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7/9/18

  • 7.9.18
Como si de las tres hermanas Brontë se tratara, cada una tenía una historia y cada una la contaba a su manera. Pues no es lo mismo Cumbres borrascosas que Jane Eyre o La inquilina de Wildfell Hall. A las tres les unía una ilusión: seguir el rastro de Jane Austen por Inglaterra. Se sabían casi de memoria Orgullo y Prejuicio y querían conocer la vida y los sitios donde aquella escritora, que pasó apuros por no ser hombre y que ni en su tumba se le reconoce como escritora, escribió historias que aún hoy siguen atrapando el corazón de la gente.



Y eso ocurre ahora, siglos después, cuando ya no hay mayorazgo, en un momento en el que la mujer tiene más de dos opciones para elegir: casada o institutriz. Unos tiempos en los que se están difuminado –si bien no se han borrado del todo– los límites que separan a las distintas clases sociales. Al menos, eso sí, existe menos inmovilidad. Antes nacías pobre y morías pobre. Hoy en día hay un camino para escapar de ese determinismo: la educación.

Jane habría sido feliz en la universidad, eligiendo una profesión y dejando que fuese solamente el azar el que le trajera un marido y no la necesidad. Ella fue fuerte, una valiente que prefirió su pobre soltería y la consiguiente dependencia familiar a tener que compartir lecho con alguien que no la hiciera suspirar.

O Mister Darcy o nadie. Y seguro que no habría muchos... Tampoco ahora los hay. Pues allí se fueron las tres amigas, bajo el auspicio del número uno, a conocer a la escritora dieciochesca y a conocerse entre ellas mismas.

Y descubrieron que pasaban el tiempo con alegría, que la risa y las historias pasionales siempre las acompañaban. Reían tanto como Lizzy Bennet y hablaban del amor verdadero con palabras que podían salir de la boca de cualquier protagonista de los escritos de Austen.

Una suspiraba por el amor pasado, ese que aún sigue aquí; la segunda en edad hace tiempo que ve el amor como un imposible, algo que siempre pasa por su puerta, pero que nunca llama. Y la tercera es una mujer adulta que sueña con un amor quinceañero que la quiera y la cuide.

La primera podría ser Elizabeth Bennet tras enviudar, o también podría ser la protagonista de Persuasión, que se dejó persuadir por un hombre varonil que la esperó a las puertas del castillo dos años. La segunda podría ser Elinor Dashwood, la hermana mayor de Sentido y sensibilidad, prudente pero guardando un volcán bajo su noble apariencia. A la tercera le gusta hacer de Enma con la segunda y ella misma es Catherine Morland, que busca el amor y la pasión en los libros hasta que  aparezca... Todas ellas, como se ve, dignas heroínas de sus propias historias.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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