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7/2/19

  • 7.2.19
Cada vez que Rajoy abría la boca, los independentistas ganaban un voto. De la misma manera, cada vez que Pedro Sánchez o sus ministros hacen una declaración, Vox gana diez votantes. Porque hace falta mucha contención y mucho sentido común para reprimir lo que sale de la tripa. Y si hay algo que ha demostrado el conflicto catalán es que despierta las reacciones más viscerales.



Mientras que Pedro Sánchez permite que el independentismo abuse del Estado, Vox llama a la línea dura. Con Podemos no contamos y el discurso de Ciudadanos empieza a parecer blando a sus propios votantes. No son pocas las voces que piden un mayor protagonismo de Inés Arrimadas ante la ‘moderación’ de Albert Rivera. Voces debatibles, pero respetables.

Del mismo modo que la Iglesia ha ocultado o pasado la mano en los abusos a niños y monjas, el Estado ha tapado demasiadas injusticias, durante mucho tiempo, en Euskadi y Cataluña. Con el tiempo, las futuras generaciones nos reprocharán cómo pudimos permitir y financiar la persecución, la marginación y el supremacismo.

El independentismo catalán que se ha impuesto en las aulas y en los medios públicos desde la Transición ha calado con la connivencia de los gobiernos de turno, sea por cuestiones políticas o económicas. Hay que denunciarlo alto y claro. Desde el victimismo, ha construido un discurso supremacista que no solo amenaza la unidad nacional, que en sí es muy relativa, sino la propia calidad democrática de Cataluña.

Mientras los supremacistas hablan de derechos y presos políticos, promueven la marginación del que no comparte sus ideas y abusan de sus privilegios. La libertad de manifestación se ve coartada por las manifestaciones “antifascistas”; reclaman libertad de expresión mientras imponen, incluso en locales privados, lazos amarillos y banderas so pena de encontrarse destrozado el local el día siguiente. Los Comités de Defensa de la República (CDR), que se autodenominan “personas de paz”, revientan la convivencia y cualquier manifestación “españolista”. Hablan de exiliados mientras redactan listas negras, incluso, en el Sector Público.

Por desgracia, tengo conocidos que han sufrido estos males. Te permiten ser “españolista”, siempre y cuando te quedes calladito en casa. Si sales a la calle, te encontrarás una manifestación “antifascista”. Y eso si tienes suerte y no te han golpeado o marginado en la escuela, o bien marginado en el trabajo, en caso de tener jefe indepe.

Si eres andaluz y vas a buscar piso en Cataluña, hay quien te puede intentar colar un suplemento por “extranjero”. Y si sois xarnegos y os negáis a ser más catalanes que los de Girona, más os vale quedaros bien callados. Esta es la situación real en Cataluña, por más que progres baratos a lo Jordi Évole lo nieguen en los medios.

Sin ánimo de parecer marxista, admito que en los medios tradicionales me falta una explicación con perspectiva de clase en toda esta barbaridad. Se ha permitido el abuso en favor de una burguesía y una clase política que no solo controla Cataluña, sino que también España. Una auténtica casta que pregona un progreso que hemos pagado otros y una superioridad cultural difícilmente asumible si se ve en perspectiva.

Unos empresarios que han pagado campañas, publicidad en medios de comunicación y todo lo que ha sido necesario para ganar o mantener su inmenso poder. Una casta que cuenta con todo el apoyo diplomático del país para obtener la inversión exterior y las ayudas propias del Estado que puedan necesitar.

El independentismo es un monstruo que se les ha escapado de las manos, es cierto. Tanto, como que sacarán buen provecho de ello si logran mantener a Cataluña en España. Provisionalmente, claro. Pues todos sabemos que el plan a largo plazo es seguir formando en el odio a España en las escuelas y en el desprecio a quien no comparte las tesis independentistas. Y, con ello, obtener el apoyo social que todavía les falta.

Si Pedro Sánchez hubiera tenido algo de vergüenza, hubiera aceptado convocar elecciones en cuanto logró echar a Rajoy de la Moncloa. Cualquier cosa antes de unirse con los enemigos del Estado. No lo hizo. Y si hubiera sido inteligente, hubiera aceptado modificar la legislación para facilitar un referéndum, a cambio de otra modificación para permitir la devolución de competencias.

La aceptación o no por parte del independentismo de esta propuesta hubiese sido irrelevante, pues el punto era proponer algo que llevar a Bruselas. Pero la cabeza no le llega para eso. Solo para sonreír a la cámara y cuidarse de que le hagan primeros planos de las manos en el avión presidencial.

Somos conscientes de que el Estado no lo ha hecho todo bien. Ha permitido demasiado y no ha sabido responder ante ciertas situaciones. Pero lo que no se puede permitir es que la Generalitat de Cataluña margine el castellano, que empieza a necesitar de protección, desprestigie al Estado a través de embajadas, no teniendo competencias para tenerlas, y lo acuse de robarle, mientras que mantiene un trato de favor por parte del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA).

Y todo esto se permite y se financia, amparándose en la debilidad de un pusilánime y en las mismas leyes que los supremacistas desprecian, cuando no niegan. Pedro Sánchez ha propuesto un aumento significativo de la inversión en Cataluña y ahora propone a un “relator” que dé fe de las negociaciones con el independentismo.

“Que nos llamen fachas”, como dicen los miembros de Vox. Pero todo esto nos parece una barbaridad. Quien te insulta, te desprestigia, te chantajea, te desprecia y persigue a los tuyos es un enemigo. Así de sencillo, así de simple, así de complejo. Y al enemigo hay que combatirlo por lo civil, por lo penal y, si es menester, por lo militar. No colmarlo de prebendas. Se pueden buscar acuerdos para favorecer la convivencia, pero no capitulaciones.

Es cierto que la actitud dadivosa de Pedro Sánchez, digna del Chamberlain más mediocre, le está dando oxígeno al supremacismo independentista. Pero a quien más está beneficiando es a la extrema derecha, a quien está regalando votantes. Por más que cocine su amigo José Félix Tezanos, las encuestas del CIS no van a evitar un largo gobierno de derechas a la andaluza. Y todo por la falta de dignidad y sentido común de la izquierda moderada, que tiene en su presidente al mejor aliado de Vox.

RAFAEL SOTO

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