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20/5/18

  • 20.5.18
El pueblo judío, víctima del Holocausto en tiempos de Hitler, no puede sentirse orgulloso ni representado por las autoridades que gobiernan su país cuando, con sus actos, éstas mancillan una memoria de persecución y muerte al hacer valer la fortaleza de un Estado intransigente, soberbio hasta la desobediencia de la legalidad internacional y proclive a emplear una violencia excesiva y desproporcionada.



El Gobierno del Estado judío ya no se acuerda de su pasado y es incapaz de mostrar misericordia hacia otro pueblo, uno más, empujado al destierro y la miseria. Hoy, Israel se comporta como un verdugo cuando expulsa a los palestinos de sus tierras y los acorrala en espacios cada vez más reducidos en Gaza y Cisjordania, bajo su control absoluto como fuerza ocupante, sin hacer ascos al asesinato de civiles desarmados que se manifiestan, con toda la razón del mundo, contra tanta opresión, y que lo hacen, para que no se olvide, con ocasión del 70.º aniversario de aquella “catástrofe” que los expulsó al exilio, a padecer otra diáspora de mucha menor magnitud que la judía, pero igual de injusta e inaceptable.

Ese Estado soberbio, intransigente y cruel es el actual Israel, creado hace 70 años para que los judíos tuvieran una nación y regresaran a sus casas, teniendo que convivir para ello con el pueblo palestino, con el que está obligado a compartir territorio y con el que se niega acordar la solución más sensata de los dos Estados, ambos soberanos, democráticos e independientes, pero en pacífica y fraternal relación, dentro de los límites establecidos por la legalidad internacional.

Los palestinos, superados ya los tiempos del enfrentamiento visceral entre el terrorismo de Al Fatah y los comandos projudíos que perpetraban masacres como las de Sabra y Chatila, reconocen al Estado de Israel y su derecho a coexistir en la zona, respetando las fronteras de 1967 y otras resoluciones de la ONU, lo que no les exime de ver cómo sus límites territoriales menguan y son sellados con muros infranqueables, donde permanecen confinados y sometidos a la infiltración continua de colonias judías que intentan colonizar la totalidad de lo que ya son meras “reservas” de palestinos..

El pueblo judío, ayer víctima del odio criminal nazi, tiene hoy las manos ensangrentadas, por culpa del gobierno sionista, a causa de la muerte de palestinos inocentes a los que el Ejército israelí reprime con balas y munición de guerra, provocando verdaderos baños de sangre.

Unos asesinatos de civiles que no tienen justificación ni excusa, como denuncian Nicolay Mladenov, coordinador especial de la ONU para el proceso de Paz de Oriente Próximo, y el expresidente de la Kneset (Parlamento hebreo), Avraham Burg. A tales denuncias se añade la del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, quien recuerda que “querer saltar o dañar una valla fronteriza no justifica el uso de munición letal.”

También en la sociedad israelí existen colectivos que expresan su rechazo a la actuación militar en Gaza, como es el caso de los integrantes de Meretz (izquierda pacifista), el de muchos intelectuales disconformes con su Gobierno, los miembros de la mayoría de las ONG y miles de ciudadanos judíos que no han perdido la memoria ni la sensibilidad con las que reclamar medidas menos drásticas y violentas, en la búsqueda de la paz y la concordia mediante el diálogo y el mutuo respeto, a ambos pueblos condenados a entenderse.

Porque no es con violencia y provocaciones, como gustan al Gobierno sionista de Israel y a sus aliados y poderosos protectores, como podrá alcanzarse algún día la solución del conflicto palestino-israelí. Con esa soberbia que tiende al uso de la violencia expeditiva, ni con la intransigencia que impone condiciones humillantes a la parte débil de los contendientes y que basa toda negociación a la aceptación de hechos consumados con ilegalidad y abuso, se podrá jamás conseguir ni imponer la pacificación de una región ya de por sí extremadamente delicada y explosiva, en la que confluyen intereses locales y geoestratégicos. No son la fuerza y la violencia ninguna solución, por muy poderoso que sea o se sienta Israel ni por muchos y formidables apoyos que disponga.

Israel ha desperdiciado una gran oportunidad para una paz estable y verdadera al desaprovechar la conmemoración del 70.º aniversario de su creación para invitar a las autoridades palestinas a negociar en serio y con sinceridad sobre la viabilidad en la coexistencia de los dos Estados.

Es verdad que hay otros asuntos que se han de abordar en esa negociación, como son el estatus de la ciudad de Jerusalén, la devolución de los territorios ocupados y el derecho al retorno de los palestinos expulsados, respetando la legalidad internacional y las resoluciones de la ONU. Son temas espinosos pero susceptibles al acuerdo, si se abordan con buena voluntad y empatía entre las partes.

Pero tal cosa es, precisamente, lo que falta. Y sobra soberbia. La que prefiere Israel para hacer uso de una violencia desorbitada y continuar con las provocaciones, contando con las bendiciones del ignorante Trump, el ínclito presidente norteamericano incapaz de tener un proyecto propio para Oriente Próximo.

El presidente norteamericano y el israelí festejaron el 70.º aniversario del Estado hebreo con el traslado de la embajada USA desde Tel Aviv a Jerusalén, una provocación que consagra la ocupación de una ciudad simbólica para convertirla, de manera unilateral y por la fuerza, en capital del país judío, y una afrenta más a los palestinos, que se manifestaron en contra de tantos atropellos en lo que ha sido la peor jornada desde que comenzaron las manifestaciones, hace siete semanas, para celebrar la Nakba (Catástrofe), fecha del éxodo palestino hacia el exilio por haber sido expulsados de sus tierras.

Esa protesta, que dejó un balance de 60 muertos y miles de heridos, todos a manos del Ejército israelí, que no sufrió ninguna baja, ha sido la peor jornada desde la última guerra de la Intifada. Netahyahu y Trump se muestran exultantes por el éxito de sus políticas intransigentes, soberbias y violentas.

Con las muertes del viernes pasado hemos perdido la cuenta. Queríamos llevar en este blog la contabilidad de las víctimas gazatíes abatidas por los francotiradores del Ejército israelí, cumpliendo órdenes de su Gobierno, pero hemos perdido el número de hombres, mujeres y niños asesinados impunemente por exigir el derecho al retorno a sus hogares y el respeto a las leyes internacionales que delimitaron las fronteras entre dos países, Palestina e Israel, para que esos pueblos puedan convivir en la que había sido la tierra de sus antepasados, de ambos.

Israel, como suele, prefirió comportarse como matón y ser verdugo de una masacre de palestinos civiles e inocentes, ignorando y vilipendiando su propia memoria, la memoria del pueblo judío, sin que nadie le exija responsabilidades ni lo obligue a respetar la ley.

Quien podría hacerlo, se suma a su jolgorio. Y admite sus argumentos de que, en realidad, luchan contra terroristas en vez de contra una población desesperada, atrapada en refugios, exiliada y olvidada por todos en territorios constreñidos, donde el paro alcanza la cota más elevada del mundo y las carencias son la regla para todo, para lo básico y lo primordial.

Israel combate letalmente contra un pueblo que no ceja en reclamar lo que es suyo y del que menosprecia, con las balas y gases lacrimógenos, aquella dignidad que exige para sí, para el pueblo judío. Ya hemos perdido la cuenta, porque son más de una centena los muertos y miles los heridos que tiñen de sangre las manos de Israel. Y esta carnicería algún día, tendrá que acabar.

DANIEL GUERRERO

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