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10/5/21

  • 10.5.21
Le conocí en Barcelona en 1988 cuando obtuvo el premio Plaza & Janés con su novela En la casa del padre. Un mes después presentó el libro en Sevilla en el pub Abades y dos meses más tarde me lo volví a encontrar en Cádiz. Decía que tenía los mismos gustos que su amigo Julio de la Rosa: beber manzanilla, mirar el Guadalquivir y “hablar mal de nuestros contemporáneos de profesión”.


Me recordó que la crónica que le había escrito en la ciudad condal era la reseña mejor escrita sobre aquel galardón. Viniendo de él, para alguien que todavía estaba iniciándose en el oficio, lo acepté como el mejor regalo posible en mi incipiente biografía.

Supe entonces que cada escritor describe su propio paisaje y que en su caso él estaba destinado a hacerlo sobre Sanlúcar y Jerez. Siempre volvía a Sanlúcar a navegar, que es lo que más amaba, y no compartía la opinión de Julio de la Rosa de que era el escritor más astuto que conocía, sino “uno de los más astutos escritores de estos tiempos que corren”.

Lucía una calvicie ya de años, una estatura modesta, un carácter afable, una técnica literaria portentosa, una actitud ética intachable y un compromiso a prueba de bomba con sus semejantes. Volví a entrevistarlo en su tierra, en su casa junto al mar, rodeado de árboles y sombras. Vestía camisa roja y una esperanza de vida de catorce años.

Con ochenta ya en su esqueleto, decía que había publicado demasiados libros, que no publicaría el tercer tomo de sus memorias y que solo aspiraba a crear un buen poema que se recordara para siempre. No había perdido su acento andaluz ni su aire coqueto de dandi del sur. A su edad, decía, los estímulos literarios flaquean.

Pese a todo, vivió el tiempo suficiente para recoger el Premio Cervantes. Había publicado entonces Manual de infractores. Y ya no esperaba escribir mucho más, sobre todo prosa. De hecho, desde la publicación de este libro solo había esbozado “unos borradores de poemas”.

Manual de infractores me devolvió a un poeta intachable y perfecto que, con este libro, iniciaba una nueva fase en su obra que marcaría la madurez y el final de su obra y de su vida, y marcaría un veredicto contra los acosos de convencionalismos y banalidades.

El poeta jerezano nos recordó en estas páginas: “Escrito está en los márgenes/ de libros y botellas: /los necios se asesoran de otros necios contiguos”. Escribió también: “podríamos volver a convencernos de que ya somos justamente/ lo contrario de quienes quisimos haber sido…?”.

O también esta variable: “Busco/ al que pude haber sido,/ al que no fui, a aquel/ a quien yo más quería, / al que nunca he llamado por su nombre”. O esta: “… mientras iniciaba la vida la aventura/ de descubrir el mundo a escondidas del mundo”. O esta otra: “… hasta que supe finalmente/ que todas las verdades/ segregan siempre restos de mentiras”. Para concluir aquí: “Huyo a veces de mí sin darme cuenta,/ huyo de mí a deshora/ y a escondidas,/ y a veces huyo sin saber adónde”.

En febrero de 2012 publiqué la última entrevista que mantuve con él, con motivo de su libro Entreguerras, un poema de casi tres mil versos, sin metro, sin rima y sin puntuación. Era su mejor obra y un libro imprescindible ya en nuestra literatura.

Decía que le costaba escribir mal, porque estaba habituado al esfuerzo y a tropezarse con las palabras y domeñarlas hasta que le sacaba todo el jugo. Tal vez sea su mejor título, sí. En cualquier caso, está escrito con el mismo tesón que sus otros libros. Aquí está ese breve diálogo:

—Me conmueve la perfección de su escritura.

—Bueno, yo siempre digo que no estoy capacitado para escribir mal.

—Un poema fluvial de casi 3.000 versos sin metro, sin rima, sin puntuación. ¿No temió naufragar en el intento?

—Sí. Muchas veces. Pero salí a flote porque también ese poema fluvial forma parte de mi memoria que también es fluvial.

—J. J. Armas Marcelo afirma que es usted el mejor escritor de la España actual.

—Bueno, Armas Marcelo es muy amigo mío.

—En su libro hay algo de testamento, de acabamiento, de punto final, de expurgo, de purificación personal. ¿Ha logrado saldar las deudas con usted mismo?

—No. Nunca se terminan de saldar a no ser que uno termine por acabar con la propia vida. Ese libro tiene mucho de acabamiento porque también mi vida está llegando al final.

—No sé por qué. Pero me da la impresión de que éste no será su último libro, aunque ni usted mismo lo crea.

—Pensar en un libro a largo plazo ya no lo voy a hacer. Pero un poema se presenta de pronto y no voy a rechazar la tentación, claro.

—Dice usted: “Siempre he tratado de ahondar en mi propia memoria en busca de explicaciones”. ¿Es un recurso para buscar o para huir?

—Para buscar, pero generalmente no encuentro nada.

—“Lo que te ofrece la vida hay que aprovecharlo”. Me da la impresión de que en ese sentido está en paz con usted mismo.

—En paz no estoy. Yo estoy en esa tregua que te concede la edad. Estoy en un paréntesis que no sé cuándo se va a cerrar.

—La noche, los bares, la bebida, los amigos, los días de la dictadura. Cuánto cabe en tan pocas palabras.

—Esa experiencia para mí es inolvidable y usábamos la bebida, la noche, la libertad para enfrentarla a la falta de libertades del exterior.

—Advierte en la nota previa del libro: “También yo he aceptado a veces la tentación de copiarme”.

—Sí. Yo, cuando sé que un verso es de alguna forma válido, me gusta volver a usarlo para que la gente se dé cuenta de que no me he equivocado.

—Y más adelante también advierte: “…escribir y no hacerlo son renuncias iguales”.

—Me gusta ese verso porque, claro, no escribir es una renuncia, pero al escribir también renuncias a muchas cosas que no vas a poder decir.

—¿Juan Carlos Onetti es el Cervantes del siglo XX?

—Sí. Lo pienso. Onetti es para mí uno de los grandes escritores del siglo XX en todas las lenguas que yo puedo conocer.

—Dígame, ¿por qué los intelectuales, los escritores, los periodistas, los profesores universitarios no se implican con lo que está cayendo?

—Hay como una tendencia acomodaticia de aceptar las cosas tal como vienen sin comprometerse a intentar corregirlas, y todo eso no puede conducir más que a una mala meta, a una meta desafortunada.

—Las nuevas tecnologías, la precariedad laboral, un futuro incierto. ¿Ayudan o condenan a la literatura?

—En cierto modo, deben de estimularla porque hay que salir al paso de esos desastres que estamos viviendo. Las calamidades del paro, la corrupción, del retroceso hacia la derecha. Con todo eso el escritor tiene, de alguna forma, que salir al paso. No hace falta que lo haga como escritor. Basta con que lo haga como persona, como ciudadano.

—¿En este libro alcanza los momentos culminantes de su poesía?

—Yo creo que sí. Porque en este libro, que tiene algo de testamentario, también está aquí todo lo que yo puedo hacer.

—Y también tiene algo diferente a los demás.

—Sí. He procurado, por lo menos, tener una voz propia, crear un mundo propio, que es lo primero que todo artista debe plantearse.

—La última pregunta se la hace usted mismo: “¿Eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”.

—Eso es una esperanza, una utopía. Pero yo creo que la utopía es una esperanza sucesivamente aplazada.

Se nos ha muerto un poeta tan grande, que no sabemos ahora dónde hemos de conservar su memoria para que no se nos quede fuera de nosotros ningún pedazo de su vida ni de su obra. Penúltimo testigo de la generación de poetas del 50, desde sus años de estudiante universitario en Sevilla, siempre asumió su compromiso político y estrechó vínculos muy activos con el Partido Comunista.

Pero este compromiso con la vida nunca fue menor que con la literatura. En ocasiones, como ocurre con él, estética y ética siempre fueron compañeras intachables. Era tan grande, que su sombra no se apaga ni cuando el sol se pone en lontananza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

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