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19/4/18

  • 19.4.18
Rebuscando información sobre el tema que abordo hoy, me he topado con un comentario que me provoca una sonrisa con cierta malicia. Dice: “otro síndrome inventado para volvernos tarumbas. Psiquiatras y psicólogos tiene que vivir de los miedos inventados”. ¿Pretenderán tal vez confundirnos? El comentario puede parecer normal siempre que no invite a mirar para otro lado despreciando la realidad que nos rodea. Insinuar que quien se cae está tonto supone una simplificación muy frívola.



¿Cuál es la realidad? El móvil, al igual que otros artilugios, nace como un invento técnico para hacernos la vida más cómoda y menos aburrida, entre otras razones. Es importante en la medida que nos conecta para comunicarnos con los seres queridos, lejanos-cercanos, con los amigos, con el trabajo...

Pero también puede ser, parece que vamos acercándonos a ello, una bomba de relojería. En la medida que esclaviza, nos hace perder el sentido del tiempo, la relación directa con esas personas que citaba unos renglones más arriba. En su justa medida todo o casi todo es bueno; pero el uso-abuso, la dependencia, termina por convertirlo en nocivo.

La adicción al móvil es, según los especialistas, un trastorno que está en aumento en este momento entre la población joven y no tan joven. Hay un creciente y excesivo abuso de algo ya tan común entre nosotros que a la larga puede ocasionarnos buenos quebraderos de cabeza, amén de producir desequilibrios varios tanto a nivel físico como psíquico. El aumento de dependencia es patente en una buena parte de la población.

A nivel físico pueden aparecer disfunciones en los dedos de la mano, muchas horas de pantallita alteran la vista, ligamentos, articulaciones e incluso las vertebras pueden salir malparadas por posturas indebidas. El exceso de uso, tarde o temprano, pasará factura.

A los problemas físicos ocasionados por los móviles hay que añadir los psicológicos. Pueden originar conflictos de inseguridad, bajón de la autoestima, ansiedad, miedo a no estar a la última. La voluntad resultará malparada si no somos capaces de controlar el tiempo dedicado a su uso que pasará a convertirse en abuso.

Cada vez nos pica más la agobiante necesidad de revisar el móvil. Tal adicción es un problema que va adquiriendo proporciones alarmantes según alertan varias fuentes de investigación.

En resumen. Hay problemas de comunicación entre iguales, dificultades para conciliar el sueño, inseguridad, alucinaciones como el síndrome de la vibración fantasma. Surgen brotes de angustia, ansiedad e irritabilidad cuando el sujeto se ve privado del móvil. Mientras mayor sea la dependencia, más agudo será ese malestar, hasta el punto de que puede crear confusión y una sensación de falta de control muy intensa. Ni que decir tiene que atención y memoria se ven afectadas.

Voy a introducir unas líneas alrededor de dos síndromes que están dando que hablar en estos momentos. Uno de ellos es el llamado y poco conocido “Fomo” al que se une el síndrome “Smombies”. Este tipo de términos suele originarse por la combinación de diversas palabras inglesas que a continuación pasaré a explicar.

¿Razones? En la globalización, y sobre todo en informática, es el inglés el que manda. Segunda y mucho más importante, según mi criterio: las mejores universidades están en el mundo anglosajón. Cuentan con buenos profesionales, con fondos monetarios para investigar y con toda la colaboración necesaria para realizar su cometido.

De esta forma de “jugar” en la cancha virtual han aparecido y se están estableciendo una serie de dependencias que los entendidos han estado prestos a bautizar con nombres más o menos significativos para calificar lo que podríamos llamar fobias, adicciones, filias y que, de alguna manera, ya he relatado algo en anteriores artículos.

Valga como ejemplo el teléfono móvil y algún otro artilugio convertidos en algo muy valorado –ciertamente algunos modelos cuestan bastante caros– pero no hasta el punto de superar a las personas, si deslindamos valor y precio. Y sin embargo seducen de tal manera que pasamos de la compañía humana, que deberíamos cuidar, para sumergirnos en el dichoso aparatito. Es de pena ver a varias personas juntas y aisladas en su mundo virtual y desde que se popularizó el “wasapeo” con la inmediatez espectral, aún más.

Confieso que le estoy tomando fobia al móvil. ¿Razón? De ser un magnifico elemento de comunicación con los demás se está convirtiendo en un maldito instrumento de prisión, dependencia, de incomunicación. Esta última pedrada puede sonar a veneno, a una paradoja absurda que encierra una contradicción.

Curiosamente las redes sociales (Facebook o Twitter) se han convertido en la cancha donde el personal juega sus mejores y peores partidos desde el punto de vista de la consideración, del respeto o del destrozo a muerte (social, político) de los demás. Hasta aquí un breve bosquejo de los modelos de inserción de parte de la población tanto joven como no tan joven. Vamos al tajo que hay mucha leña por cortar.

Cada vez son más las personas que sienten que su vida es mucho menos interesante que la de sus conocidos y que tienen la sensación de estar perdiéndose algo. Cualquier buen momento se rompe al descubrir que alguno de tus colegas está pasándoselo fenomenal en algo que tú desconocías. Las redes sociales, en las que solo se cuenta lo bueno, se están convirtiendo en un nuevo elemento de agobio que ya tiene nombre.

El síndrome “Fomo” (fear of missing out) como miedo social a ser dejado de lado por tus amigos, siempre ha existido. En otros tiempos menos interconectados te enterabas de que los amigos se habían ido de parranda y te dejaban en la estacada. Como pronto te enterabas al día siguiente o puede que más tarde de tal información. Hoy la noticia de la posible exclusión llega casi al momento de ocurrir, gracias a las redes.

El saber que los amiguetes están divirtiéndose sin contar contigo genera malestar y sobre todo un doloroso pinchazo de saberte excluido. Las redes cantan la noticia de inmediato y provocan en los excluidos envidia, sentimiento de abandono, tristeza y de rebote surge un miedo atroz a la soledad. Recordemos que tener una charpa de amigos es importante para el acople social y para alimentar la autoestima.

La otra pata de este moderno sinvivir es el llamado síndrome “smombie”. Dicha palabra es la resultante de unir “smartphone” y “zombi”, expresión que se aplica a las personas que transitan por la calle andando abstraídas o ensimismadas sin prestar atención a nada ni a nadie porque van enganchadas física y mentalmente. Las voces de alerta ya avisan del peligro que ello comporta para el sujeto zombi y para los demás viandantes.

Caminar por la calle ensimismado en la pantallita del móvil es cada día más común. Colisionar, si no te apartas o no se apartan, con otros viandantes es algo corriente en nuestras calles. Los sonámbulos del móvil aumentan a pasos agigantados. ¿Qué tiene ello de malo? Los posibles estropicios y daños, tanto personales como ajenos, están a la vista. Claro que si vamos ensimismados en el mundo virtual no nos daremos ni cuenta.

El problema de fondo reside en que hemos atascado, por no decir machacado, el sistema de relación social hasta tal punto que si no es por el móvil, si no alardeo de que tengo una súper máquina que hace de todo, no soy feliz. Entre otras cuestiones detecta y me comunica con los amiguetes, me integra virtualmente con esa pandilla minuto a minuto.

Hocicar con una valla, farola, banco, marquesina, con una zanja que no estaba ayer o con otras personas son algunas de las posibilidades. Si tropiezo con otro viandante la culpa es tanto más de él que del zombi por no apartarse cuando le ve venir, decía todo ofendido un “zombichulo”. ¿No me ha visto? Pues que se aparte, ¡coño!

Las cifras de incidentes con los zombis se han multiplicado considerablemente. Lo habitual son tropezones, cruzar indebidamente, chocar contra farolas, vallas, mobiliario urbano, marquesinas de paradas de autobús y mas… La tendencia a ir enganchados está al alza y algunas aplicaciones han ideado formulas para que el zombi vea los obstáculos a través del móvil. Finura comercial que no falte.

En Augsburgo o Colonia (Alemania) acaban de instalar semáforos especiales para estos particulares adictos, consistentes en luces LED situadas en el suelo que se iluminan para indicar al zombi si puede pasar o debe detenerse. Entre nosotros al el “smombie” se le está llamando zombi que es “un atontado, que se comporta como un autómata” (sic).

PEPE CANTILLO

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