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9/6/19

  • 9.6.19
Noa era una adolescente holandesa que ha preferido morir a seguir soportando las secuelas psíquicas que le dejó el maltrato de una vida corta pero desafortunada y una sociedad enferma. Tenía 17 años, había sufrido abusos sexuales a los 11 y 12 años de edad, y fue violada a los 14 años, hechos que le provocaron un trauma tan intenso que derivó en un sufrimiento psíquico que hacía su vida insoportable.



No soportaba la vida ni su cuerpo, al que castigó con una anorexia por la que acabó internada a la fuerza durante seis meses, lo que agravó su ansiedad y tendencias suicidas, y más tarde hospitalizada para ser alimentada a través de una sonda nasogástrica. Los médicos se afanaban por salvar su cuerpo, pero su alma estaba destrozada.

Tenía padres y dos hermanos: uno, varón y, el otro, chica, como ella. Ni su familia, que se había volcado en ayudarla, ni los médicos, que hicieron lo propio, ni la sociedad, que apenas reacciona, pudieron salvarla. Hundida en el pozo negro de su dolor y desesperación, decidió dejar de sufrir y entregarse a la muerte.

Causa espanto que un adolescente, en plena flor de la vida, no encuentre sentido a su corta existencia por culpa de los golpes que ha recibido. Pero más espanto produce que, en una sociedad avanzada y supuestamente civilizada, un niño o una niña esté expuesta a abusos sexuales en su etapa escolar y sea víctima de violación nada más alcanzar la adolescencia.

Y que ni leyes, ni la educación, ni los pocos o muchos recursos dedicados a ello logren erradicar esa enfermedad que convierte a nuestras sociedades en una selva para los depredadores sexuales, camuflados en esa atmósfera machista y patriarcal tan insana que la impregna.

Duele decir adiós a Noa, tan injustamente tratada a pesar de su juventud, y da asco pertenecer al mundo podrido que ella ha abandonado voluntariamente, asqueada de su maldad. Quiso aliviar su sufrimiento con el libro Winnen of leren (Ganar o aprender), que escribió a los 16 años para explicar y compartir su sufrimiento, confiando en que contribuyera a mejorar la atención que reciben los jóvenes en trances como el suyo.

Y aunque ganó dos premios literarios, no sirvió a sus propósitos: ni la rescató de los problemas psicológicos que le causaron las agresiones sexuales ni motivó que la sociedad prestara más interés a combatir la lacra que padece.

Solo podemos pedirle perdón por contribuir, con nuestra insensibilidad y pasividad, al infortunio con que la vida la ha maltratado. Perdón por formar parte de una sociedad que es incapaz de proteger a los débiles y vulnerables, como ella. Y perdón por no poder desterrar esa mentalidad machista que convierte a algunos hombres en animales y asesinos, ofuscados en satisfacer sus impulsos sexuales. Adiós, Noa. Y perdón.

DANIEL GUERRERO

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