen en nuestro ADN. De hecho, los niños pequeños no ven diferencias: todos son sus amigos. El problema es cuando los adultos los van aleccionando para que se rían del otro porque es diferente.



¿Existe la normalidad? ¿No es normal ser diferente? Si existe un Dios que nos hizo a su imagen y semejanza, ¿no somos todos dignos de amor y respeto? Los olmos no echan peras, ni lo necesitan: dan sombra, oxígeno y belleza al paisaje. Cada uno de nosotros nace con un don especial. El problema viene cuando nos aplastan las palabras ajenas y no nos dejan ser lo que estamos llamados a ser. Y, lo que es peor, nos impiden encontrar el regalo que nos viene dado.

Para ser feliz no hay que tener las dos piernas, los dos ojos, los dos brazos, ni un cuerpo perfecto. La clave la encontré escuchando a uno de los protagonistas de la película Campeones, Jesús, que tiene problemas de visión: "Me han querido mucho". El amor a nuestra imperfección, a esa imperfección que todos traemos de serie, es lo que nos hace abrirnos y florecer, es nuestra agua de mayo.

Si desde pequeños todos somos queridos y aceptados, somos parte de una normalidad que nos es sinónimo de ser todos clones iguales, el resultado es una sociedad menos dividida, más feliz y menos crispada.

Cerca de mi casa hay un pequeño campo de fútbol donde, el otro dí,a dos padres se peleaban ante la mirada atónita de sus pequeños hijos. Se decían de todo, se insultaban, amenazaban y querían hacer valer la superioridad del otro. Eran dos bestias a las que les daban igual sus hijos.

Lo primero, porque los dejaron desatendidos mientras daban rienda suelta a su ira y, lo segundo, porque les estaban enseñando a aquellas pequeñas criaturas que los sábados no eran días para divertirse jugando al fútbol sino para seguir compitiendo y ser el mejor, aunque hubiese que pisotear a alguien. ¡Qué pena!

Hay gente que es buena jugando al fútbol, otros lo son pintando, resolviendo problemas de matemáticas o cantando. Y todos son necesarios y todos caben en este paraguas gigante que es el mundo. El que se crea superior que se vaya solo al desierto, que reflexione allí, bajo el sol y el frío y que nos deje al resto ser felices siendo imperfectos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

14/12/19

  • 14.12.19
La Real Academia Española, esa que "limpia, fija y da esplendor", define el término feminismo como "principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre". Hoy en día, en el momento de la posverdad –es decir, de las noticias falsas sin ningún tipo de contraste– hay mucha incultura. Hay muchas mujeres y hombres que utilizan las palabras "feminismo" o "feminista" como un insulto, como algo radical.



El feminismo nace porque no hay igualdad real entre hombres y mujeres, porque aún no tienen los mismos derechos, porque hay mucha creencia de la superioridad del humano macho sobre el femenino; porque aún hay gente que se empeña en dividir los roles como si los hombres fueran iguales por su lado y las mujeres fuéramos todas iguales también. Cada ser humano tiene un ADN diferente y esto es suficiente para que no se generalice, porque "somos únicos e irrebatibles" cada uno de nosotros.

Hay mujeres con fortaleza física; hay hombres que no la tienen. Hay hombres sensibles y mujeres insensibles. Existe solo la persona. Cada uno de nosotros tiene unos gustos, unos deseos, unas aspiraciones y unas fortalezas.

Una mujer puede ser militar, policía, bombera, minera, jefa, presidenta o lo que desee. Un hombre puede ser comadrón, profesor de guardería, peluquero de señoras, asistente social, limpiador, bailarín de danza clásica y todo lo que él quiera. La frontera entre lo masculino y lo femenino ha hecho mucho daño.

Un hombre heterosexual puede llorar viendo películas románticas y un hombre homosexual puede ser boxeador. Una mujer puede ser árbitro sin ser lesbiana y una mujer que ama a otra mujer puede ser modelo, diseñadora, ser lo que se cataloga como "muy femenina" o reina de la fiesta. No hay nada genuinamente masculino o femenino. Todo se mezcla y todos tenemos una parte de cada lado. Y ninguna es mejor o peor.

Cuando se habla de "machismo" no se habla de un antónimo, no es "lo contrario". Para la RAE es "actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres", es decir, una creencia de que el hombre es superior a las mujeres, mientras que el feminismo no cree que la mujer sea superior a nadie.

Otra falsa creencia es que el machismo está en la mente de los hombres: nada más lejos de la realidad. El machismo se perpetúa porque hay muchas mujeres machistas. Mujeres que educan a hijos e hijas de distinta manera. La niña hace cosas de la casa, el niño no.

Mujeres que tienen miedo a elegir por sí mismas y creen que todas las mujeres necesitamos un varón, sea tu padre o tu marido, para que nos guíe y nos diga qué hacer, para que nos salve –no sabemos de qué–. Esas son las que más critican a las que queremos una pareja en igualdad, donde ambos trabajemos, cocinemos, nos cuidemos y tiremos del otro en los bajos momentos sin sentirnos mal por ello.

Por otro lado, hay hombres feministas, hombres que creen en la igualdad sin importar cuál sea su tendencia sexual. Hombres que han luchado con nosotras para que podamos votar, para que seamos capaces de firmar contratos –hasta 1981 no lo fuimos– , para que elijamos qué estudiar y cuál va a ser nuestra profesión. Hombres que nos quieren para remar juntos por el río de la vida.

Dejen ya de creerse que insultan con la palabra "feminista". No nos insulta ni a hombres, ni a mujeres. Y lo mejor de todo es que todos los derechos que consigamos serán para todas las mujeres, aunque haya algunas que sean machistas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7/12/19

  • 7.12.19
Una cosa es ver las noticias o un reportaje de violencia de género y otra muy distinta es verlo en vivo y en directo. El jueves, saliendo de la parada del metro, había una chica sentada en el último tramo de escaleras, al lado de la puerta de hierro que cierran cuando el metro deja de funcionar. No creo que llegara a tener ni 20 años. Rubia, delgadita y esperando.



Llegó el que sería su novio o pareja y ella le comentó algo, quizá de una infidelidad, y él empezó a subir la voz mientras le cogía con las manos la cara. "¿Quién te ha dicho eso? Dime quién", gritaba. Ella le contestó que se lo había dicho todo el mundo. "Eso es mentira", le espetó mientras se ponía de pie y su cara se ponía roja de ira.

Empecé a asustarme porque, observándolo, se podía ver que habría tomado algo y que no era el tipo de persona que sabe controlarse. Y mi intuición no me falló. Empezó a dar golpes contra los barrotes de hierro de la puerta. Los golpeaba con el puño, con una fuerza descomunal. La miraba con cara de "te voy a matar". "Hoy termino yo detenido", dijo amenazante.

Ella se iba encogiendo por momentos, tratando de ser invisible para que el siguiente golpe no fuera contra su cara. El sujeto tendría más o menos la edad de ella.

Yo iba sola, cansada de todo el día y justo cuando pisé el escalón en el que ella estaba sentada, él se dirigía hacia ella con la mano levantada y con los ojos inyectados de furia. Yo quería subir para poder llamar a la Policía, porque mi constitución física no da para enfrentarme con esa clase de bichos. Casi llegaba a salir del todo, a huir de aquel túnel del terror, cuando oí: "¿Por qué le pegas? Si él no estaba haciendo nada...". No podía dar crédito.

Estoy segura de que alguna de las personas que estaban fuera y escucharon los gritos avisaron a la Policía y allí estaban dos agentes tratando de impedir que el energúmeno dejara de gritar a la chica y de pegar a la puerta. Y ella, que se había hecho una bolita para protegerse, se ponía ahora de pie para defender a su novio e increpaba a los policías para que dejaran de agarrarlo.

Los policías la defendían y ella había perdido la autoestima y solo quería que no le hicieran nada al que hacía unos segundos no la había golpeado porque había gente observándolos. Me puse muy triste. Los agentes se lo llevaron y ella los seguía, defendiéndolo lo indefendible.

Me puse triste porque estamos en el siglo XXI, porque han muerto muchas hermanas para que la mujer pueda emanciparse, para que pueda elegir, para que sea libre y comparta su vida con alguien que la quiera y respete.

Sigue fallando la educación, sigue fallando el sistema. A él nadie le ha dicho cómo debe tratar a un ser humano, da igual del sexo que sea. Nadie le ha enseñado lo que es amar y compartir tu vida. Seguramente es lo que ve en su casa.

Y ella, la pobre, cree que los hombres tienen que gritar, golpear, hacerse los gallitos para ser masculinos. No le han dicho que la hombría no está peleada con el respeto, la sensibilidad y la educación. Tiene una imagen totalmente distorsionada de lo que es amar y que te amen.

Amar empieza por amarse. ¿No dice la Biblia "ama al prójimo como a ti mismo"? Quererse y valorarse como persona, sin ser más o menos que nadie, verse como un ser digno de respeto y amor, como todos lo somos. Tan joven y sin verse. Me dieron ganas de decirle algo, pero ella ya se había ido persiguiendo a los policías que la defendían de ella misma...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

30/11/19

  • 30.11.19
Viendo fotos antiguas de viajes me doy cuenta de cómo ha cambiado. Antes veía tres días juntos y ya estaba buscando una escapada fuera de España con un billete de bajo coste. Todo mi afán era conocer nuevos sitios, moverme, visitar. No me daba pereza nada: daba igual estar todo el día caminando y volver a casa a última hora, aunque al día siguiente tuviera que regresar.



Ahora necesito otras cosas, bueno mejor dicho, una sola: descansar. Entre mis horas de estudio para las oposiciones, que ya están cerca, y mi trabajillos para sobrevivir, cuando me puedo tomar algo de tiempo libre, me gusta dormir, leer en la cama, escuchar jazz... En definitiva, no salir ni a la puerta de mi casa.

Hoy es uno de esos días. Mi compañera de piso se ha ido de fin de semana con su novia y yo he decidido tener un día para mí, para parar y coger fuerzas para la carrera final antes del examen. Lo necesitaba. El atropello que a veces es mi vida no me deja respirar, ni pensar, ni verme. Me maquillo en el espejo casi siempre sin verme y hay días que el rubor de mis mejillas se convierte en dos círculos rosas y no soy consciente de ello hasta que alguien me dice que parezco una Heidi.

Estoy aquí en la camita, me acabo de tomar la leche con galletas y me dispongo a retomar mi libro de Almudena Grandes. Lo he leído miles de veces y aún me sigue emocionando, enseñando y maravillando por la gran historia que esa periodista creó sin dejar ningún hilo suelto. Todo se entrelaza, cobra sentido, y miles de cabos forman una telaraña perfecta.

La primera vez que leí El corazón helado, además de quedarme horas sin dormir porque me había atrapado, me obligó a leerlo una segunda vez de corrido porque no quería salir de su mundo, porque quería buscar otras posibilidades dentro de la guerra civil.

Esta mañana solo pienso hojearlo, buscar al protagonista hasta quedarme de nuevo dormida. Uno de los grandes placeres de la vida para mí es desayunar y volver a dormirme, disolverme, ser sal en el mar o azucarillo en una café caliente.

Hace frío en la calle, mi habitación se ilumina de vez en cuando, cuando el sol consigue asomarse entre las nubes grises que hoy cubren la ciudad. Mi edredón calentito me protege y prepara mi cuerpo para el segundo sueño, lo va llenando de un calor adormecedor. No quiero estar en otro sitio, no quiero salir, mi habitación es mi reino, la isla de la que habla Miguel Bosé que se llama Libertad.

Mis ojos empiezan a desfallecer y te tengo que dejar, querido diario. Este momento es mágico y la magia dura poco. Tengo que sumergirme en este estado de paz y tranquilidad tan difícil a veces de alcanzar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

23/11/19

  • 23.11.19
El amor es dejar ser al otro lo que es, ya sea tu hijo, tu pareja o un amigo. Aceptarlo y quererlo con su esencia y ayudarle a crecer, a convertirse en lo que ha venido a ser. Dentro de nosotros hay una voz saboteadora que, con más o menos mala intención, no nos deja disfrutar plenamente de la vida.



Quizás sea obra de la evolución y nos quiere proteger a toda costa, o nos quiere poner en aviso de que los días de sol y los nublados son caras de una misma moneda. A esta voz hay que escucharla lo justo y, si se puede, llevarla al final de un pasillo donde sus palabras se desdibujen en la lejanía.

El problema viene cuando a la autocrítica interna se une la externa; cuando lo que te rodea no te ve, no exige sin miramientos y prende en llamas la distancia que recorre el pasillo, haciendo que la voz dañina te posea y sea la única sintonía de tu día a día. De esa gente hay que huir como de la peste.

Para mí, la amistad siempre ha sido un espacio de libertad, un paraíso donde poder expresarme, ser yo sin interpretaciones y donde sentirme querida por lo que soy. En estos años que llevo andando sobre La Tierra, he tenido que desprenderme de algunos falsos amigos, sobre todo de aquellos que solo quieren tu alegría y huyen de tu dolor; y también de aquellos otros que te usan de basurero emocional continuamente. Son esas personas que practican el “yoísmo”, a las que solo les gusta hablar de ellas mismas y que nunca enfocan su mirada en el otro para ver cómo está, cómo se siente o qué anhela.

Tengo la suerte de tener buenos amigos: son el resultado de una vida, de sentirme acompañada en el sendero. Hemos vivido lo bueno y lo malo y siempre hemos estado ahí para apoyarnos. Hemos sido felices con las buenaventuras del otro y hemos empatizado con el dolor cuando éste se ha cruzado en el camino.

Es maravilloso saber que hay gente que te quiere tal y como eres y es precioso querer sin tapujos y decirlo. Todos mis amigos de verdad cuentan con un gran corazón: son, lo que se dice, buenas personas, buena gente que quiere un mundo mejor, un mundo donde nadie sufra, una tierra llena de amor.

¡Qué afortunada soy! Teniéndolos al lado, me sobran las cosas materiales. Y es que, como dice la sevillana: “Eso de ser buena gente no se paga con dinero”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

16/11/19

  • 16.11.19
La elegancia, la clase, las buenas maneras, el saber estar, en definitiva, la educación y la ética, no se adquieren con dinero, ni lo da un barrio de abolengo, ni un colegio privado. Nace de un bonito corazón que empatice con el otro, que es capaz de demostrar ternura sin ningún tipo de complejo.



Así es Rafa. Rafa es guapo porque su bondad traspasa su piel. Es verdad que los trajes de corte italiano le quedan muy bien y su percha todo lo luce. También se ocupa él de estar en forma corriendo, nadando o con la bici. Siempre tiene una palabra amable para todo el mundo, un abrazo, besos cariñosos y una alegría contagiosa.

Él es un vividor en la acepción sana de la palabra. Le gusta vivir, disfrutar, conocer, viajar, leer, descubrir, el mar, lo lejano y le gusta mucho su rubia. Su compañera de viajes y, lo más importante, su compañera de vida.

Se enamoraron siendo casi niños y, desde entonces, se cuidan, se quieren y comparten pasiones. Su padre le dejó miles de recuerdos de tardes de fútbol, viendo, disfrutando y sufriendo por su Sevilla de su alma. Cuando habla de él, el amor se le desborda y un reflejo acuoso acude a sus bonitos ojos verde aceituna.

Enamorado de la vida, de su mujer, de su sobrino y de su familia. Si el día se nubla y el frío llega, ahí está él con una sonrisa y una de sus frases ingeniosas para sacarte una sonrisa o darte un abrazo de esos que te hacen creer en la buena gente. Rafa es luz, caballerosidad y ternura.

Se crió y creció en un barrio humilde, trabajador, donde uno aprendía a volar solo o con amigos; donde no había mucho dinero, donde la escasez se compensaba con ingenio e imaginación. Los niños jugaban en la calle e inventaban juegos donde existía el compañerismo. Podría uno querer o encontrar una o varias razones de por qué él es como es.

Ni la dirección postal, ni el colegio condicionan. Cuando uno nace con el don de la elegancia, que cubre un corazón grande y bueno... Todo lo demás, sobra.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

9/11/19

  • 9.11.19
Es preocupante que la ciudadanía acepte que los representantes públicos roben y vayan a lo suyo. Es preocupante que haya gente que se decante por partidos anticonstitucionalistas que solo quieren coartar la libertad del otro, del que no piensa como ellos. España es una democracia joven que aún no entiende que pueden caber bajo su nombre distintas ideas y sentimientos que han de ser respetados. Respetar lo tuyo y lo mío.



Sigue habiendo mucha gente que quiere que todos seamos iguales y no lo somos. Cada uno de nosotros tiene un ADN distinto y una historia vital diferente. Es frustrante ver cómo la clase política habla de recortes y de desaparición de las pensiones mientras ellos roban dinero público sin pudor y sin que les remuerda la conciencia.

La adoración al becerro de oro les ciega y no nos ven. Algunos dicen ser cristianos pero no les duele el dolor del prójimo. Porque el prójimo sufre porque no tiene recursos para subsistir, porque no tiene trabajo o un techo en el que cobijarse. Y muchos de ellos vienen de la clase baja trabajadora que, de un día para otro, perdió su sustento porque el sistema prefiere sueldos más bajos en países pobres o robots que no sienten.

Votamos a opciones vacías, a programas que no existen o no se cumplen porque mentir ya no es pecado. La derecha arrincona a una mujer preparada para poner a un hombre que tardó mil años en sacar una carrera fácil. Se prefiere al muñeco de trapo que a la abogada del Estado.

La izquierda no aprendió nada de la guerra y vive en sus compartimentos estancos llenos de barreras. Pelean como gallos y, mientras, los que creen en ellos, los que quieren un mundo más justo, miran desde abajo sin entender por qué no los ven. Personas que son números y no carne y hueso.

Un partido que se erigió en estandarte de la limpieza, que quería ser la mano dura contra la corrupción, que parecía un soplo fresco y resultó ser humo negro. Del naranja al negro. Y ante el caos reinante empiezan a surgir esos partidos nacionalistas, esos que siempre provocan guerras sin sentido bajo una bandera que llora porque no quiere que la usen como arma.

Debates políticos sin propuestas políticas, pantomimas que se ríen de nosotros. Faltas de respeto como en el peor amarillismo; egos inflados y ausencia de puentes para hacer un país mejor. España ni es un nombre, ni un escudo ni una bandera. España son millones de personas que quieren vivir en paz, que quieren comer todos los días, tener un trabajo y tomarse una cervecita los fines de semana con sus amigos. El español es dócil, a veces demasiado, pero si está contento, si tiene lo necesario, no se echa a la calle a pegarse con nadie. No ve al enemigo en el vecino.

Quiero políticos que unan y no dividan, que piensan en todos, que busquen la estabilidad social y que no se crean nada, salvo unos simples servidores de la ciudadanía que es quien les paga. Volveré a votar con el corazón y la cabeza esperando que la sociedad mejore, que la gente sufra menos y que las posibilidades sean iguales para todos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

2/11/19

  • 2.11.19
Me da pena, mucha pena, cuando veo a la gente joven utilizando palabras en inglés. Cuando veo cómo se ha generalizado este idioma anglosajón en nuestro país. De mis viajes por Europa siempre volvía orgullosa de mi idioma y de lo poco que nos habían colonizado ligüísticamente los ingleses.



Recuerdo en Alemania cómo una chica de allí me contaba que, al no doblar las películas, la gente iba perdiendo palabras alemanas que eran sustituidas por alguna más fácil en el idioma del dinero. Cuando visité Francia e Italia pude comprobar cómo llevan años utilizando "weekend" para señalar el fin de semana. Me parecía triste que las lenguas latinas hubieran sucumbido ante las bárbaras.

Y ahora compruebo que los chicos no tienen seguidores sino "followers"; que no les gusta algo sino que le dan un "like". Lo más visto o leído es un "trending topic" y, mientras, Cervantes se remueve en su tumba y ve perdida su batalla. Él, que consiguió doblegar a los foráneos haciendo que su gran libro fuera el más traducido del mundo. Bueno, seguramente después de la Biblia viene El Quijote.

Cuando uno viaja por América y descubre los millones de personas con los que se puede comunicar es consciente de la gran riqueza que tenemos los hispanohablantes: nuestra lengua. Ésta y su cultura son más poderosas que el dólar o que cualquier otra moneda. Pero solo si somos conscientes de ese poder.

Dejemos de sentirnos inferiores; dejemos de creernos modernos por decir palabras en inglés. Defendamos lo nuestro, nuestra gran cultura y honremos a García Lorca, a Lope de Vega, a Garcilaso, a Machado y a la página anónima que escribió El Lazarillo de Tormes. Ser "cool" es hablar en una lengua tan antigua como la nuestra y que tanto ha contado en esta Tierra redonda.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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