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8/3/20

  • 8.3.20
Hoy domingo, 8 de Marzo, sale publicado este artículo dedicado a quien quizás sea la mujer pintora más conocida internacionalmente. Y es que no solo sorprende su pintura, sino que también su vida fue una auténtica lucha por afirmarse contra el dolor y el sufrimiento que tuvo que atravesar a lo largo de su vida, logrando crear un mundo pictórico tan personal y singular que me atrevería a afirmar que compite en reconocimiento con pintores del surrealismo tan conocidos como Salvador Dalí o René Magritte.



Su hondo penar tenía dos facetas: una física y la otra anímica, pues, como bien apunta la escritora Elizabeth Lunday, “Frida Kahlo decía que en su vida había dos grandes tragedias. Una fue el terrible accidente de tranvía que tuvo en su juventud, en el que se fracturó la columna vertebral y la pelvis por varias partes y se aplastó el pie, lo que la condenó a una vida de sufrimiento y dolor. La otra fue Diego Rivera, el marido (se casaron dos veces) que la atormentó con sus múltiples infidelidades. Y apuntaba que la de Diego fue, de lejos, la peor”.

Un dolor tan personal e íntimo sería la base con la construiría la temática que, mayoritariamente, abordó en sus lienzos; lejos, pues, de las que desarrollaron las dos pintoras que por ahora he abordado en esta serie: Sofonisba Anguissola y Angelica Kauffman, cuyos trabajos se movían dentro del tranquilo y apacible ámbito privado o doméstico en el que tradicionalmente se movía la mujer que penetraba en las artes plásticas hasta bien entrados en el siglo XX.

Paradójicamente, esas dos tragedias que vivió Frida Kahlo fueron los motivos por los cuales pudo ser reconocida como una pintora singular, puesto que su larga convalecencia dio origen a querer acercarse al mundo de la pintura y expresar el enorme dolor que le produjo verse rota por dentro.

Antes de mostrar algunas de sus obras, aporto unos breves datos biográficos que nos sirvan de referencia. Frida Kahlo Calderón nació en Coyoacán, Méjico, el 6 de julio de 1907. Hija del fotógrafo Guillermo Kahlo y de Matilde Calderón, fue la tercera de las cuatro hijas que tuvo este matrimonio. Los datos biográficos nos dicen que su padre, un judío de origen húngaro-alemán, se declaraba ateo, mientras que su madre era una mujer mejicana muy católica y con raíces indígenas. De esta unión sale Frida, mujer muy morena, con rasgos también indígenas y que se negó siempre a depilarse, por lo que sus cejas se asemejaban al perfil de una gaviota o de una golondrina.

Cuando contaba 16 años, su padre la matriculó en la escuela secundaria más prestigiosa de Méjico: la Escuela Nacional Preparatoria, lugar en el que empezó a interesarse por la política de izquierdas, al tiempo que comenzó a sentir una gran fascinación por el artista que estaba pintando un mural para el auditorio del centro: Diego Rivera, quien con el paso del tiempo sería una de las cumbres del muralismo mejicano junto con David Alfaro Siqueiros.

Dos años más tarde, el 17 de septiembre de 1925, Frida comprueba cómo sus sueños se truncan, dado que el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía fuera de control, quedando empalada por una barra de hierro. Resultado: fractura de varias vértebras, una clavícula, dos costillas, la pelvis destrozada, once fracturas en la pierna izquierda y el pie derecho aplastado.

A partir de esos momentos nacen dos Fridas que se intercambian: la destrozada física y emocionalmente y la que queda en sus sueños que la ayuda a sobrevivir. Quizás ese sea el sentido último de su lienzo de 1939 titulado precisamente Las dos Fridas, el mismo que he utilizado como portada de este breve trabajo sobre la pintora mejicana. Dada la amplitud de su obra, en esta escueta mirada me limitaré a mostrar algunos trabajos de su amplia producción.



Como ejemplo de la sorprendente conjunción de arte y dolor que plasmó en sus lienzos, lo encontramos en uno de sus cuadros más conocidos: La columna rota. Esta obra de madurez, pintada en 1944, muestra un desnudo de Frida con uno de sus corsés médicos. Tiene la piel atravesada por clavos y su cuerpo abierto muestra una columna griega, que sustituye a su columna vertebral, rota por distintas partes.

En contraste con sus obras que son símbolos de su sufrimiento, Frida realizó numerosos autorretratos en los que se mostraba en primer plano, con mirada frontal, seria, como si estuviera concentrada en sí misma. Uno de ellos es el que presento titulado Autorretrato con collar de espinas del año 1940, en el que aparece el contraste de las mariposas y libélulas, que flotan alrededor de su cabeza, con ese collar punzante que le rodea el cuello, como si no pudiese desprenderse del dolor que la oprime.



Otro de sus grandes deseos frustrados fue el de la maternidad, ya que al poco tiempo de haberse casado estuvo esperando un hijo al quedarse embarazada, a pesar de que los médicos le indicaron que difícilmente podría llevar a término el embarazo, puesto que la pelvis había quedado maltrecha en el accidente que sufrió. En cuatro ocasiones intentó ser madre, pero tuvo abortos naturales o por recomendación médica, ya que su vida peligraba si continuaba adelante. Esa maternidad frustrada la reflejó de distintas formas en algunos de sus lienzos, como el titulado Henry Ford Hospital.



La obra de Frida Kahlo, tal como he apuntado, es inclasificable dentro de los estilos artísticos conocidos, ya que en la mayoría de sus trabajos ella era la protagonista en la que mezclaba realidad, emociones, símbolos y ensueños, de modo que trasladaba al lienzo sus sentimientos más íntimos, transformándolos en imágenes inverosímiles. Es lo que acontece con la escena de El venado herido, en el que se transforma en su cervatillo, que le llamaba Granizo, para metamorfosearlo en uno de sus múltiples autorretratos.



Como indicaba al principio, quisiera con esta pequeña semblanza hacer un homenaje a la mujer con otro de los lienzos de la gran pintora mejicana en el que mostraba el terrible machismo que soportaban (y soportan) algunas de ellas. Se trata del que lleva por título Unos cuántos piquetitos!, en el que alude tanto a situaciones reales de la violencia del hombre mejicano como a los tradicionales ritos religiosos de las culturas maya y azteca.

De esta obra hay un boceto en el que Frida había escrito las palabras de un marido engañado y que habían sido recogidas en la prensa de su época. Son las siguientes: “Mi chata ya no me quiere, porque se dio a otro malhora, pero hoy si se la arranco, ya le llegó su hora”. Más adelante, toma las palabras del marido engañado ante el juez: “Solo unos cuantos ‘piquetitos’; no ‘jueron’ veinte puñaladas, señor juez”.

Lamentablemente, en pleno siglo veintiuno, siguen aún vigentes esos ‘piquetitos’ como distintas formas de violencias que sufren muchas mujeres y que forman una especie de ritual que nos llega de modo regular por los medios de comunicación. ‘Piquetitos’ que, en ocasiones, se traducen en mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas para indicarnos que el machismo sigue fuertemente anclado también en las denominadas sociedades avanzadas.

AURELIANO SÁINZ

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