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Mostrando entradas con la etiqueta Anestesia ética [Dany Ruz]. Mostrar todas las entradas
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28/7/20

  • 28.7.20
Me cuesta mucho confiar en alguien que, a la pregunta de si cree en Dios, contesta de forma inmediata y con seguridad. Me es indiferente si es un “no” rotundo o un “sí” cargadísimo de fe. Dudar de la idea de Dios es uno de los actos que nos pertenecen como humanos. Y parece que lo establecido como normal en los tiempos que vivimos es negar su idea, bien desde el ateísmo o bien desde el agnosticismo.



Creer en Dios, como un ente hacedor de todo, como un demiurgo, como punto de referencia del Bien, ya no es útil. La palabra "Dios" ha sido sustituida paulatinamente por “energía”, al menos a partir de la Generación Millennial y las que le siguen.

Durante muchos años se ha asociado a Dios con la Iglesia, o así nos lo han hecho ver, ya que han actuado en su nombre y han creando manchas imborrables sobre una concepción de Dios que hoy por hoy no nos representa. Como bien dijo Nietzsche, "Dios ha muerto". Pero hay que especificar un poco más esta reflexión: puede que lo que haya muerto ha sido el concepto que hemos heredado de Dios.

La respuesta más habitual que me encuentro ante la cuestión de Dios es la siguiente: “No creo en Dios, pero sí creo que hay algo. La energía”. El Dios antropomórfico es el que hemos matado, pero sigue viviendo su “energía”. Lo que ha muerto es el contenido del concepto y nos ha dejado huérfanos de creencias. Si no es demostrable empíricamente, no existe. Todo lo basamos en pensamientos racionales, olvidándonos de que hay estímulos sensitivos que adquirimos que no logramos comprender ni racionalizar.

Ahora nadie habla de creencias y cobra mayor importancia todo lo cuantificable. Por eso no me fío de una persona que responde de manera firme a la pregunta de si cree en Dios. Y no me fío porque no duda de su razón; no duda de los estímulos que percibe; no duda del pensamiento imperante; no duda de la cultura que hemos heredado...

No utiliza su razón en base a lo que siente, no indaga en los sentidos. Para mí resulta indiferente si crees o no crees: para mí lo importante es que dudes y apliques la razón a merced de los sentidos y no lo sentidos bajo el yugo de la razón. Y cuando llegues a la respuesta, duda de nuevo, porque cada día recibimos estímulos nuevos. Porque un día nos levantamos con una ardua creencia en Dios y, al día siguiente, lo desterramos de nuestra creencia.

Creo que en el pensamiento occidental ya no es tan útil Dios como lo era antaño, ya que hemos creado un sistema racional donde podemos dar explicación a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. Y cuando no entendemos o no logramos explicar un hecho concreto, se abre paso la conspiración.

El ser humano necesita dar explicación a lo que le rodea, ya que no contempla el azar como explicación lógica. El hecho de tener consciencia nos dota de cierta autoridad para entender lo que observamos, para construir una concatenación de hechos que nos han llevado hasta este preciso instante.

Lo que al principio fueron los Dioses para dar explicación a los hechos meteorológicos e “irracionales” (todo aquello que no podíamos dar explicación a partir de la lógica primitiva), la ciencia avanzó y se aunó todo en un solo Dios para dar explicación a todo aquello a donde la ciencia no podía llegar.

La conspiración caminaba junto a los dioses, junto a una explicación que diera sentido a nuestro lugar en el mundo y cómo el mundo interacciona con nosotros. Ahora que Dios ha muerto, que no tiene cabida en una sociedad sin tiempo para reflexionar, destinada a producir, es la conspiración la que da sentido a los hechos que nos rodean.

Atribuimos al ser humano el carácter místico y calculador que antes pertenecía a Dios. Hemos dotado al hombre y a la mujer de poderes para controlar y gestionar el mundo tal y como lo conocemos. Y esto ocurre, en mi humilde opinión, porque desatendemos el azar, desatendemos que nosotros estamos formados por miles de partículas que se mueven por azar, sin un motor consciente y sin un fin al que llegar.

El azar como elemento naturalizador. La conspiración como elemento desnaturalizado. Dios como elemento común entre todos los seres humanos. La consciencia y la duda como hábitat de Dios. Pero… ¿Dios existe?

Estoy en plena búsqueda de Dios, en una duda constante. Y confieso que es de los ejercicios más divertidos a los que le dedico tiempo. Siento que fuera un camino que no tiene fin y que cuanto más avanzo más consciente soy de que nunca llegaré al final. Quizás por eso ya nadie se cuestione la idea de Dios.

DANY RUZ

14/7/20

  • 14.7.20
Me pregunto concienzudamente qué retos y qué compromisos debemos adquirir los jóvenes para poder construir la sociedad que queremos. En la ecuación encajan muchas variables y todas deben convivir con la incertidumbre. Los jóvenes que hemos nacido en la década de los noventa somos hijos de aquellos que vivieron la movida de los años ochenta. Así que una mezcla de alegría, alivio y libertinaje es nuestra herencia.



Supongo que en la década de la movida se esnifaban en el aire las emociones que emergieron a partir de la entrada a la democracia que tanto se anhelaba. No se planteaba tanto la reconstrucción de una nación sino hacer todo aquello que antes no estaba permitido.

Nosotros, los jóvenes nacidos en los años noventa, recogemos el legado de un país que se ha preocupado más de la modernización y de encajar dentro de los países del Primer Mundo que de la construcción de nuestra idiosincracia propia, esa que debe guiar a las generaciones futuras. Nosotros hemos estado sumergidos en la incertidumbre de quiénes somos y, ahora, nos ha engullido la incertidumbre de no saber qué vamos a hacer.

Y confieso que nos hemos acostumbrado a esa incertidumbre: la adoptamos como una cualidad más en todos los ámbitos de nuestra vida. Cuanta más libertad de elección, más incertidumbre. Si viviéramos en la Edad Media, cada uno de nosotros estaría tranquilo porque, desde que el mismo momento del nacimiento, sabría a qué atenerse y a qué se iba a dedicar durante toda la vida. Tendría claro qué rol necesita la sociedad que interpretemos, esto es, el conjunto por encima del individuo.

Por suerte o por desgracia, ahora tenemos la posibilidad de elegir lo que nosotros sentimos que queremos ser y hacer. Nosotros elegimos qué rol interpretar dentro de la sociedad, dejando a un lado lo que la sociedad necesita de nosotros, es decir, el individuo por encima del conjunto.

El hecho de tener esta posibilidad de elección debemos considerarlo como un derecho y un deber que otros no pueden obtener, por lo que la posibilidad se convierte en responsabilidad. Tener el derecho a elegir quiénes somos y qué queremos hacer no significa que hagamos ni que seamos lo que nos apetezca. Pienso que debemos tener un compromiso y una alienación entre lo que queremos y lo que necesitan de nosotros.

Y nosotros que, como ya he dicho en otras ocasiones, somos la generación mas cómoda de la historia, será muy difícil que revisemos nuestros valores y adquiramos un compromiso que sacrifique los deseos individuales por las necesidades del conjunto.

Estamos acostumbrados al progreso, a la diversidad, a los cambios paulatinos y a los cambios bruscos, por lo que puedo llegar a entender que el momento que estamos viviendo ahora mismo lo interpretemos como otro cambio más de paradigma, en el que nosotros no podemos hacer nada. Tenemos más derechos que deberes y entendemos que las soluciones pertenecen a otras esferas de la sociedad.

Quizás sea el momento de dar un paso hacia delante, decir que los cambios son normales, que la incertidumbre forma parte de la vida, que los valores nacionales no son estáticos en el tiempo, que nosotros podemos crear el país que queremos… Quizás sean estos los principales retos y compromisos que debamos adquirir.

Pero para que ese momento llegue, primero tenemos que aprender a andar, después correr y, más tarde, disfrutar del paisaje mientras corremos. Es decir, primero debemos tener compromiso con nosotros mismos, interpretar lo que la sociedad necesita de nosotros y, por último, alinear nuestras necesidades con las necesidades del conjunto.

Sí, es una utopía. Pero las utopías sirven para poner el ideal bien alto, para intentar llegar a través de nuestras acciones.

DANY RUZ


30/6/20

  • 30.6.20
Me gustaría utilizar esta columna de opinión como un ejercicio de maduración, de compresión y de aprendizaje sobre la realidad que estamos viviendo. Los cambios nos inundan cada día y adaptarnos requiere un esfuerzo titánico y sin garantías, ya que pueden suceder cambios de forma constante y diaria. Por eso me gustaría pensar en voz alta y compartir esta reflexión sobre el mundo laboral que nos espera, sobre todo en el ámbito en el que me gano la vida: la cultura.



Estamos viviendo un momento de incertidumbre, un momento de cambio muy brusco de paradigma. Pero aunque el paradigma cambie, las personas seguimos siendo las mismas, a pesar de que el tiempo que hemos estado encerrados no nos ha afectado a todos por igual: cada uno hemos tenido una visión de lo que está ocurriendo, de cuál es nuestro papel dentro de este juego y si formamos parte de un modo pasivo o activo.

La sociedad como conjunto cambia pero el individuo permanece. Todos tenemos un mínimo (el mismo tiempo encerrados a causa de la cuarentena) pero cada uno alcanza su máximo (momento de reflexión, interpretación de las causas y las consecuencias o cómo se ve afectado en su trabajo). Y en este máximo encontramos diferentes visiones, perspectivas y, sobre todo, necesidades.

La función de este ejercicio reflexivo no es más que identificar cuáles son y serán las principales necesidades y, a partir de ahí, aunar las diferentes visiones y perspectivas. Creo firmemente que sería un error atender a un único sector productivo, ya que esta crisis nos ha tocado a todos y no entiende de clases, ni de segmentos de población en concreto.

Lo que está ocurriendo es el mínimo común denominador para la sociedad española, por lo que debemos mirar bajo esas gafas y entender que la especialización vertical no sería más que un paso atrás. Por ello, una de las propuestas que me parecen más interesantes es la sinergia horizontal: incluir y relacionar sectores que, a priori, no tienen relación directa.

Un ejemplo: los grupos de música necesitarán un local de ensayo y las tiendas de ropa necesitarán poner música y atraer de nuevo a los clientes. La sinergia horizontal permitiría que el grupo utilice este establecimiento como lugar de “ensayo” y la tienda utilice a la banda como cebo para atraer a clientes. Reconozco que se trata de un ejemplo loco e imprevisible y que, quizás, no sea válido, pero tengo claro que es importante crear relaciones atractivas tanto para el comercio como para la cultura.

Como decía antes, creo que dar pasos ahora mismo de acuerdo a nuestra especialización es ir con desventaja. Ahora es momento de entender la sociedad como un todo sin segmentar. Las necesidades mínimas serán comunes a todos.

Como hemos visto en redes durante todos estos días y veremos en los próximos meses, se han creado iniciativas culturales para amenizar, divertir y entretener a los usuarios de estas plataformas sociales. Podemos sacar muchas conclusiones a partir de aquí, entre ellas, que la cultura es un arma para “huir” de la realidad, para proponer soluciones a los problemas.

Así, podemos considerar la cultura como motor de avance intelectual; como puro entretenimiento; como herramienta para entender lo que ocurre,; para expresar las emociones que sentimos. En definitiva, la cultura es una propuesta de soluciones constantes.

Mi propuesta es relacionar e introducir la cultura en ámbitos donde antes no estaba tan presente. Ahora hablo en primera persona: yo me considero un artesano que intenta utilizar diferentes géneros y disciplinas para expresar lo que siente.

Para mí ha sido tan necesarios el arte y la cultura en estos momentos como la medicina, salvando las distancias, claro está. Intento explicar esto un poco mejor: la medicina cura lo físico, puede modificar el transcurso de una enfermedad o, simplemente, alargar la vida de alguien. Pero ¿quién cura lo metafísico?

A mí me gusta hablar del “alma”, pero entiendo que existen grandes posibilidades de que el alma, tal y como la entendemos de forma generalizada, no exista. Por lo tanto, hablo de aquello que podemos sentir pero que no es físico: de lo metafísico, en definitiva.

El arte y la cultura es la medicina del alma, la medicina de lo metafísico. Por ello, creo firmemente que, en los tiempos que estamos, es tan necesaria la cultura y el arte como la medicina. Ambos, en su conjunto, nos curan. Y a mí el arte me ha curado el alma en estos momentos de angustia, de ansiedad y de incertidumbre.

Quizás sea esa la solución mas acorde a lo que estamos viviendo: llevar la cultura y el arte a los sectores comerciales más afectados, creando una sinergia horizontal, dejando una huella positiva en nuestro entorno que tenga como arma la cultura. Y quizás la fórmula pasaría por aprender un poco del cultivo ecológico y trasladar su filosofía a otros ámbitos. Porque si a las personas que me rodean les va bien, a mí también me irá bien.

DANY RUZ

16/6/20

  • 16.6.20
Nos enfrentamos día tras día a medios de comunicación que dan cobertura a batallas dialécticas y casi de dignidad entre aquellos altos cargos políticos que hemos elegido. Y debo confesar que ha habido veces que, incluso, me he divertido y otras, sin embargo, en las que esos debates me han exacerbado. Como en cualquier entretenimiento, cuando dejo de tener en frente el estímulo que me entretiene, vuelvo a la “vida real”. No me hace pensar, reflexionar ni cuestionarme nada. Tan solo veo a personas desconocidas increpándose para gestionar a su manera el dinero de todos.



Quedan tan lejos para mí esos hombres y mujeres de chaquetas y maletín que todo lo que hacen y dicen me es ajeno... Me siento inútil cuando los veo recorriendo los pasillos del Congreso, del Senado, de los ministerios, en dirección a sus asientos para tomar decisiones bajo su ideario, sin lograr empatizar con las diferentes realidades que representan la sociedad española. Pero tras pensarlo de forma pausada y fría, me digo a mí mismo: “es normal que sientas impersonal la política nacional. Tu tienes que formar parte activa en la política local”.

Siguiendo las palabras del maestro Julio Anguita, el trabajo del ciudadano no debería terminar al echar el voto en la urna: debiera ser un trabajo continuo de años, para luchar por lo que es nuestro. Porque nadie va a luchar por ti ni por lo que te pertenece. Si tú quieres conseguir lo que es tuyo, lúchalo.

Pues siguiendo esta premisa me vuelvo a repetir a mí mismo: “tú tienes que formar parte activa en la política local”. Y a esta difícil empresa he dedicado el último lustro de mi vida: a combinar mi faceta profesional formando parte activa de la política local, pero desde una perspectiva ciudadana. Y me he encontrado con muchas sorpresas. Entre ellas, que el debate que está asentado en la política nacional se fragmenta y se adapta a la política local.

Muy lejos está la política local de satisfacer las necesidades de sus habitantes si se aplican medidas que no son acordes al municipio. Por ejemplo, ¿por qué se aplican en un pueblo de la Campiña Sur cordobesa medidas que se han aplicado en París? Se me ocurren muchas explicaciones y, entre ellas, no sitúo como causa real la necesidad.

Posiblemente, se apliquen porque se trata de una medida innovadora que ha cambiado el paradigma de un núcleo urbano y cosmopolita como es París. Puede que se haya aplicado, quizás, por combatir el cambio climático en un foco importante de contaminación. O puede ser porque esa medida está alineada con las necesidades que en ese preciso momento tienen las habitantes de esa ciudad.

Pero, ¿por qué mi alcalde o concejal ha importado una medida diseñada para una gran ciudad a un territorio muchísimo menos poblado? ¿Será para que todos veamos lo moderno que es nuestro pueblo? ¿Ha implantado esta medida para crear un gran titular para las redes sociales?

¿Cómo cubre mi Ayuntamiento mis necesidades como ciudadano si aplica medidas que satisface las necesidades de un parisino? ¿Para qué quiere un pueblo con una alta tasa de habitantes situados en la tercera edad una aplicación móvil para ver si el parking está libre o está lleno?

Soy un gran defensor de las influencias entre territorios, culturas y naciones, pero no de los “copia y pega”. Está bien inspirarse en lo que hacen los demás pero habría que mirar un poco hacia nosotros mismos, ver qué están haciendo mis vecinos para saber cuáles son sus necesidades.

Si un municipio tiene una cultura radicada en lo rural, no vale de nada aplicar medidas digitales directamente. Antes hay que pasar por una transición. Y por lo que he vivido, siento que no están alineadas las acciones políticas desde los ayuntamientos con las necesidades de los municipios.

Tomando a Platón como referente, vamos a analizar dos tipos de medidas: las sensibles –o, dicho de otra forma, las medidas acordes a la realidad– y las inteligibles –las que pertenecen a una realidad ficticia–. Cuando un ayuntamiento sigue un camino basado en un ideario que huye de la realidad de su pueblo está destinado a tener una vida en paralelo de sus conciudadanos: avanzan juntos, sí, pero nunca se llegan a tocar. El poder político pasa a otra esfera y deja un hueco que rellenan las asociaciones y los colectivos ciudadanos.

Son las asociaciones y los colectivos los que viven la realidad y los que forman parte activa del cambio. Son ellos los que dejan una huella positiva dentro del municipio. Y no pienso que esto sea algo negativo sino justo lo contrario: si las asociaciones y colectivos saben interpretar lo que necesita la población, desde la Administración hay que protegerlos, facilitar  recursos y herramientas.

Aunque sea un ideal utópico, tengo una imagen muy clara de este proceso: el Estado hace unas leyes y administra las riquezas de las comunidades. Las comunidades, bajo la interpretación de esas leyes y de acuerdo con las necesidades de cada una de ellas, administra el dinero. Los ayuntamientos, por su parte, ejecutan el dinero para cubrur necesidades propias del municipio. Los autónomos emprenden; el tejido asociativo propone. Y todo esto debería ir en un sentido bidireccional, un trabajo conjunto y piramidal.

Y ahora, en el momento que vivimos, somos los jóvenes los que tenemos que pasar a un modo activo, formando parte de la solución. No podemos dejar en manos de la Administración nuestro futuro. Debemos sentirnos responsables y dueños de lo que está por venir. Porque el político que está sentado en el Congreso le habla a su votante, no a la población; y el que está sentado en el ayuntamiento no vive en la realidad de su pueblo, por lo que debemos liderar nuestro hoy.

Pero, claro, siendo nosotros la generación "más cómoda" de la historia humana, que siempre nos han puesto un plato en la mesa sin preocuparnos de nada más, tenemos que dar un paso hacia adelante e impulsar una perspectiva nueva a la realidad. Porque la realidad, creo, es siempre la misma. Me imagino la realidad como un trocito de queso con agujeros y que cada agujerito pequeñito es una persona. Aunque el agujerito se muera, el queso sigue siendo el mismo.

DANY RUZ

2/6/20

  • 2.6.20
Estamos viviendo la perfección de un género comunicativo transversal que se manifiesta en todas las plataformas de los medios de comunicación: el espectáculo de la tragedia. Quizás podamos situar el inicio de este fenómeno a partir de las decapitaciones públicas en la Revolución francesa. Cientos de espectadores en una plaza, esperando para presenciar un acto que duraba un segundo.



La espera en sí se convertía ya en un espectáculo. El final era lo de menos: todos saben cómo sería. Lo que generaba interés era comprobar cómo sufría el condenado hasta su ejecución definitiva. La satisfacción del morbo de ver a alguien sufriendo hasta su muerte. Y esta sería, para mí, la definición del “espectáculo de la tragedia”.

Es cierto que estos actos se han cultivado de forma similar a lo largo de las diferentes culturas que se han sucedido durante siglos, como en el Imperio romano con los gladiadores. Pero cada vez más se fue perfeccionando este formato hasta llegar a la guillotina.

Los gladiadores, en definitiva, tenían como fin la lucha por el honor, utilizar su propio cuerpo para obtener una vida digna, para sobrevivir al espectáculo de la sangre. Había, aunque fuera nimia, una posibilidad de salvar la vida. El público, supongo, viviría esto con pasión, jaleando y concentrado para no perderse ni un movimiento gelatinoso de los luchadores. La muerte de alguno podía llevar a la decepción a gran parte del público y a la alegría al resto.

La guillotina, en cambio, es el sumun y, por ende, la perfección de este formato: público enfrente de un escenario expectante para ver rodar la cabeza de un condenado a muerte. No hay dignidad ni honor que salvar, ni posibilidad alguna de sobrevivir. Las personas agolpadas, con un gusanillo en el estómago por ver caer la cabeza, el chorro de sangre y, dubitativos, comprobar si esta vez la boca amagaría un gesto de dolor.

Se me enreda por la cabeza una idea. Y es que desde la aparición de la prensa escrita, la radio y la televisión, este hecho fue migrando paulatinamente hacia los medios de comunicación y, a lo largo del tiempo, han sido los medios los que obtienen el derecho a cortar cabezas y a retransmitirlo. Hoy vemos cómo ofrecen en directo cualquier tragedia.

Uno de los ejemplos más recientes es el caso de Julen Roselló, el niño que cayó a un pozo de prospección en la localidad malagueña de Totalán. Cámaras en directo para poder seguir cualquier avance de la tragedia. Ahora, en plena pandemia, los medios están llegando a un grado de perfección mayor que con la guillotina: nos llevan a casa la tragedia, sin levantarnos del sofá, sin necesidad de limpiarnos tras la salpicadura de la sangre.

Inician debates y tertulias. Comentan cada decisión como si de un partido de fútbol se tratara. Nos hacen ver que somos dos equipos enfrentados. Juzgan utilizando los valores como arma. El morbo es un motor para la alienación, para mantenerme enganchado frente a la pantalla, ya sea la televisión o el móvil. Y hablo en primera persona porque siento que es difícil no impregnarse de esta dinámica.

La tragedia siempre hay que retransmitirla en dosis muy bien calculadas, ya que podemos sobrepasar los límites y quedarnos con una audiencia insensible ante la situación. Para dar un respiro hay que dejar hueco para las empresas que se publicitan en los medios. No nos olvidemos que son ellas las que los sostienen y que, al fin y al cabo, los medios son generadores de contenidos para llevar compradores a sus anunciantes. Dicho de otra forma: hay que crear programas y contenidos que atraigan a la audiencia para hacer crecer las empresas que están sosteniendo “nuestro” medio.

Hoy es el morbo de la tragedia el que atrae a la audiencia y, poco a poco, estamos logrando perfeccionarlo. Y hablo en plural porque ninguno podemos sentirnos fuera de este juego. “Nosotros te llevamos la tragedia a casa”, podría ser la idea matriz de la nueva estrategia del conjunto de medios. Y nosotros, como buenos espectadores, la abrazamos.

DANY RUZ

19/5/20

  • 19.5.20
Desde hace meses se viene hablando de que estamos entrando en una nueva normalidad, en un nuevo orden mundial, en un nuevo mundo. El concepto “nuevo” está en boca de todos y estamos intentando atribuirlo a las circunstancias recientes que nos acontecen como herramienta para paliar el impacto en nuestra vida diaria.



Pero este concepto inofensivo, a simple vista, hace que al utilizarlo convirtamos en rutina comportamientos que, de acuerdo a nuestra identidad, nos son extraños y excepcionales. Al utilizar la palabra “nuevo” o “nueva” estamos normalizando cada acción y comportamiento originado dentro del contexto de esta pandemia.

Estos días he salido a la calle por primera vez desde hace meses y confieso que siento que esto no puede llegar a ser la normalidad. No podemos considerar este estado de anestesia de la libertad como algo normal. Y que conste que no escribo esto para criticar las decisiones que se han tomado hasta este punto. Era necesario quedarnos en casa y, en el futuro, será necesario restringir los movimientos. Pero que no se nos olvide que esto no es lo normal: esta situación es excepcional.

Si normalizamos esta realidad corremos el gran peligro de convertirnos en unas piezas de un juego; un juego basado en la producción, sin tener en cuenta la vida. Nos hemos adaptado de forma majestuosa para relacionarnos, para continuar trabajando, para poder seguir siendo productivos, para cuidar de los nuestros. Quizás el eslogan mas real que describe este momento podría ser: “No te contagies, produce y vive”. También valdría: “Muévete para producir. Quédate en casa para vivir”.

El sistema tenemos que mantenerlo en alto para que no caiga por su propio peso y, para ello, debemos ejercer una limitación de nuestra libertad. Me parece cuando menos paradójico que, para vivir, solo debes quedarte en tu casa. Es extraño.

Yo no quiero esta normalidad. Yo quiero poder abrazar a mi familia, a mis amigos, a un desconocido que encuentre en él un espejo. Y en sus ojos. Ahora la sonrisa se desprende del movimiento ocular. Ahora la felicidad está detrás de un trozo de tela. Me da angustia. Me da lástima sentir que esto es lo nuevo.

Me da pena sentir a personas que están tan cerca, tan lejos. Me da pena en general. Y, en concreto, me da pena sentir que quizás el mundo que viene no es mejor. Quizás será mejor en salud; quizás será mejor económicamente o en la red de comunicación. Quizás estaremos mejor preparados; quizás tendremos mayor estabilidad.

Pero nosotros, quizás, seremos peores. Las tensiones que vivimos en estos días se irán polarizando conforme pasen los meses y los años, llegando a la radicalización total de la esfera social. Me da pena. Es algo tan evidente que casi se puede palpar. Ya lo siento, ya viene.

Para terminar, quiero expresar la creación de “nuevas” oportunidades y “nuevas” formas de hacer. Por ahora no quiero nada. La palabra “nuevo”, repito, nos está engullendo, provocando pequeños excesos de olvido de lo que queremos hacer y, ante todo, ser.

Somos personas únicas que entramos en una etapa de homogeneización de la identidad. A todos nos está definiendo algo común: la cuarentena, el confínamiento, la pandemia. Esto nos igualará en altura y en distancia individual, provocando la ausencia de una personalidad referente. Es como meter todos los ingredientes en una batidora, batirlos y, al unificarse y formar uno, no saber identificar cada uno de los ingredientes.

Ahora, bajo la tranquilidad y el reposo, debemos identificarnos a nosotros mismos para saber qué papel estamos interpretando dentro del batido originado y poder potenciarlo a través de la sinceridad y la honestidad con uno mismo, sabiendo dónde están las virtudes y los defectos. Somos piezas con alma de un puzzle que ya no tiene alma. Debemos crear una alma conjunta que alimente nuestra alma individual.

DANY RUZ

5/5/20

  • 5.5.20
Existe una concepción oculta entre nuestras conciencias de que los grandes hechos ocurren en los grandes núcleos de población y que los pueblos y aldeas están destinadas al continuo “estable tiempo”, a la paralización del tiempo. Ante el éxodo rural, que ha diezmado la población en entornos rurales, los pueblos han sido relegados al estancamiento, al no-progreso, a la paralización de actividad cultural, sin esencia primera de la creación.



Existe, pues, la creencia de que en los pueblos vive la tradición más casta y puritana, que provoca la languidez de la inteligencia humana. Al menos, así nos lo han vendido las generaciones que han preferido las grandes ciudades para desarrollarse en lo personal y en lo profesional. Pero siento decir que no es así. Y lo digo porque vivo en un pueblo y puedo experimentar en primera persona las consecuencias que ofrece poder desarrollarse, en lo personal y en lo profesional, en un entorno rural.

Cuando en los telediarios se hacen eco de alguna noticia ocurrida en un pueblo, suele ser porque ha sucedido algo realmente negativo o porque lo que ha pasado es algo insólito, curioso o amable a veces. Se nos olvida que en los pueblos es donde ocurren las grandes cosas.

Y vamos a llamar "grandes cosas" a aquellas que son causa del efecto que ocurre en las grandes ciudades. Voy a poner un ejemplo que carece de rigor histórico pero que sirve para lo que es: para ejemplificar. Imaginemos que los rifles mas fiables de la Revolución Francesa los fabricó Pedro Blanco, en un pueblo perdido de la sierra de Jaén. Dichos rifles fueron entregados al ejército de Napoleón, que impuso por la fuerza un nuevo sistema en Europa.

¿Qué hubiera hecho Napoleón sin esos rifles? Quizás jamás hubiera llegado a tener tal voracidad. Obviamente, sabemos que el militar francés jamás utilizó rifle alguno fabricado por un tal Pedro Blanco, oriundo de un pueblo de Jaén. Pero estoy relacionando hechos y objetos en favor de la metáfora.

Lo que ocurre en un lugar, por minúsculo que sea, desemboca en otro. Y no porque este otro sea de mayor calibre, tiene más o menos importancia. Todos forman parte de uno, de manera que lo que se fabrica en el pueblo termina perfeccionando el concepto en la urbe. ¿Por qué no invertimos el modelo?

Si podemos sacar alguna conclusión sobre esta pandemia es que todos nos hemos colocado al mismo nivel. La ciudad y el pueblo estamos bajo las mismas premisas: el confinamiento. Lejos queda la sensación de vivir en un pueblo y sentirse aislado de los “peligros” de la urbe.

Lejos queda la sensación de vivir en una ciudad y sentir el desenfreno de la vida diaria en la urbe. Se ha parado el tiempo en el asfalto. Pueblos y ciudades, que antes nos eran desconocidos, son nombrados por altos cargos institucionales y por la prensa como protagonistas de la pandemia, como víctimas directas. Ya hemos descubierto que las desgracias se descubren en todos los lugares por igual. Ahora nos toca ver que las gracias, también.

DANY RUZ


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