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25/7/20

  • 25.7.20
"No te quejes, no es para tanto, a mí...". Hay gente que da consejos a diestro y siniestro y en su sinrazón no ven que nadie aprende en cabeza ajena y que la vida interior de cada uno es distinta. Lo que a otros le duele, a ti puede no dolerte. El miedo de otros lleno de abandono y soledad a ti no te toca porque no has vivido en la negrura espesa.



Mujeres que critican a otras por estar de baja durante el embarazo, cuando ellas no lo han notado apenas, cuando no han tenido riesgo de perder ese niño tan deseado. Hombres que señalan a otros por ser sentimentales y no ser "ordeno y mando" en su casa, sin saber que el que se pierde la ternura es el bravucón, al que en su casa no le hablaron de debilidad y emociones.

Recuerdo cómo saqué de mi vida a una persona a la que molestaba que yo dijera que me dolía la pierna. Yo tenía que aguantar el dolor terrible de una bursitis que me pinzaba el nervio ciático mientras ella empatizaba conmigo una mierda. La borré y me quedé con mi dolor y con aquellos amigos que practicaron la compasión conmigo. Esos que sin haber tenido un dolor igual al mío, fueron lo bastante sensibles como para entenderme.

A veces el universo es justo, no siempre. Y hay momentos que creo que casi nunca. Esa justicia consiste en que la gente que mira por encima a los demás, que da consejos gratuitos, sufre en sus carnes el dolor, la pérdida o las emociones que no fueron capaces de entender o, por lo menos, de respetar. Y es ahí donde se acuerdan de su propio egoísmo.

No es desear mal a nadie querer que la gente sea más humana y menos mecánica. Dentro de nosotros viven muchas emociones, sensaciones y sentimientos que son de muchos colores y cambiantes. Nadie sabe cómo son. A veces, ni nosotros mismos los conocemos o reconocemos. En este camino de aprendizaje que es la vida he descubierto que no siempre un rostro eternamente sonriente esconde un corazón feliz.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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