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20/7/18

  • 20.7.18
Lágrimas de emoción por ver a Brunelleschi a tamaño real dentro de una hornacina mirando su cúpula en Florencia y, ahora, a Aníbal González con una sonrisa mientras ve su creación: la Plaza de España de Sevilla. Lágrimas emocionadas por ver ayer en la playa a ese hombre guapo de 40 años y cerebro de 12, con un flotador gigante cantando Volando voy. ¡Qué feliz es, ajeno a los problemas del mundo!



Lágrimas por las películas en las que la justicia triunfa y los buenos tienen una recompensa en esta vida. Emoción cuando escapo de las ideas de mi mente y abro los ojos para contemplar cómo la gente ríe y cómo el mar me toca. Lágrimas por las buenas noticias, esas que escasean en los noticieros.

Emoción al contemplar los nuevos amores, ya sean de 15 o de 60 años. Ilusión en los ojos y sonrisas tontas. Lágrimas de emoción por la buena gente, como la señora que el otro día, ante mis estornudos alérgicos, me regaló su pañuelo de tela y me dijo: "Está limpio y sin usar". Su corazón solo quería ayudar.

Emoción cuando una monja del tercer mundo, que nada tiene o posee, te ofrece el esfuerzo de su labor: un paño, primorosamente bordado por ella, para cubrir el pan. Lágrimas de emoción cuando alguien es capaz de verte y acercarse para darte un abrazo de "no estás sola".

Emoción cuando una amiga te cuenta que ha conocido a una chica en la fiesta del Orgullo y que no puede dormir por las noches pensando en ella. Lágrimas de emoción ante las emociones ajenas, ante la bondad natural, ante la felicidad de las personas nobles de alma, ante los que luchan para que el mundo sea un lugar mejor.

Cuando estas lágrimas brotan sin avisar de mis ojos y se deslizan por mis mejillas, hacen que se abran las compuertas que protegen mi corazón y un aire dorado lleno de posibilidades corra y ría por mi pecho, dejando una sensación de paz, de fe, de esperanza, de vida…. Y es que no hay mejor antidepresivo que creer en la bondad del ser humano.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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