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4/5/18

  • 4.5.18
¿Cómo se borran los bordes? ¿Cómo hacer desaparecer todos los cuadrados que he construido en mi mente para poder sobrevivir? En cada uno de esos cuadrados hay ideas fijas de cómo debe ser cada cosa. Hay miles de interpretaciones de cada gesto, de cada palabra, propios y ajenos.



Siempre me han dado seguridad esos ficheros en los que guardo cómo debo pensar o reaccionar ante determinadas situaciones. Los he construido con ideas limitantes que me han vuelto rígida, controladora y llena de “deberías “. Esa rigidez me ha quebrado.

Llevo unos días aturdida y sorprendida por la reacción de mi cuerpo. En plena biblioteca empecé a marearme, a notar cómo mi respiración se aceleraba y mis ojos se cerraban. Mi cuerpo se daba por vencido, era un caballo extenuado en una carrera donde el látigo que le obligaba a correr era mi mente o cierta parte de ella.

Me caí al suelo y dejé de tener el control. Mis brazos y mis piernas temblaban sin parar y yo no podía hacer otra cosa que llorar. Lloraba por haber llegado a ese estado; lloraba por verme así; lloraba porque ya no sabía cómo hacer que mi corazón latiera con menos fuerza.

Me encuentro en un laberinto cerrado, lleno de bordes por todas partes. Soy una rata que no para de correr dentro de él y no encuentro nada más que paredes limitantes que tratan de convencerme de que no hay salida, de que no soy capaz de vivir de otro modo.

La paz interior parece ser una foto amarilleada por la falta de aire limpio. Una foto que dejé en algún sitio y no recuerdo dónde. El monstruo del estrés ha engordado y ocupa gran parte de mi cabeza. Se ha sentado encima de mi yo, ese al que le gustan los árboles delgados y altos que permanecen firmes ante el viento huracanado.

Mi esencia es otra. Mi esencia pide ser rescatada, aunque ella sabe que el laberinto es irreal y no es más que una muralla construida con alguna finalidad defensiva frente a los ataques exteriores. Ya no sé de qué me defiendo. El enemigo está dentro.

A mi verdadero yo lo que le gusta es sentirse parte de un todo. Siento que el río y yo tenemos muchas cosas en común. Los dos somos en nuestra mayor parte agua y los dos corremos hacia una desembocadura. La verdad se esconde en la naturaleza, en la contemplación de ella. Siempre que lo hago una voz me dice: “Esta es la verdadera realidad, que no te mientan”. Es triste que haya tenido que gritar mi cuerpo para parar....

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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