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23/11/19

  • 23.11.19
El amor es dejar ser al otro lo que es, ya sea tu hijo, tu pareja o un amigo. Aceptarlo y quererlo con su esencia y ayudarle a crecer, a convertirse en lo que ha venido a ser. Dentro de nosotros hay una voz saboteadora que, con más o menos mala intención, no nos deja disfrutar plenamente de la vida.



Quizás sea obra de la evolución y nos quiere proteger a toda costa, o nos quiere poner en aviso de que los días de sol y los nublados son caras de una misma moneda. A esta voz hay que escucharla lo justo y, si se puede, llevarla al final de un pasillo donde sus palabras se desdibujen en la lejanía.

El problema viene cuando a la autocrítica interna se une la externa; cuando lo que te rodea no te ve, no exige sin miramientos y prende en llamas la distancia que recorre el pasillo, haciendo que la voz dañina te posea y sea la única sintonía de tu día a día. De esa gente hay que huir como de la peste.

Para mí, la amistad siempre ha sido un espacio de libertad, un paraíso donde poder expresarme, ser yo sin interpretaciones y donde sentirme querida por lo que soy. En estos años que llevo andando sobre La Tierra, he tenido que desprenderme de algunos falsos amigos, sobre todo de aquellos que solo quieren tu alegría y huyen de tu dolor; y también de aquellos otros que te usan de basurero emocional continuamente. Son esas personas que practican el “yoísmo”, a las que solo les gusta hablar de ellas mismas y que nunca enfocan su mirada en el otro para ver cómo está, cómo se siente o qué anhela.

Tengo la suerte de tener buenos amigos: son el resultado de una vida, de sentirme acompañada en el sendero. Hemos vivido lo bueno y lo malo y siempre hemos estado ahí para apoyarnos. Hemos sido felices con las buenaventuras del otro y hemos empatizado con el dolor cuando éste se ha cruzado en el camino.

Es maravilloso saber que hay gente que te quiere tal y como eres y es precioso querer sin tapujos y decirlo. Todos mis amigos de verdad cuentan con un gran corazón: son, lo que se dice, buenas personas, buena gente que quiere un mundo mejor, un mundo donde nadie sufra, una tierra llena de amor.

¡Qué afortunada soy! Teniéndolos al lado, me sobran las cosas materiales. Y es que, como dice la sevillana: “Eso de ser buena gente no se paga con dinero”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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