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22/9/18

  • 22.9.18
Sin ningún tipo de dudas, una de las revoluciones que se ha producido a escala mundial y en las últimas décadas es la que ha protagonizado la mujer. Es una revolución pacífica, tenaz, continua, que ha afectado a diversos ámbitos de la vida, lenta pero imparable, que ha cuestionado el orden patriarcal que establece el dominio masculino en los diferentes ámbitos: desde la familia, pasando por el trabajo y llegando a los distintos estamentos de poder, sean sociales o simbólicos.



Bien es cierto que ha emergido y se ha hecho visible por la propia lucha que han protagonizado las mujeres, debido a la situación de sumisión que a lo largo de la historia se han encontrado y que permanecía como si fuera una realidad invisible, pero que ellas sí que sabían y eran consciente de su existencia, porque cotidianamente tenían que soportarla.

No sé si habría que remontarse a las pioneras del sufragismo que surgen a principios del siglo XX en el Reino Unido o al trabajo de investigación de Simone de Beauvoir, cuya obra El segundo sexo se configuró como un texto que abría los ojos a quienes esperaban una explicación de la profunda discriminación que la mujer sufría y sufre.

De todos modos, las puertas se han abierto. Los caminos que conducen a una existencia plena y de igualdad de derechos con los hombres se han multiplicado, puesto que las vías de la vida por las que transitar son múltiples. Así, desde que la mujer ha podido incorporarse masivamente al trabajo asalariado se han roto muchas de las cadenas que la hacían depender del poder masculino.

Ya no hay vuelta atrás. A pesar de los enormes obstáculos que afrontar y las barreras que saltar, la fuerza que impulsa a la mujer a desarrollar sus capacidades como persona hace que sienta que no puede renunciar a sus proyectos personales.

Pero, paso a paso, comprobamos que esos obstáculos son profundos y diversos. Y no solo por el rostro de la violencia machista inserta en el orden patriarcal que cada cierto tiempo asoma, haciéndonos ver que la fiera se agazapa tras muchos espejos.

También porque en el orden simbólico la mujer queda oculta, relegada, subordinada o en un segundo plano. Y cuando cito el orden simbólico me estoy refiriendo a todo ese conjunto de representaciones, físicas o imaginarias, que dan visibilidad u ocultamiento y que conducen a que en el imaginario colectivo aparezca la mujer con su propio valor o quede oculto.

Se ha hablado mucho del lenguaje, que oculta, discrimina y sirve también para humillar por la cantidad de términos despectivos que existen en la lengua española hacia la mujer. Y, en ocasiones, se ha insistido tanto en el lenguaje hablado o escrito que se ha llegado a situaciones algo grotescas.

Sobre esta cuestión ya hablé recientemente. Lo que me llama la atención en quienes insisten en ello, porque no se dan cuenta que los lenguajes con los que nos comunicamos son múltiples. Uno de ellos, y de gran potencia, es el lenguaje icónico o lenguaje de las imágenes, que tanta importancia tiene en una sociedad de la comunicación como la nuestra.

¿Alguien se ha parado a pensar en la presencia de la imagen de la mujer en el campo del arte a lo largo de la historia? También, ¿nos hemos fijado en cuántas de las esculturas que suelen haber en las ciudades están protagonizadas por personajes femeninos? ¿Cuántas avenidas, calles o plazas recordamos con nombres de mujer?

La verdad, es que la presencia masculina en el mundo de las imágenes es abrumadora, tanto que me temo que sea casi una excepcionalidad recordar imágenes femeninas, si exceptuamos a las de la Virgen María que puebla la iconografía religiosa de templos y de la pintura religiosa que exponen los museos.



Hay que darle muchas vueltas a la cabeza y recordar que, por ejemplo, existe una pintura del romanticismo francés que la protagoniza una mujer. Me estoy refiriendo a La libertad guiando al pueblo, de Eugéne Delacroix, que pintó en 1830 como homenaje a las revueltas parisinas que se dieron en esa fecha.

Es la imagen de una mujer que se aleja de sus funciones maternales y domésticas, que son las que en el imaginario colectivo se le asigna al género femenino. En ese lienzo se simboliza algo tan importante como es el de la libertad, el deseo de liberación y de romper las cadenas con las que camina el pueblo. Pero, curiosamente, en esta obra detrás del símbolo femenino solo hay hombres; no se ve ninguna figura de mujer que se encuentre en esa sublevación ciudadana.



De todos modos, esta relegación de la mujer en el campo de las imágenes (pintura, fotografía, escultura, etc.), paso a paso, va teniéndose en cuenta, de modo que últimamente se desea reparar esa injusticia, para que también la figura femenina aparezca en distintos lugares de la ciudad.

Es lo que aconteció cuando, en el año 2016, se celebró el 75.º aniversario del Diario Córdoba y se consideró adecuado realizar un conjunto escultórico que reconociera el valor de este diario en la ciudad. Y se optó por inaugurar en el bulevar Gran Capitán una escultura en bronce en la que, como vemos, aparece una mujer leyendo el periódico.

Gran acierto, pues la presencia de una imagen de tamaño real, sentada, leyendo la prensa en un lugar tan concurrido, ayuda a entender a la mujer también como símbolo del conocimiento que se obtiene a través de la lectura.



Otra presencia femenina en esculturas urbanas es que se inauguró a principios del mes de junio de este año en el bulevar Hernán Ruiz, cercano al Rectorado de la Universidad de Córdoba. En ella aparece erguida una barrendera. Y al igual que la escultura femenina que venía a reconocer la veteranía del diario cordobés, en este caso se trataba de celebrar el treinta aniversario de la empresa municipal de Saneamientos de Córdoba (Sadeco).

La obra en bronce del escultor José Manuel Belmonte es un homenaje a todos los hombres y mujeres de esta empresa que trabajan cotidianamente para que los ciudadanos podamos disfrutar de una ciudad limpia. Pero es una mujer la que viene a representar, tal como he apuntado, a todos los trabajadores: hombres y mujeres. No se ha acudido a las habituales imágenes masculinas como tradicionalmente se ha hecho y que dejaba invisible el trabajo y el esfuerzo femenino.

Son dos ejemplos de cómo la mujer también puede simbolizar valores, representando ambos géneros. Ejemplifican un avance importante en el mundo de las imágenes públicas, que nos hacen ver que la mujer también existe.

AURELIANO SÁINZ

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