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3/8/19

  • 3.8.19
Alma es pequeñita, con dedos de pianista y piernas infinitas. Sus ojos rasgados se convierten en hermosas almendritas cuando los abre. Almendritas de color cambiante pues sus pocas semanas de vida no dejan aún vislumbrar su tonalidad definitiva.



Es una niña adorada por sus papás, por sus abuelas, por su familia y por sus amigos. Cada gesto es admirado como una gran proeza. Y es que su presencia te llena el corazón de ternura. Una quisiera protegerla de todo y de todos, prometerle que el camino será fácil y regalarle serenidad para afrontar los contratiempos.

Quisiera traspasarle la mucha o poca sabiduría que ha aprendido en la vida. Quisiera que pudiera aprender en cabeza ajena y que avanzara con las lecciones de las experiencias de todos los que la rodeamos. Pero ella tendrá que abrir más los ojos y hacer su propio recorrido. Eso sí, intentaremos acolchar las paredes de los pasillos estrechos para que los golpes sean suaves.

Su piel es lisa e interminable, sin sobresaltos; un camino de seda y de sensaciones dulces. Es pequeña y buena, come y duerme como una bendita. Su olor es perfume de alegría y vida. Su pelo negro y esos ojitos enormes hablan de sus ancestros, de sus abuelos, de sus bisabuelos y de sus tatarabuelos cordobeses.

Su naricita es un guiño a su padre, ese hombre que la mira y remira como si fuera el mejor regalo del mundo. Cada día una aventura nueva: el cordón que se cae; el primer baño; la primera salida a pasear; la primera manicura; los miles de besos de la abuelita y el primero de los miles de viajes que prepara mamá.

Si protesta por hipo o por la digestión, la coges en brazos y le cantas sevillanas y ella se va durmiendo con el movimiento y con la sensación de protección que le da la piel con piel. Su corazón late más despacio y su respiración se ralentiza, mientras su cuerpo va encontrando la cuna que forma el brazo.

Cuesta separarse de ella; cuesta no besarla a cada instante; cuesta no aspirarla hasta diluirla. Reina de mi cuento, tu hada madrina te vela y te protege para que sonrías libre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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