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20/4/19

  • 20.4.19
Creo, tal como apuntaba en el artículo anterior, que Albert Einstein se sorprendería de los ascensos de los nuevos partidos de extrema derecha y que, con rasgos que presentan bastantes similitudes con los fascismos que precedieron a la Segunda Guerra mundial, se han extendido tanto por Europa como por el continente americano. No podría imaginarse que la historia se repitiera por su lado más lúgubre y que de nada hubieran servido las experiencias que llevaron a esa gran catástrofe.



Bien es cierto que, por el lado de la ciencia, comprobaría que sus postulados físicos se demostrarían empíricamente (aunque él no aceptara el principio de incertidumbre de Heisenberg), al tiempo que los avances de la humanidad en el campo del conocimiento habían logrado cotas verdaderamente sorprendentes.

De todos modos, a Einstein no solo le importaba la ciencia, tal como habíamos visto, sino que tenía unos sólidos principios muy próximos al socialismo, por lo que sus afirmaciones sobre esta nueva sociedad en la que soñaba estaban muy cercanas a los postulados que había expuesto Karl Marx en sus obras en el siglo XIX.

Así, términos como ‘capitalismo’, ‘oligarquía’, ‘trabajadores’, ‘medios de producción’, o ‘fuerza de trabajo’ aparecen con toda nitidez en su artículo publicado en la revista estadounidense Monthly Review. Veamos, pues, un párrafo en el que articula esos conceptos:

“En aras de la simplicidad, llamaré ‘trabajadores’ a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción, aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en el valor real”.

Uno de los conceptos que Karl Marx desarrolla en su obra El Capital es la tendencia que tienen a la concentración las empresas para formar monopolios. En la actualidad, por la globalización que se extiende a escala mundial, esta ley de concentración de capitales ha adquirido una dimensión no conocida en décadas precedentes. Así lo expresa Einstein:

“El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan a la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía de capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia, incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática”.

Esta concentración de los capitales tiene como objetivo la obtención del máximo de los beneficios, lo que conlleva a que la brecha entre las minoritarias clases propietarias y las extensas clases trabajadoras y de asalariados, a las que hay que sumar el “ejército de parados” que ya vaticinaba el gran científico alemán, aumente de manera alarmante.

“La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizando que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un ‘ejército de parados’, por lo que el trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo”.



No debemos olvidar que las propias democracias están estructuradas de modo que el poder político no pueda controlar el poder económico, de modo que la producción capitalista se mantenga sin que haya que acudir a los medios de coacción directos, que son los habituales en las dictaduras. Así pues, los distintos poderes -judicial, religioso, educativo, de comunicación, etc.- están organizados de modo que responden, fundamentalmente, a los intereses de las clases dominantes.

Sobre el poder judicial, Albert Einstein nos dice lo siguiente:

“Los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo, de hecho, no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población”.

Refiriéndose a los medios de comunicación, que tanta importancia han adquirido en la actualidad, apunta lo siguiente:

“Por otra parte, bajos las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos”.

No se olvida del poder ideológico que tienen las escuelas y los centros de enseñanza, por lo que no es de extrañar que los centros privados aumenten de manera considerable, al tiempo que los públicos vayan perdiendo relevancia y queden para ayudar a las clases menesterosas.

“Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura. Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales”.

Y es que la educación no es neutral, pues en ella se difunden unos valores u otros. Einstein sostiene que la finalidad de la educación debe estar orientada no solo al desarrollo personal sino también a finalidades colectivas.

“La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para con sus compañeros, en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se dan en nuestra sociedad actual”.

No se olvida este gran científico de que los avances tecnológicos, como resultado de los desarrollos que se producen en el campo de la ciencia, poseen un lado oscuro: generan mayor desempleo en amplios sectores de la población.

“El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización el capital que conduce a depresiones cada vez más severas”.

Quiero cerrar este breve recorrido por el pensamiento social de Einstein con una advertencia y unos interrogantes que se hacía este genio de la ciencia:

“Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo, ya que puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?”.

Pudiera parecer que las ideas socialistas de Albert Einstein están desfasadas, puesto que el neoliberalismo que se ha extendido por la mayor parte del planeta, siendo este la última y definitiva versión del capitalismo que ha venido a quedarse. Sin embargo, en el propio Estados Unidos, las voces del socialista Bernie Sanders, de la joven congresista Alexandria Ocasio-Cortez, miembro de Socialistas Democráticos de América, al igual que Maria Svart, tienen una gran fuerza en la primera potencia mundial. Y es que, a pesar del ascenso actual de los neofascismos, no todo el mundo sigue las directrices que marca ese personaje esperpéntico llamado Donad Trump.

AURELIANO SÁINZ

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